¿No te dan
ganas a veces de tener súper poderes para hacer desaparecer las
injusticias de un plumazo? A mí me pasa cada vez más a menudo. No
soporto a los frescos o frescas que van por la vida pisoteándolo
todo y a todos-as sin miramientos, y que encima piensan que el resto
somos idiotas por cumplir con las normas cívicas o por respetar lo
ajeno.
Amanecía,
y los defensores de palacio, corrían de un lado a otro con sus
cascos puestos, esquivando las columnas como elefantes furiosos y
temiendo que rodaran cabezas. No se sabía cómo, pero alguien había
instalado sin permiso, una carpa junto a la entrada de palacio.
También había un reguero de semillas y unas pequeñas setas que
habían crecido de la noche a la mañana, y que los pájaros
picoteaban. Los que comían las semillas no podían dejar de comer, y
los que picoteaban las setas se comportaban de un modo extraño. De
manera que los pájaros entretenidos como estaban, no cantaban como
todas las mañanas, y eso iba a enfurecer a su caprichoso líder.
La
soldadesca intentaba poner orden sin nada de éxito, pues los
animales salvajes no entienden ni de leyes, ni de normas, así que
todos sus intentos caían en terreno estéril.
A
todas estas, y supongo que debido al alboroto, salió de la carpa un
ser pequeño y flaco que dando dos fuertes palmadas dispersó a los
pájaros, que se subieron a los árboles y se pusieron a cantar como
todas las mañanas. Entonces el hombrecillo fue animando a los
aldeanos a comer, pues de todos era sabido, que ese país padecía
una terrible hambruna. Las personas que probaban los granos, quedaban
saciadas y nutridas, y todos bendecían y agradecían al recién
llegado por su generosidad. El personaje fue sacando pequeños sacos
de semillas a los que les añadía una seta y al instante los granos
empezaban a germinar. Entonces empezó a repartirlos entre la gente
que escuálida y temerosa, se había acercado. De manera que
maravillados, cogían el saquito de aquellos cereales mágicos que
les ofrecían y se encaminaban a los huertos para sembrarlos.

El
capitán de la guardia por si acaso, mandó apresar al hombrecillo y
lo llevó a palacio para que el tirano que los gobernaba, que era un
ser glotón y obeso, se pronunciara al respecto. El pequeño
personaje ni se inmutó cuando se lo llevaron a la fuerza. Era un ser
extraño, casi etéreo, y llevaba una capa verde lima sobre sus
huesudos hombros, que le daba cierto aspecto de insecto palo o de
mantis religiosa.
El
adalid tras la explicación de lo ocurrido, exigió que le trajeran
de inmediato semillas para probarlas, pues consideraba que todo lo
que estaba en su reino era suyo. Pero en cuanto empezó a
saborearlas, como ocurrió con los pájaros, ya no pudo parar de
comer, de manera que cuando su cuerpo no lo resistió más, y ante la
mirada atónita de su séquito, explotó.
El
jefe de la soldadesca, tras recuperarse del susto, pensó que el
pueblo no se podía quedar sin dirigente alguno, de manera que para
evitar que surgiera otro dictador, le propuso al señor Palo Lima que
gobernaran juntos hasta que se pudieran celebrar unas elecciones
democráticas. Uno defendería el castillo y las tierras de los
campesinos (que se repartirían), y el otro haría lo necesario para
que entre todos, el pequeño reino prosperara y no se volviera a
repetir la hambruna. Y así fue como el pueblo rebautizado como
“Semillas” salió adelante, aunque no siempre fue fácil.
Nunca
se supo de donde vino el señor Palo Lima, ni de donde sacó las
semillas mágicas, pero con el tiempo, a nadie pareció importarle.