domingo, 4 de diciembre de 2016

Navidad 2016-2017



Querida tía, aquí ando haciendo examen de conciencia del año que vamos a despedir, una costumbre tuya que me veo repitiendo sin pretenderlo. La vida está llena de contratiempos y de esperanzas que a veces mueren fulminadas nada más nacer, pero otras tantas bien arropadas, prosperan y nos hacen dichosos por un tiempo en ocasiones brevísimo pero enriquecedor. 


Hace tiempo que me planteo estas fiestas como unas vacaciones más, salvo porque pongo en la sala de estar, un mini arbolito de mimbre con pequeños juguetes de madera y luces parpadeantes, acompañado por unas cuantas velas que armonizan el entorno. Aprovecho ésta época para podar las plantas que lo necesitan, y limpiar de yerbajos y hojarasca la tierra para recibir el nuevo año con buenas expectativas de crecimiento y floración. Reviso las tareas que tengo pendientes y cuáles quiero emprender, siendo consciente de que me satisface finalizar lo que empiezo. 

Según el mes avance llegarán las inevitables reuniones en las que veremos más gente de la habitual y donde pienso que no hay que marcarse grandes expectativas, sino vivirlas de forma moderada. Llegados a este punto, creo que lo mejor es dejarse impulsar sin oponer resistencia aunque se estremezcan los cimientos de lo cotidiano. Tiene su encanto que te vapuleen los encuentros con familiares, amigos y conocidos, en unas ocasiones gratos y en otras no tanto, para volver a apreciar de verdad la rutina diaria. Otro punto quisquilloso son las compras navideñas, en las que no dejarse arrastrar es toda una filosofía de vida, pero que se puede superar con éxito teniendo claro los gastos y la demanda. La mayoría de las veces, se agradecen más los gestos o un obsequio sencillo que de verdad vaya a apreciar quien lo recibe, que algo impersonal para salir del paso. Soy de la opinión de que en esos casos, es mejor proponer terminar con esa tradición y así te libras del compromiso para siempre. 

Nuestro tiempo es oro y así debemos vivirlo. Valorando la vida, a la familia y a los amigos. Y como despedida, transmito a todos mi deseo para este fin de etapa: Que pases una entrañable Navidad allá donde estés, y que el uno de enero de dos mil diecisiete, amanezcas en el nuevo año soñado.


Muchos besos cubiertos de estrellas


dibufloren

viernes, 4 de noviembre de 2016

El niño





Llueve desde ayer por la tarde, las gotas rebotan sobre las hojas mustias que tamizan el suelo, el repiqueteo que producen, junto al olor que desprende la tierra mojada,  propician ese estado hipnótico en el que a tu mente afloran vivencias pasadas  y por fin me decido a contar esta  historia. 

¿Dónde está el niño? se oye a menudo en la casa. Él se acerca a sus nonagenarios progenitores molesto por la insistencia, para que sepan que está bien, no se ha tropezado ni se ha caído. Aquel hombre enorme con eterna mirada de niño camina hacia la vejez sin ser consciente de ello, ocupado en la rutina de los quehaceres diarios que él mismo se marca, ajeno al mundo que le rodea y al que sólo presta atención breves instantes. 

Vive en una eterna fantasía en la que quiero suponerlo feliz, al menos así lo refleja su rostro y su sonrisa. Sé que su mundo está en otra dimensión que no es la nuestra. Me pregunto, si no nos ocurre en parte a todos lo mismo y en el fondo no somos tan distintos. Él no entiende de finanzas, ni del sentido abstracto del vivir diario o de las obligaciones de un trabajo. Su mundo es pequeño y gira en torno a cosas sencillas. No todo han sido risas, también sufrió durante la niñez ante la crueldad de niños y mayores, pero  aprendió a callar el dolor para que no descubrieran que como todos era vulnerable ante los empujones, las risas a su espalda y los insultos por ser distinto al resto. Para ponerle remedio, el paso de la niñez a la adolescencia lo vivió internado en un colegio muy particular pero lejos del hogar, donde le dieron amor y respeto, le enseñaron a ser independiente, a valerse por sí mismo y a entender que hacía las cosas de otra manera. Disfrutó feliz de las vacaciones con la familia y regresó para quedarse cuando se sintió preparado. Con el cariño de los suyos terminó por creer en sí mismo, y convertirse en una persona optimista que se siente útil, al que le gusta charlar y hablar sobre las noticias, a las que siempre añade algo de su parte que termina creyéndose con absoluta certeza.


Sabemos que la vida no siempre es justa y a él le ha castigado sin merecerlo porque es un ser de alma limpia, pero no se queja, sonríe y bromea, canta y cuenta chistes. A sus sesenta y cinco años empieza a reconocer que ha perdido la vista poco a poco, que se le ha escapado de entre los dedos sin que nadie le encontrara remedio. Ya no puede ver las películas de vaqueros o las españolas de los años setenta con las que tanto disfrutaba, pero sigue luchando por seguir siendo él mismo, aunque no distinga si está o no la luz encendida, aprendiendo a hacer las mismas cosas de forma mecánica, porque vivir entraña puro aprendizaje, y esa lección la tiene asimilada.

Cuando lo vea otra vez, me cogerá de la mano y me dirá, ven hermana y me llevará a su habitación para enseñarme los nuevos barcos que inventa con su prodigiosa imaginación y hábiles manos y que construye con piezas muy pequeñas de puzle. Le haremos fotos y los alabaré porque en verdad son una maravilla y él se sentirá reconfortado, los desarmará y vuelta a empezar. Pero acaso ¿no todo es empezar día tras día? Cada día es igual al anterior pero también es distinto, nos presenta retos, nos da quebraderos de cabeza además de alegrías, o como hoy, nos regala la lluvia. Todos seguimos nuestro camino, cada uno en su propia isla azotada por los cambios de estación. Pasará el otoño que ahora empieza y también el invierno y habremos dejado atrás otro año, y llegará la primavera y de nuevo nos calentará el sol del verano, y mi hermano seguirá imaginando y construyendo sus fabulosos barcos de plástico.



A mi hermano, el mayor.