A veces nos aburrimos a conciencia.
Aquí estoy, tomándome un jerez, servido en aquellas copitas antiguas de cristal tallado, pequeñas y estrechas, nada que ver con las de ahora. Las mismas copas que utilizábamos mi padre y yo, mientras picoteábamos antes del almuerzo. Paso el tiempo observando por la ventana. Hoy el día está feo y el cristal me devuelve turbio mi reflejo, más arrugado que ayer.
Si, aquí estoy, bien abrigada porque aún no llega la primavera y hace frío.
De pié en la esquina de la calle hay un peatón. Al principio pensé que quería cruzar, pero lleva ahí mucho tiempo y ya ha tenido la oportunidad de hacerlo varias veces. Además, me pregunto hacia dónde iba a ir. Está justo en uno de esos accesos a la rotonda. Una de esas glorietas enormes. Por lo menos, la plazoleta, si se puede llamar así, no tiene una de esas esculturas, por mentarlas de alguna manera, que afean el entorno y de las que uno nunca sabe qué conmemoran o si quiera, de qué tratan o cuál fue en su día el motivo que hizo que la erigieran en ese lugar.
A veces me da la sensación de que quiere abalanzarse sobre los coches, porque se arrima de repente al borde cuando pasan. Esto no me está gustando.
Parece una mujer, desde aquí no la distingo bien. Lleva pantalones vaqueros y un ancho chaquetón con la capucha puesta. Me resulta raro verla ahí quieta, aunque a veces camina de un lado para otro sin motivo aparente.
Me parece intuir que llora. Se pasa las manos por la cara de vez en cuando. Y la supongo enmudecida por el ruido de los coches que no cesa, y sola.
Voy a bajar para ver si necesita algo. Se va a quedar empapada porque ahora encima llueve. Bajo las escaleras todo lo deprisa que puedo con mis zapatillas de andar por casa, porque la he visto indecisa, e inclinarse más de lo razonable fuera de la acera. Espero que no esté pensando lo peor. Y cuando estoy a punto de llegar a ella, se pone sin prestarme atención, a dar saltitos y a aplaudir. Un coche se arrima a la acera, se sube en él y la miro atónita, cómo da besos y abrazos al personal. Qué fallo el mío, y encima me he mojado toda por entrometida.


















