Las circunstancias nos llevan y nos traen, aunque queremos pensar que somos nosotros quienes planificamos lo que está por venir o lo que nos sucede. Sin embargo, solo en ocasiones sucede así, pues la mayoría de las veces, vamos esquivando plantas urticantes por el camino, las rodeamos y o las saltamos, según podemos.
El vuelo sale con retraso, así que los más pequeños aunque no se conocen, se alían y corretean, y saltan y gritan para mayor desasosiego de sus padres, que son conscientes de que subirán excitados y cansados al avión.
Por fin la cola avanza. Siento que hace calor pero puede ser ansiedad. Me recomendaron viajar para distraer la cabeza del trabajo y las preocupaciones. Los adultos están desesperados por embarcar de una vez, probablemente influye que el trayecto será corto, y ansían llegar a su destino lo antes posible.
Me toca la fila 19. A sentarse y soltar trastos. La niña de al lado habla sin parar como sólo los niños son capaces de hacerlo, pero de momento se está tranquila, sentada, balanceando las piernecitas arriba y abajo con el cinturón abrochado. Su madre debe preguntarse preocupada, cuánto tiempo aguantará así, pero intenta que su rostro no revele sus pensamientos. Para los niños un avión puede ser una cárcel o un parque de atracciones y su madre no sabe cuál de las dos cosas será la peor. Transpira debido a los nervios.
Por suerte el embarque ha sido rápido. La tripulación y los pasajeros queremos recuperar el tiempo perdido. Y allá vamos. Despegamos. Miro por la ventana y todo se va haciendo más pequeño. Espero que al cambiar de perspectiva, los problemas también. Según se alcanza la velocidad y altura de crucero, el cielo cambia y se oscurece.
De pronto se oye una especie de rugido, como el de un león enfadado y hambriento, y la niña se calla intuyendo que algo va mal. Debe haber un ogro correteando entre las nubes. Un rayo lejano ilumina la ventanilla, luego todo queda en calma de nuevo, aunque los pasajeros también se han callado. El avión se sacude solo un poco, y luego seguimos tranquilos. Por megafonía advierten de que estamos atravesando una zona tormentosa, que permanezcamos sentados y con el cinturón abrochado, hasta que la dejemos atrás.
Al rato vuelven las sacudidas, esta vez con más fuerza, a un lado y a otro, como lo haría un perro mojado. La niña llora porque está cansada y asustada, y la gente se agarra con fuerza a los reposa brazos. Es de día, pero por las ventanillas no se ve más que bruma gris.
Reina el silencio, el avión da un fuerte salto, como si hubiera pillado un gran bache. Y sobre mi regazo cae una jirafa de peluche. Los ¡Ay! y ¡madre mía! se suceden, y la campanita de cinturones abrochados de nuevo tintinea sobre nuestras cabezas, como si hiciera falta recordarnos que tenemos que seguir sujetos y sentados. Otro salto desbocado y otro, caen las mascarillas de oxígeno del techo y bajamos muy rápido, pero no nos deshacemos de las nubes negras. Por los altavoces nos recomiendan que nos las pongamos, y lo hacemos como mejor podemos. Llevamos veinte minutos de zangoloteo. Algunos pasajeros van aterrados y con los ojos cerrados, otros disimulan el miedo y pocos, simplemente están serios, escépticos, con tanto salto no se puede ni leer, ni tampoco dormir. La niña ya no llora, protesta porque no quiere ir sujeta, pero es más por miedo, y su madre le da palmaditas cariñosas sobre los muslos. En cuanto puedo, le doy la jirafa, y su madre la achucha, mientras le habla bajito al oído para tranquilizarla.
El avión sigue con las sacudidas y vuelve a sonar el pitido de megafonía. Y ahora qué nos preguntamos. Y otro salto en el vacío nos deja sin aliento.
A continuación, el piloto informa de que empezamos el descenso hacia el aeropuerto de destino, y que tomaremos tierra antes de lo previsto, y que tanto él como la tripulación, esperan que hayamos disfrutado del vuelo y que tengamos una feliz estancia.
¡Será una broma! Pienso, y las caras de la mayoría de los pasajeros reflejan incredulidad. Quizá la vuelta la haga por tierra. Bueno, al menos no le he dado vueltas a la cabeza... Esta especie de terapia, puede que funcione.



















