miércoles, 4 de febrero de 2026

Rotonda

 A veces nos aburrimos a conciencia. 

Aquí estoy, tomándome un jerez, servido en aquellas copitas antiguas de cristal tallado, pequeñas y estrechas, nada que ver con las de ahora. Las mismas copas que utilizábamos mi padre y yo, mientras picoteábamos antes del almuerzo. Paso el tiempo observando por la ventana. Hoy el día está feo y el cristal me devuelve turbio mi reflejo, más arrugado que ayer. 

Si, aquí estoy, bien abrigada porque aún no llega la primavera y hace frío.


De pié en la esquina de la calle hay un peatón. Al principio pensé que quería cruzar, pero lleva ahí mucho tiempo y ya ha tenido la oportunidad de hacerlo varias veces. Además, me pregunto hacia dónde iba a ir. Está justo en uno de esos accesos a la rotonda. Una de esas glorietas enormes. Por lo menos, la plazoleta, si se puede llamar así, no tiene una de esas esculturas, por mentarlas de alguna manera, que afean el entorno y de las que uno nunca sabe qué conmemoran o si quiera, de qué tratan o cuál fue en su día el motivo que hizo que la erigieran en ese lugar.

A veces me da la sensación de que quiere abalanzarse sobre los coches, porque se arrima de repente al borde cuando pasan. Esto no me está gustando.

Parece una mujer, desde aquí no la distingo bien. Lleva pantalones vaqueros y un ancho chaquetón con la capucha puesta. Me resulta raro verla ahí quieta, aunque a veces camina de un lado para otro sin motivo aparente.

Me parece intuir que llora. Se pasa las manos por la cara de vez en cuando. Y la supongo enmudecida por el ruido de los coches que no cesa, y sola.

Voy a bajar para ver si necesita algo. Se va a quedar empapada porque ahora encima llueve. Bajo las escaleras todo lo deprisa que puedo con mis zapatillas de andar por casa, porque la he visto indecisa, e inclinarse más de lo razonable fuera de la acera. Espero que no esté pensando lo peor. Y cuando estoy a punto de llegar a ella, se pone sin prestarme atención, a dar saltitos y a aplaudir. Un coche se arrima a la acera, se sube en él y la miro atónita, cómo da besos y abrazos al personal. Qué fallo el mío, y encima me he mojado toda por entrometida. 


 


domingo, 4 de enero de 2026

Alienígena

El Principio de incertidumbre de Heisenberg, dice que cuanto mejor conocemos la posición de una partícula cuántica, menos conocemos su momento, y viceversa. En resumen, se podría decir, que la forma en la que miramos las cosas, afecta a lo que creemos ver.

Eran alrededor de las siete y media de la mañana. Subía la pendiente con los perros, despacio, como quien sube la cuesta de enero, cuando para sorpresa mía, apareció doblando la esquina, una señora con sandalias y cara soñolienta. Al principio dudé de si lo que llevaba puesto era un vestidito de verano, pero según nos acercábamos deduje que iba en camisón, por el corte y la transparencia del tejido, pues claramente se le dibujaban los pechos libres de las ataduras del sujetador y unas bragas floreadas.

Cuando nos encontramos me miró con ojos de sapo y un tanto recelosa. Yo aparté los perros un poco y le di los buenos días, y ella muy seria me correspondió, y sin mostrar reparo alguno y con gran soltura, siguió su camino cuesta abajo. Luego me quedé con la duda de si debería de haberle preguntado si necesitaba algo, pero es que tampoco tenía muy claro si es que le importaba un pimiento ir así o es que no sabía muy bien lo que hacía. Y es que adentrarme en ese terreno pantanoso, en el que quizá seas tú la que siente algún prejuicio por cómo se puede ir por la calle no me parecía oportuno.

El barrio es grande y está en las afueras, en pleno campo, y la gente, entre vecinos que se conocen de toda la vida, se comporta de otra manera diferente que en la urbe. Con otra familiaridad, como de andar por casa.

Los perros tiraron ansiosos para llegar al descampado y que los soltara. De manera que pasó el momento y yo seguí mis andares. Luego pensé que a lo mejor no esperaba encontrarse a nadie por allí a esas horas e iba de cualquier manera, a buscar algo a casa de una vecina. También que podía venir de visitar a un fogoso amante, o que se acercaba a casa de una hija para recoger al nieto, hasta que en ese cuerpo entrado en años y algo fondón, se había asentado un alienígena que iba calle abajo observando el mundo. En fin, que el encuentro dio para mucho juego y cuando llegué a casa, aún seguía dándole vueltas, huyendo de la idea de que la señora pudiera estar realmente despistada.

No me he vuelto a encontrar en camisón a nadie más. También es verdad que esto fue en septiembre, y que ahora por esta zona nos despertamos a unos ocho grados y sería toda una valentía salir sin abrigo. De todas formas, también puede ser, que los alienígenas, terminado el reconocimiento del terreno, se hayan vuelto a su galaxia. No sé qué pensar. Todos somos a fin de cuentas, polvo de estrellas.


 










jueves, 4 de diciembre de 2025

Desgraciado

Las anécdotas dan pie para muchas ideas y cada quien las concibe de una forma diferente, como cuando te cuentan un chiste y cada cual lo revive imaginando la situación a su manera, y se ríe o no a carcajadas. En mi caso, me sugieren ideas sobre las que escribir o pintar.


Me gusta escuchar la radio sobretodo por las mañanas, y a mediados del mes pasado, en Radio Clásica, en un programa llamado “Música a la carta”, en la que en esa ocasión hablaban de desayunos y preguntaban al oyente, qué suele tomar la gente por las mañanas, un señor comentó algo muy ocurrente y que quiero compartir:

Decía que todos los días se desayunaba en la misma cafetería, que estaba situada cerca de un hospital y que cuando era niño regentaban sus padres. No sé si mezclo el bareto donde iba con otra mención en el programa, pero así está bien. Bueno, pues desde hacía unos años, empezaba el día tomándose lo que él llamaba un “desgraciado”. Me sorprendió el comentario, la verdad, pero luego el señor explicó en lo que consistía, y que no era otra cosa, que un café descafeinado con leche desnatada, y un edulcorante para endulzar.

Pues bien, yo llevo tomando “desgraciados” unos cuantos años, y no me había enterado, como supongo le pasa a media humanidad, jajajaja. La única diferencia, es que yo no los endulzo con nada y suele ser el único café que tomo en todo el día, y por qué les cuento todo esto, pues porque me parece que no tiene nada de particular, si no simplemente, tiene la importancia que le queramos dar.

La anécdota me pareció brillante y por eso la comparto y también porque desde hace años, y casi sin darme cuenta, vivo la Navidad como si tomara un “desgraciado”, y no sólo por la comida, en la que soy más comedida en cuanto a grasas y azúcares, sino por las actividades que se realizan por estas fechas. Todo ahora lo vivo más lento, que no necesariamente más light, pues saboreo intensamente cada momento, sino, cómo lo diría mejor, viendo la película desde fuera, observando en profundidad, y no hablo sólo de la Navidad. En fin, ustedes me perdonaran el lapsus, supongo que son cosas de la década de los sesenta.

Espero que con desgraciado o sin desgraciado, celebremos los almuerzos y cenas familiares, y o entre amigos, o solos, según las costumbres o las circunstancias de cada uno, atesorando el ambiente propio de este diciembre de 2025, que debería estar empapado de cariño y paz.

Felices Pascuas y Año Nuevo, que para felicitar los Reyes aún tenemos tiempo.


 












martes, 4 de noviembre de 2025

Se esconde

Hay trabajos y trabajos... Yo fui siempre al trabajo sintiendo la sensación de que me pagaban por hacer algo que me encantaba y que no me suponía ningún esfuerzo, y esto me genera un cierto cargo de conciencia, pues fui feliz cumpliendo mi cometido y encima, me remuneraban por ello. En fin, que no se puede pedir más.


 

Algo se movía entre los hierbajos secos de finales de verano. Tiró de la correa extensible con fuerza, con el rabo y las orejas erguidas.

¿Qué era aquello? Uhuhuu. Saltaba divertido. Eran saltitos cortos, pero altos. Al caer, flexionaba las patas delanteras de manera que el culo se le quedaba en pompa. Parecía un muñeco de cuerda de los antiguos.

Sin aviso de nubes negras, empezó a llover. Por fin la esperada lluvia. Al perro en cuestión no le gustaba mojarse, ni en los charcos, ni con las gotas por pequeñas que fuesen, pero le podía el instinto y siguió jugando. El ratón, porque de un pequeño ratón de campo se trataba, parecía también divertirse. Se escondía y volvía a aparecer, en un largo me ves y ahora no me ves, bastante ufano él, sabiéndose más ágil y rápido. Ninguno de los dos parecía agotarse, como dos niños entusiasmados, ensimismados en un juego interminable. Y hasta el repiqueteo suave y espaciado de las gotas les acompañaba en el intermitente juego. Ahora sí, ahora no.

Y hubieran seguido otro rato, salvo que un poco más adelante, un saltamontes hizo acopio de su nombre, molestado por el jaleo, y el perro centró entonces su atención en aquel bichejo que también saltaba.

El ratoncillo se volvió a su madriguera, y el saltamontes en un pis, pas, desapareció. Pero de pronto, otro ratoncillo, ¿o era el de antes? se unió de nuevo al festejo. Todos a saltar, como las gotas que ahora, un poco más fuerte, repiquetean en el suelo y salpican por doquier.

Los colores se vuelven más intensos, en ese abanico de marrones que pasan por el naranja y llegan hasta el rojo. Noviembre se ha vuelto festivo y todo vibra. Aunque ahora sí que toca cobijarse, pues el agua empieza a ser molesta.

Al perro dejan de llamarle la atención los sonidos y movimientos del campo. Y hace un par de sacudidas enérgicas, como sólo estos animales saben hacer. Esto moja. Y esta vez tira de la correa pero hacia casa. Toca regresar en busca de un canasto seco y calentito y ¿por qué no? A lo mejor lo premian con una galleta o un hueso. A fin de cuentas, no ha parado de trabajar.


 










sábado, 4 de octubre de 2025

Pasos de otoño

Hay quien siempre es viejo, nace viejo y pasa la vida siendo un vejestorio, con mentalidad arcaica. Y también quien nace niño, y siempre, aunque su cuerpo envejezca, tendrá espíritu para vivir cada día con ilusión. Estos seres, son los más afortunados.


En la pesada tarde, las finas cortinas balancean sus flores que intentan escapar por la ventana.

  • ¿Cuantos años tendrá esta casa?

  • La dirección es esta. Sigue insistiendo con el timbre, seguro que hay alguien porque tiene algunas ventanas abiertas.

  • Menos mal que corre algo de aire, porque con este calor hasta las cigarras se callan. Menudo otoño.

  • Toca otra vez.

Pero antes de hacerlo, una cabeza cubierta de rulos, se asoma por una de las cristaleras.

  • Ya vaaaa. Qué agobios. Hace calor, pero no es para tanto. -y murmurando por lo bajo- Y han tardado más de tres días en aparecer.

  • Cómo se nota que la doña está al fresco.

La puerta se abre y la señora ya sin rulos y con uniforme de asistenta, empieza a hablar sin apenas saludar.

  • Antes, bueno... ya no les esperaba. Los señores no están. A quien tienen que recoger es a la tía del señor. Le han dejado las maletas listas, y yo estoy aquí para atenderla. 

    Es una dama muy amable y no molesta nada. Solo que... bueno, todo empezó un día en el que al mirarse al espejo descubrió en él a una señora, y después, pues no había quién la sacara de la habitación. Decía que dentro, había una mujer que se escondía. Fíjense ustedes. Nos quedamos todos de piedra. Entonces, se dio orden de quitar el espejo, y todo volvió a la normalidad durante un tiempo. 

    Pero una noche, se empeñó en que no se iba a la cama mientras no se acostaran todos, y es que había descubierto a una señora muy arreglada en el salón, que la miraba muy fijamente y que le parecía una descortesía dejarla sola. -Ya les digo yo, que la señora tía del señor es muy cortés y afable- De manera que se taparon los espejos que estaban a la vista. Y la casa quedó como si viviéramos de luto permanente en la época victoriana, -siglo XIX, que una lee novelas románticas-. Y como antes, la vida siguió su curso, pero de nuevo, y cuando ya nadie se lo esperaba, una madrugada empezó a gritar en el baño porque había encontrado a una mujer a medio vestir frente al lavabo. Los alaridos de terror nos dejaron a todos sentados en la cama primero, y corriendo hacia el lugar desde donde provenían los gritos, luego. Y claro, fue la gota que colmó el vaso.

  • Pobre mujer, no se preocupe que la trataremos bien y estará cómoda.

  • Ella ahora sólo nos reconoce a ratos. La mayoría del tiempo está en su mundo, tejiendo. Los señores irán a visitarla pronto, pero no querían estar aquí... Ustedes me entienden.

  • Claro que lo entendemos. La vida a veces se vuelve desesperante y cruel.

Cuando por fin el coche arranca, la asistenta llorosa, dice adiós desde un balcón aunque nadie mira, y las cortinas floreadas siguen ondeando en la ventana.


 













jueves, 4 de septiembre de 2025

A empujones

En esta ocasión nos adentramos en septiembre, sumidos en el traqueteo de vuelta a los desplazamientos forzosos y a las rutinas.

Hay tantas formas de viajar como se nos puedan ocurrir, pues no sólo podemos hacerlo físicamente, sino también con el corazón o con la imaginación en un viaje, dentro del viaje... así es que, buena travesía.


Entró en la estación produciendo un fuerte chirrido que se quedó flotando en los oídos, junto al calor pegajoso de aquel mes de temperaturas record.


El andén estaba lleno y la gente, que antes parecía ensimismada y agotada, se agolpó a ambos lados de las puertas en cuanto la máquina se paró, y como si fueran muñecos articulados, unos salían y otros entraban a toda prisa.

Ellos, en un país desconocido, de lengua extraña, y aunque les sudaban las manos, iban bien agarrados. La masa los empujó hacia el interior del vagón, casi levitando, sofocados, apretados entre cuerpos extraños y envueltos en mil sudores.

De pronto, y a punto de que se cerraran las puertas, alguien empujó desde el arcén con fuerza para hacer más hueco, tarea que parecía de por sí imposible pero que surtió efecto, y con el embate, como una ola desesperada, entraron incomprensiblemente más personas, y entonces fue cuando sus manos se separaron, y de repente, el otro ya no estaba.

Tanto él como ella quedaban en altura por debajo de la media y se perdieron de vista enseguida. La maraña humana los arrastró alejándolos, sacudidos por las envestidas de la máquina. Para una persona bajita o para un niño, encontrarse entre una multitud en la que no ves mas que hombros, barbillas, axilas, bolsos, brazos y barrigas, resulta más que agobiante. Sin hablar del calor humano que se genera, y que te seca la boca y no te deja respirar.

Pero afortunadamente, cuando tenemos limitaciones, también desarrollamos formas de adaptarnos al entorno. De manera que a ella se le ocurrió que si por arriba no podían verse, quizá si podrían hacerlo por debajo. Y así fue como mirando al suelo, entre embates, paradas, sacudidas, empujones y entreviendo entre tantos zapatos diversos, reconoció los de su compañero y por fin se abrazaron. Siguieron con el susto en el cuerpo y empapados en sudor, pero unidos, y ya no se soltaron más hasta que llegaron a su destino.


 



viernes, 4 de julio de 2025

¡Ay qué pena me da!

 

Cada día surgen nuevos propósitos y también decepciones. Y aunque algunas ideas las llevas barruntando tiempo y viven soterradas en nuestra cabeza, otras, por el contrario, surgen sobre la marcha de forma inesperada, hasta sorprendernos.


¡Ay qué pena me da!

Y es que me encanta el color naranja. ¿Y a qué viene esto? Pues a que tengo en mente a una persona y esto hace que el naranja encienda mi cabeza. Eso, y los adjetivos engreído, prepotente, déspota, intransigente, soberbio, racista, egoísta, machista, falso, mentiroso... y la lista seguiría. 

Y no quiero cogerle antipatía al naranja, y por eso se me va quedando una penita muy adentro.

¡Ay qué pena me da!

Llevo tiempo pensando en hacer algo de ejercicio en el exterior. Y ahora que por fin me decido, todo se confabula contra mi poca voluntad... y es que llueve a cántaros. En un comienzo de verano, taciturno en estas latitudes, el cielo se viene abajo, caen chuzos de punta o como cada cual quiera expresarlo. Y de verdad, es que se me queda una penita aquí dentro.

¡Ay qué pena me da!

Entre unas cosas y otras, entre lo que quiero y no puedo, y entre lo que puedo pero no quiero, me siento enredada como el jazmín en la verja del jardín. A veces los propósitos se desvanecen como pompas de jabón, y la impotencia nada a sus anchas. Y por eso, se me va quedando una pequeña penita dentro.  

¡Ay qué pena me da!

En fin, serán cosas del mes de julio.


 



miércoles, 4 de junio de 2025

La lista del mes


   El verano es una época distinta porque nuestros hábitos cambian y todo se siente diferente, pero en ocasiones, en lugar de descansar y disfrutar de los momentos que se nos presentan, nos agobiamos, independientemente de que estemos de vacaciones, o tengamos que trabajar, porque este año el asueto nos toca en otoño o en invierno. 

De manera que para eliminar la ansiedad, propongo lo que he llamado la lista de tareas del mes, con la intención de que nos ayude a cambiar el chip y frenar un poco, y que cada cual, seguro que podrá adecuar y variar según sus apetencias o circunstancias. A ver qué se nos ocurre. 


  

Saborear el aroma del mar, 

de las comidas con la familia o los amigos, 

del pincho a media mañana,

del romero y la retama en flor,

 y de las noches de estío.

 


Y celebrar el verano, 

disfrutar de una ducha fresca, 

de la espuma de las olas, 

de sentarnos con las piernas en alto, 

de la lectura, 

de una peli, 

y del descanso.

 

Felices meses de verano 


 

 

viernes, 9 de mayo de 2025

A Pablo

 

Había decidido no publicar este mes en el blog, pero de regreso a casa en el avión, me puse a escribir unas palabras.


Mi madre decía que el amor o la amistad, cuando se rompen, lo hacen como si fueran de cristal, y aunque se puedan juntar los pedacitos y pegarlos, siempre quedará la marca, como una cicatriz en el corazón; y que el mismo planteamiento nos sirve para muchos otros aspectos de la vida.

Pero no siempre se quiebra el amor por un desengaño, una mentira o una traición. También se rompe por una ausencia. Cuando esto ocurre, en cualquiera de los casos, nos tocará juntar los trocitos y aprender a vivir con los recuerdos que componen la cicatriz, para honrar, si es el caso, la ausencia del que ya no está, y vivir con dignidad, sin derrotarnos, hasta que sintamos de nuevo las ganas de pedalear con fuerza, como solía hacer Pablo, en lugar de dejarnos llevar.

Decirte adiós se nos hace cuesta arriba para todos los que te conocimos. Echaré de menos tus comentarios en el blog, tu risa espontánea y tus shows cuando nos juntábamos en grupo. Fuiste amigo de los amigos y me consta que buen compañero, y también un hombre honrado, con todo lo que implica la palabra. Un estupendo atleta, un aventurero incansable, y un ser alegre, solidario, sabio, y muchas otras cosas buenas que yo soy incapaz de resumir en pocas palabras.

Termino enviando junto con estas letras, un abrazo para reconfortar a los que se quedan y otro grande para ti, que has emprendido el viaje sin retorno que todos tenemos pendiente. Espero, al menos yo quiero pensarlo así, que puedas echarte unas risas con Guillermo y Coti, que marcharon antes que tú con la pandemia.


 Hasta siempre

viernes, 4 de abril de 2025

Dibujo

Te miro, y aunque pasan los años, sigo viendo al hombre amante de la historia y de la vida, que me enamoró.

Te miro, y veo a aquel chico nervioso que me esperaba tras la puerta en la terminal de pasajeros.

Te miro, y siento a aquel que desde entonces enlaza su mano junto a la mía, me abraza con la mirada y me besa con sus palabras.


Te conocí un mes de abril

y desde entonces,

mientras el tiempo avanza,

esbozo una mano que te espera,

trazo unos labios que te anhelan,

pinto la piel erizada

y el pelo alborotado.

Y te dibujo a ti amor,

que me besas y me abrazas.


Para mi Ángel