Sabemos que la atracción que
sentimos por los objetos, depende en gran medida de nuestras etapas
de aprendizaje, pero así y todo, cuando hablamos de esos pequeñajos
de unos cuatro años en adelante, resulta que a algunas de esas
personitas les atraen los objetos grandes, ya sea para amontonarlos,
tirarlos, abrazarlos, hacer que rueden, etc. Y a otras por el
contrario, les enamoran las cosas más pequeñas, y acogerlas entren
sus manitas, les regala esa agradable sensación de amparo y dicha,
que les perdurará en el tiempo. Supongo que ambas posturas irán
acorde con la personalidad que se va forjando en cada cual.
Esta es la historia de un caballito de
plástico, que un niño encontró enterrado, como un tesoro
escondido, en el jardín del patio del cole. Era un caballito
diminuto, de unos dos centímetros, blanco, con la silla de montar
roja, y la cola y las crines negras, perfecto para atesorar en el
interior de su puño.

Desde que lo
tocó, supo, con la convicción de la inocencia que poseemos durante
la infancia, de su poder de protección y de su magia blanca. Lo vio
en su mirada, en el interior de esos dos minúsculos puntos negros y
profundos, de manera que desde ese instante en que sus ojos se
encontraron, sintió que nunca debía separarse de él y así se lo
propuso. Y si alguna vez, por el motivo que fuera se le olvidaba
llevarlo consigo, se auto convencía de que en su mundo, (de casa al
cole y del cole a casa) todo le saldría mal, ya fueran los exámenes,
los ejercicios, la tarea o los juegos durante el recreo. Todo,
absolutamente todo, porque el caballito mágico se había quedado en
casa. Y es que era incapaz de concentrarse, se lo imaginaba con
lágrimas azules que caían hasta el suelo rebotando y salpicándolo
todo, incluido a “Caballito”(así lo bautizó) que temblaba de
soledad, de la cabeza a los pies. Y de otras mil maneras trágicas de
sufrir de melancolía durante todo un día. Era agotador y
angustioso.
Para evitar el olvido, imperdonable con
un ser querido, optó como medida de precaución, por meterlo en el
bolsillo del pantalón antes de acostarse. Así, repitiendo el acto
como si de un mantra se tratara, pasaron los días, los meses, y los
años, hasta que llegó a la pubertad. Esa que transforma al ser
humano en un bicho raro lleno de contradicciones y de acné.
Entonces, más por temor al ridículo, inaceptable en alguien que no
es un friki, un día se armó de valor y lo dejó en un cajón en su
habitación. Al principio se sintió desnudo, vacío como cuando te
dejas el móvil en casa, pero pronto, con el descubrir de la vida, la
independencia, los amigos y colegas, y los albores del primer amor,
se olvidó de Caballito y del malestar que llegó a sentir por su
ausencia.

Así pasaron los años, hasta que por
casualidad, su madre, recolocando cosas en casa, lo descubrió dentro
de una cajita y recordó con una sonrisa que era el amuleto de su
hijo. De manera, que en un acto cargado de nostalgia, le anudó un
cordón y lo colgó de la carcasa de su móvil. Si percibió un
brillo en los ojos de Caballito, jamás lo sabremos, pues eso quedará
entre el amuleto y ella, que aparentemente no se dio por aludida, y
es que los talismanes, sólo funcionan, si uno cree firmemente en
ellos.
Yo soy de las que piensan, que seguro
que Caballito, pondría todo de su parte para envolver con su magia
a quien lo rescató del olvido, como ocurre con “el genio de la
lámpara”, aunque este era un rácana y sólo concedía tres
deseos, pero bueno, esa es otra historia, y yo reconozco que soy una
romántica.