martes, 4 de febrero de 2020

Un rato con Margarita

Hace cincuenta, sesenta o setenta años, las mujeres sólo tenían la opción de acceder a algún estudio básico, las más afortunadas, con la  finalidad de ser un buen partido ante un fututo matrimonio. Solo en contadas excepciones, podían prolongar sus carreras, pero sin que la sociedad las respaldara, pues no las consideraba capaces de desenvolverse ante una labor de responsabilidad y mucho menos, en el campo científico como nos demostró Margarita Salas Falgueras. 
Aunque hoy siguen existiendo barreras para que las mujeres demostremos de lo que somos capaces, gracias a la voluntad de personalidades como la de Margarita, hemos avanzado en este aspecto.
En los últimos años hemos oído hablar mucho de los logros que consiguió, sobretodo con Phi29, un virus bacteriológico que permitió averiguar cómo se duplica el ADN y desarrollar una herramienta para reproducirlo en el laboratorio. Su sistema se utiliza en todo el mundo, entre otros campos, en criminalística y paleontología.
Este es mi pequeño homenaje a su persona y a todas las luchadoras del mundo.

Lleva rato despierta pero con la cabeza tapada, así y todo oye un leve rumor. Quizá esté soñando. Mira por una rendija entre la ropa de cama. Es de día y el lecho de su hermana está vacío. Nadie la ha despertado porque hoy no hay cole y lo agradece, se está tan calentita en la cama. Agudiza el oído y arruga la frente, le gusta deducir.... Parecen grititos y risas. Ahora suenan medio histéricas.

Tira de las sábanas que le cubren la cabeza, pero ahora ya no se oye nada, está todo tranquilo. Va al aseo, se viste, y mientras Zulema le pone el desayuno, oye corretear en el piso de arriba. Sus hermanos siguen sin aparecer. Seguro que son ellos jugando con los otros. Los que habitan en los pisos superiores, unos a la fuerza y otros queriendo, es pequeña, pero sabe que a papá, en el pueblo, lo llaman el médico de los locos.

Se asoma a la escalera, sí, son ellos, ya no cabe la menor duda, sus voces son inconfundibles, pero Margarita no sube las escaleras, sonríe y sale corriendo hacia el jardín, coge la pelota, y concentrada mirando hacia el aro se dedica, ensimismada, a tirar a ver si hay suerte y encesta, con tesón, sin desánimo, una y otra vez, y así pasará la mañana hasta que le salga perfecto.

Y es que como Margarita piensa, "para tener suerte tienes que estar trabajando, aunque el trabajo no siempre te la asegure".


Si quieres saber más sobre Margarita Salas Falgueras, aquí te paso unos cuantos link: 
https://www.diariosur.es/sociedad/201506/01/margarita-salas-muerte-asusta-20150601201511.html?ref=https:%2F%2Fwww.bing.com%2F
https://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_Salas
https://www.muyinteresante.es/ciencia/fotos/las-mayores-aportaciones-de-margarita-salas-a-la-ciencia-251573132302/1
https://elpais.com/tag/margarita_salas/a/
https://www.publico.es/ciencias/margarita-salas-joven-mujeres-no-consideraba-capacitadas-investigar.html

sábado, 4 de enero de 2020

Milagro

Milagro:
De miraglo.
1. m. Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino.
Vida:
Del lat. vita.
1. f. Fuerza o actividad esencial mediante la que obra el ser que la posee.
(RAE)

Me he puesto trascendental, supongo que entre otras cosas debido a que estoy a las puertas de los sesenta y a las pérdidas recientes de mis seres más queridos.



En los breves ratos de tranquilidad, cuando me escondo del bullicio, del ajetreo que generan los días de fiesta, con sus almuerzos, cenas y compras, intento que el delirio y frenesí que nos rodea no me afecte o me de un respiro, entonces analizo, en esta ocasión sobre lo que considero que es la vida.


Milagro

La vida, arcana y siempre inexplicable,
nos mantiene en vilo desde el primer sollozo,
y cada día el misterio que la envuelve
se abre paso ante nosotros como un secreto mal guardado,
que se deja descubrir poco a poco.

La vida, ese espacio de tiempo
que transcurre entre las piedras polvorientas,
entre la hierba húmeda, el asfalto y la arena;
que acaricia muros, ventanales
y agita las cortinas con aire cálido
o refresca como viento de invierno
que viene de visitar fríos mundos.

La vida, nos hace ufanos y orgullosos
nos da rienda suelta y luego nos sorprende,
siempre amotinada, rompiendo proyectos,
planes y cambiando destinos.

La vida, ese milagro
en el que nos dejamos morir, ajenos, engañados,
y superados pues nada nos pertenece,
o a la que nos aferramos, revelándonos,
inquietos, osados y felices.

Buen año 2020 para tod@s.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

A papá

Papá murió mientras dormía el domingo día diez de este pasado mes de noviembre. Los últimos días de su vida parecía cansado de vivir y creo que deseando marchar junto a su eterno amor. Desde que falleció mamá nunca la nombraba, supongo que por no ahondar en el dolor reciente que todos arrastrábamos; sin embargo, un día antes de dejarnos, me confesó que deseaba hablar con ella y que la añoraba mucho.

Algo se quiebra por dentro aún siendo consciente de que el momento tiene que llegar y nada parece aliviar el abatimiento. Sólo los abrazos de los seres más queridos reconfortan, el apoyo de amigos y conocidos es una bendición en días tan tristes porque te arropan de verdad y te hacen recordar vivencias llenas de felicidad, del padre que se fue para siempre.

Pasan las semanas y a duras penas vamos asumiendo su ausencia aunque el dolor no desaparece.
Cada uno de mis hermanos tendrá experiencias y sensaciones diferentes de su relación padre-hijo, pero todos coincidiremos en que fuiste un padre cariñoso, sonriente y atento a nuestras necesidades. Un incansable trabajador, justo, vital, innovador y con gran empatía para con el prójimo. Y sé que quienes le conocieron también le amaron, pues era de esas personas que se dejan querer y quieren sin tapujos ni medias tintas, abrazando, acariciando y besando.


Mamá me contó que el día que nací, esperaba el acontecimiento dando vueltas en el jardín, y que lloró de felicidad cuando le dijeron que por fin había llegado una niña. Esa ternura latente, las inquietudes y la comprensión, fueron siempre recíprocas entre los dos.

Recuerdo que al regresar del trabajo, te quitabas los zapatos, cansado de estar de pié, y te dejabas caer un ratito sobre la cama, entonces nosotros (los más pequeños) corríamos a tu encuentro y nos lanzábamos sobre ti. Y yo te estiraba la punta de los calcetines para dejarte los pies más holgados, mientras tú suspirabas de satisfacción al sentir los pies en el aire. Te abrazaba y te ponía los pelos de la cabeza de punta, tú te dejabas hacer, con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara que no se borraba y yo sentía que tu regreso como siempre, era una fiesta.
Aún me parece ver tu perfil recortado por la luz que entraba por la venta, sentado en el salón mientras suena algún clásico de fondo y tú lees. O aquellas tardes de fin de semana en las que salíamos los tres, mamá, tú y yo, porque el resto de mis hermanos ya se había independizado, y nos íbamos a pasear en el coche recorriendo cualquier parte de la isla, luego cenábamos unas tapas, o bien nos íbamos al cine y saboreábamos unas cotufas (palomitas).
Tras mi emancipación hablábamos todos los días por teléfono, primero se ponía mamá y luego lo hacías tú para leerme algún párrafo que considerabas interesante o algún chiste, siempre tuviste muy buen humor, luego los comentábamos y nos reíamos, cómo echo de menos esos momentos, pero la vida sigue y nosotros atesorando los recuerdos, seguimos en ella.

También disfrutaste de los amigos (con los que viajabas a conocer mundo siempre que pudiste, y siempre con mamá), de tus cuñados y hermanos, con los que te tomabas un “güisquito” en casa o en “la oficina”, aquella pintoresca taberna literaria que quedaba cerca y que desapareció hace muchos años. Unos y otros nos visitaban casi a diario, tanto cuando las familias tenían niños pequeños, como cuando ya, adolescentes o adultos, no los acompañaban. Te apenaba pensar que prácticamente todos ellos se marcharon antes que tú.
Superaste enfermedades graves y nunca te quejaste porque eras un valiente y no te dejaste rendir por nada; a punto de cumplir los noventa y cinco años (25 de diciembre), tan sólo la vejez y la nostalgia pudieron contigo, como lo hará con todos nosotros si llegamos tan lejos. Mientras tanto, intentaremos seguir tu ejemplo de hombre extraordinario y bueno.

Estas Navidades no serán lo mismo sin ti, ni los días, ni los meses o los años venideros, pero te recordaremos siempre, igual que hacemos con mamá.

Propongo que en estas fechas brindemos, recemos o tengamos un momento dedicado a los que ya no están, pero que de alguna manera siguen entre nosotros. Un abrazo enorme. 


lunes, 4 de noviembre de 2019

Lapsus mental

Todos poseemos ese don que nos permite percibir de manera casi tangible, la mirada de alguien clavándose en nuestra nuca, y cuando te giras para comprobarlo, efectivamente te tropiezas con unos descarados ojos que te siguen.

Sentía su mirada curiosa colándose entre las gotas que resbalaban por la ventana. Le sucedía siempre que cambiaba el tiempo y estaba seguro de que en nada podía afectarle la climatología, porque su vida hacía mucho que había terminado pues estaba reseco. Tan sólo  seguían firmes en su tronco, como brazos semiamputados, cortas prolongaciones carentes de corteza, el resto de las ramas, hacía ya muchos años que se habían desprendido.


Sin embargo, el alma del árbol que algún día fue aún seguía ahí, él podía sentirlo. En alguna ocasión le había ocurrido lo mismo con otros árboles, pero no con tanta intensidad como le pasaba con este.
Antes se preocupaba por ser capaz de notar este pulso latente, pero había llegado a la conclusión de que simplemente era más sensible que el resto. Seguro que existían más personas como él, pero que como le ocurría él, no iban a pregonarlo. También era consciente de que en ocasiones los anhelos nos confunden y que a esto se sumaba el deseo de que de verdad pudiera sentirlo. Además su gran imaginación tendría algo que ver, razón de más para quedarse callado.


Se masajeó la cara y los ojos, se sentía embotado, de manera que dejó el ordenador en pausa, cogió el chubasquero, salió afuera y se encaminó hacia el tronco repelado, miró a ambos lados del camino, no había nadie, entonces en un impulso, hizo lo que había deseado siempre, abrazó el tronco durante un rato hasta que sintió que las hormigas caminaban sobre sus manos como si formara parte de aquel esqueleto, entonces se separó, sacudió las extremidades para que los insectos cayeran al suelo y sonriendo, con energías renovadas, regresó a casa.

viernes, 4 de octubre de 2019

Si te quedaras a oscuras

El reciente apagón en la isla de Tenerife, donde vivo, me dejó meditando sobre nuestra dependencia a ese bien común. Aproximadamente un millón de personas, pasamos unas horas sin electricidad, internet, ni teléfono y todo se paralizó, desde los semáforos hasta los pagos con datáfono. La isla se quedó aturdida y sus habitantes descolocados y desamparados, encerrados en ascensores, garajes ... 
La penumbra puede resultar agradable cuando es lo que buscas pero la oscuridad, eso ya es otra cosa.

Tanteando llega a la cajita de madera y la abre, allí guarda un viejo cromo, unas cuantas monedas, una caja de fósforos (cerillas) y ahora seis puritos que deposita con cuidado.

Tras asearse y desayunar, coge el bastón blanco que tiene plegado y camina por el pasillo rozando la pared suavemente con el dorso de la mano, va ligero, con la seguridad que otorga el espacio conocido. Sale a la calle y mientras despliega el bastón siente que se acerca alguien. —¿Está oscuro el día? —No, qué va, está espléndido y luminoso.  —¿Necesita ayuda para cruzar? —No, voy bien así, gracias, y susurra, para mí que estaba sombrío.

Cruza la calle con el bastón oscilando de un lado al otro sobre el suelo y una mano apenas levantada, de forma imperceptible pero alerta. Se orienta guiado por el recuerdo de tiempos mejores en los que todavía podía ver. Compra el pan, pero ya no compra el periódico pues su padre está muy anciano y ese placer lo tiene olvidado.  A él también le gustaba leerlo. Luego regresa a casa envuelto en su oscuridad.

Pasa la mañana en los quehaceres diarios que todavía es capaz de hacer. Luego regresa a su habitación, pone la radio que ahora es su eterna compañera, y saca la bolsa con las minúsculas piezas con las que arma unos barcos fabulosos frutos de su imaginación y comienza a crear hasta que considera que la ropa que tendió antes ya estará seca. Aparta todo con cuidado pero no puede evitar que algunas piezas se caigan al suelo y a tientas recoge algunas, le pasa lo mismo con las trabas (pinzas) de la ropa. Repite el paseo por el pasillo y sube a la terraza. Se queda un rato apoyado sobre el muro paladeando un purito que sacó antes de la caja.
Le gusta escuchar el sonido de los pájaros y de los coches porque así le parece que de verdad puede ver la calle. Después baja la escalera haciendo malabarismos con la cesta cargada de ropa y se detiene a charlar un rato con el cuidador y con su padre.

Después de comer se va a dormir la siesta que habitualmente hace muy largas. En ocasiones no llega a dormirse, sino que pasa el tiempo tumbado rememorando el pasado. A veces es consciente de que confunde los recuerdos, que imagina momentos que jamás podrá vivir y lo peor de todo, cree que pasaron de verdad.
Cuando decide levantarse se va a regar el jardín. Para comprobar que todo queda mojado, toca la tierra pues siempre se le escapa algo. Levanta los brazos buscando algún fruto de la chayotera -Planta trepadora cuyo fruto (chayote) es comestible -, y los lleva a la cocina.

De vuelta a la habitación, saca de nuevo la caja y tras abrirla, toca todo lo que hay dentro, el cromo desgastado en el que apenas se distingue nada, pero que él puede ver, las monedas a las que da vueltas entre sus dedos para asegurarse de su valor y los puritos. Pone uno en el bolsillo de la camisa , enciende la radio y se tumba otro rato, no le apetece construir barcos.

Tras la cena subirá de nuevo a la terraza, para respirar el ambiente cargado de humedad y de aromas conocidos e imaginará la luna mientras fuma a su manera, porque nunca se traga el humo. Tiene todo el tiempo del mundo.

Al bajar, el abuelo -como le gusta llamarlo cariñosamente - ya se va a la cama. Bromean e intercambian algunas frases. Después, el cuidador le comenta las noticias del día, él en su interior reconoce que ya no le interesan como antes, sólo alguna que otra cosa extraña que pasa, pero eso no se lo va a decir. De vuelta a su habitación enciende de nuevo la radio para llenar el silencio. Probablemente se quede hasta bien entrada la madrugada construyendo sus embarcaciones. Le da igual que sea de noche o de día, para él no hay cambio. Toca la caja, todo está en su lugar. El reloj de pulsera le dice que son las diez y media de la noche y aunque mañana desarme lo construido, sus manos comienzan a crear.






miércoles, 4 de septiembre de 2019

Bengalas


Cualquier motivo sirve para disfrutar solo o en compañía de cuanto nos rodea, no necesitamos un pretexto para disfrutar de la puesta de sol, de los amigos, de un paseo, o de una comida. Los gestos más sencillos o las cosas más simples nos hacen felices si somos capaces de reparar en ellas y aprender a hacerlo no es tan difícil, sólo es cuestión de practicarlo.

Impulsadas por el viento, nubes regordetas cargadas de humedad, arrastran la panza rozando los árboles y provocando un escalofrío en las montañas, que se estremecen al sentir las primeras gotas.
Por la ladera camina un elefante portando pequeñas sacas, va a paso firme sendero abajo, sin importarle la fina lluvia que resbala por su piel.

A muchos kilómetros de distancia, en la costa, un preocupado niño observa con desespero el cielo en la lejanía, mientras camina de un lado a otro sin parar, hasta que de pronto cambia el rumbo y se dirige hacia la ensenada. Al llegar se para en seco, mientras con la vista busca algo en la orilla, y es que es bueno tener amigos en todas partes.

El cangrejo, antes perfectamente camuflado, sale de detrás de una piedra y lo mira intranquilo pero atento, y en cuanto el chico le hace una seña, sale disparado arroyo arriba, corriendo de lado como si le persiguiera un pez perro. Debe asegurarse de que todo va bien. Tras un largo rato de carrerilla, divisa al elefante que le saluda con la trompa y un estrepitoso resoplido. Está nervioso pues no le gustan los cangrejos.
De manera que este desde una respetuosa distancia, comprueba que el elefante carga con las sacas.

Entonces, haciendo balancear su cuerpo arriba y abajo como si bailara y alzando una pata en señal de despedida, se tira al agua sonriendo y se deja llevar por la corriente. En nada estará de nuevo en la cala donde el muchacho le espera y se calentará encantado de la vida, al sol de la tarde.

En cuanto ve al niño le hace señas y le indica que todo está controlado. Ahora hay un grupo de chicos correteando por la orilla y un par de hogueras, por lo que el cangrejo acelera el paso hacia un agujero concreto en su piedra preferida. No hay que jugar con la suerte. No vaya a ser que un niño se encapriche de su persona, no todos son como el chico. Mejor esconderse por si acaso hasta que suba la marea.

El elefante llega justo cuando el sol se va apoyando sobre el horizonte. El muchacho corre a su encuentro en cuanto lo ve y lo saluda con una palmada sobre el lomo. Abre las sacas y saca los botes. Reparte entre los amigos que se han juntado alrededor las bengalas que hay dentro. Todos las encienden para comenzar la fiesta y corren por la playa gritando que viva el otoño, mientras el elefante chapotea en la orilla, y el cangrejo se deja arrastrar por las olas. 









domingo, 4 de agosto de 2019

Bulla

El ruido, los bocinazos, el taconeo de la del piso de arriba, los ladridos del perro del vecino, o el tostonazo de música de los de enfrente, van angustiando nuestro estado de ánimo y añoramos fervientemente el silencio más absoluto; pero cuando el mutismo se desliza por las paredes como las sombras en un mal sueño, deseamos que nos saque de la mudez, incluso el zumbido monótono del motor de la nevera o el parloteo incansable del televisor.

Con cara de pocos amigos se asomó insolente por la ventana, y sacó los rechonchetes brazos moviéndolos con brusquedad, al tiempo que gritaba a los insoportables monos pidiendo silencio.

Se giró para coger las gafas de mirar hacia el horizonte, el mar se agitaba frenético, como si en el ambiente fuera propagándose la irritación, también las copas de los árboles se balanceaban como el oleaje, al son de los nerviosos monos que no dejaban de saltar y chillar.


Aunque tenía algo de sobrepeso, bajó la escalera con rapidez dando resoplidos, recogió el hacha y los guantes a rayas que descansaban sobre el banco de la entrada y abrió con agresividad la puerta. Esos monos se iban a enterar. Pero en cuanto dió un par de pasos supo que pasaba algo raro. El miedo susurraba entre la hierba, y los monos se habían llevado la escandalera con ellos, dejando flotar entre las ramas un titilante silencio.
Cerca, bajo la sombra de los árboles había un montón de serpientes, que altivas, amenazaban con morderle, defendiendo el terreno que ahora consideraban suyo. 


No lo pensó dos veces, si lo hubiera hecho jamás se habría atrevido a enfrentarse a ellas, así que emitiendo fuertes alaridos, -Ahhh. Ahhh. Aaahhhhh- con ayuda de el hacha y una larga rama, consiguió alejar a los reptiles que a regañadientes y zigzagueando sobre el suelo, se alejaron de aquel tío tan escandaloso.


Y como si presintieran que la amenazaba ya había pasado, tímidamente los monos que siempre le ponían tan nervioso, regresaron a la copa de los árboles, y de nuevo comenzó el cuchicheo y los aullidos, pero ahora ya no le molestaban. Ahora sabía, que aquella bulla le indicaba que todo iba bien.

jueves, 4 de julio de 2019

Se llamaba Lucía

Supongo que rozar la demencia senil o el alzheimer, debe provocar una sensación similar a la de saltar al vacío en contra de nuestra voluntad. A esto le acompaña la herida y posterior infección que te provoca el miedo, ese dolor interno del que reconoce su mal, y sabe hacia donde le lleva.

Camina ligero, su rostro insinúa una sonrisa soñadora, y la juventud empuja sus pies que devoran metros sobre la acera acercándolo a su meta.

Por el camino una señora le pide ayuda, y él se detiene en seco. Parece que quiere cruzar la calle.
-Bueno, eso no presenta ningún problema- Ella le toma del brazo y a un paso demasiado lento para su ímpetu, cruzan mientras la señora le habla y le agradece su gesto varias veces, aunque en el trasfondo de la conversación hay algo más. Hay algo extraño en su charla, una base ambigua, un vacío.

Tras el diálogo de despedida, al otro lado de la calle, ella, Lucía, le confiesa con ojos desorientados que en realidad no sabe dónde va, y tampoco recuerda cómo regresar a casa. Está angustiada, pero por alguna razón desconocida confía en él y sabe que la ayudará.

-¿Y qué hago yo ahora? -piensa- A ver, venía en dirección contraria a la mía... -De manera que armado de paciencia, con la incertidumbre que le genera la situación y el lento caminar, los dos emprenden la búsqueda calle abajo. Él, resignado, piensa que al menos van en la dirección adecuada y se van acercando a la estación. Ella, desconcertada y aliviada, se agarra de su brazo como si fuera su ángel salvador.

Quién se lo iba a decir, allí estaba él, tocando en los porteros automáticos y contando a los desconocidos que se prestaban a contestar, la reciente historia de Lucía que seguía colgada de su brazo. Nadie le daba razón ninguna sobre la señora, así que seguían su desasosegado avance, y las respuestas, algunas fuera de tono, eran siempre las mismas, nadie parecía conocer a Lucía.

Los minutos pasaban, ya casi hacía una hora que había tropezado con la mujer. Quizá -pensó- debería llamar a la policía y contarles la historia. -Aquello no podía estarle pasando- miró a la señora que le devolvió una mirada esperanzada.
-Bueno, vamos a intentarlo un par de veces más- y por fin, tras varios intentos, una respuesta positiva. -Lucía vive en la casa de enfrente, en el número diecisiete-, respondió una voz de mujer. -Ahora llamaré a alguno de sus hijos. Esto no es la primera vez que le pasa sabe, Lucía siempre está sola, por las circunstancias que le han tocado vivir. Espere un momento. -Y la voz dejó de oírse durante un buen rato. De pronto surgió sonido de nuevo por el interfono -¿Sigue ahí? -Sí, claro, aquí estamos. -Me dice su hijo que ahora mismo está muy ocupado, pero que en cuanto pueda se acercará para abrirle la puerta a su madre. -Entonces ¿qué hago? -pregunta el chico. -Pues yo le aconsejo que cruce la calle y que ella espere a su hijo sentada en el escalón por fuera de su casa. Él puede tardar todavía un tiempo. Yo no puedo bajar sabe, estoy mal de las piernas, pero le echaré un ojo desde el balcón, no se preocupe.

Así que la descolocada pareja cruzó de nuevo la calle. Lucía pacientemente se sentó por fuera del escalón de su casa, disculpándose una y otra vez con el muchacho que abochornado aguardó un rato, pero que en vista de que no venía nadie optó por despedirse. Los dos miraron hacia el balcón de enfrente, donde la vecina les saludaba con la mano. Lucía le dió dos besos y un abrazo, ya se encontraba más tranquila, sabedora de que pronto uno de sus hijos iría a su encuentro.

El chico emprendió su camino aligerando mucho el paso, -llegaba muy tarde- Giró varias veces la cabeza para comprobar que Lucía seguía allí sentada como prometió. -Tenía que haber llamado a la policía desde el principio, -se reprochó- la hubieran atendido antes y se hubieran encargado de la situación para ponerle remedio. Una cosa tenía clara, nunca olvidaría a Lucía. Y con aquella desazón y un nudo en la garganta, se subió al tranvía.

martes, 4 de junio de 2019

Taconeando

Y mientras salía corriendo, pensaba que ellos jamás serían capaces de ver el mundo a través de sus ojos, porque la vida es una carrera de constantes pruebas y cambios a la que aunque acompañados, nos enfrentamos solos.

Allí está el armario. Lo mira con truhanería, entrecerrando los ojos, de medio lado, hasta que por fin se decide a tocarlo suave y torpemente.

En la habitación vacía resuena tímidamente el taconeado arrítmico, y se intuye más que se oye su risa, pues nervioso, se tapa la boca con la mano. Se siente feliz usurpando el rol de otro, y un cosquilleo vivaracho le sube y le baja desde los pies a la barriga, de manera que taconea más fuerte y deprisa.


Un collar de cuentas redondas le cuelga casi hasta las rodillas, y un poco más arriba, un medallón se balancea como un péndulo de una cadena. Una blusa demasiado ancha y una falda puesta no sin dificultad, quedan apresadas por un pañuelo lleno de pequeñas hojas.

Ahora necesita el toque mágico, así que sube a la silla tras un aparatoso y complejo esfuerzo. Elige la barra de labios de color rosa. Es bonita. Y como ha visto hacer en repetidas ocasiones, abre la boca y la pasa por los labios con bastante poco éxito, a ella le queda mejor. Al bajar ha estado a punto de caerse de bruces, lo de los tacones no es tan fácil como parece, pero ya está de nuevo ante el gran espejo y se observa sin dejar de emitir esas risitas nerviosas. Primero da vueltas y taconea, luego taconea y da vueltas. 


Mamá se asoma al umbral de la puerta buscándolo, lo han descubierto. Echa la cabeza hacia atrás al mismo tiempo que desde su garganta explosiona una carcajada franca y abierta. Levanta una mano llena de pulseras y anillos que giran locos en sus dedos de niño y dando trompicones se abraza a sus piernas, y su madre riendo, lo presiona divertida contra sus rodillas.
Él ahora no es consciente de ello, pero nunca olvidará ese abrazo contra las piernas de mamá.

Fin de la función.

Dedicado a mi pequeño nieto Eric, que empieza a zapatear por el mundo con sus grandes ojos y sin perder detalle.

sábado, 4 de mayo de 2019

Amarillo

A mi querida amiga Isabel García Estrada, supongo que donde quiera que estés, seguirás rellenando cuadernillos.

Tras asistir estupefacta a la lectura del testamento, le hicieron entrega de unas cajas repletas de carpetas y libretas, todas etiquetadas por temas y fechadas a partir de 1900. No entendía nada. Era huérfana desde los diez años y creía no tener familia.

En casa, enfrascada entre la documentación, pensó que en el más allá alguien sabía de sus inquietudes. Todos la envidiaban por ese extraño color de ojos, una rareza que en pleno siglo XXI le había abierto tantas puertas en el mundo de la imagen y que se mantenía en sus genes, ahora lo sabía, desde hacía al menos cien años, por eso leyó todo lo referente a aquella historia con avidez y más tarde, la escribió por el mero hecho de hacer justicia.

<<Las pocas veces que se animó a mezclarse con la gente tuvo malas experiencias. Cuando entraba en algún lugar concurrido, más temprano que tarde, en cuanto la gente sentía su amarillenta mirada se hacía el silencio a su alrededor y todos la observaban con desagrado. También en momentos que recordaba con amargura recibió golpes, escupitajos, insultos y murmuraciones dañinas pronunciadas lo suficientemente alto como para que llegaran a sus oídos con la intención de hacerle daño. Era el tributo a pagar por destacar entre los simples de espíritu.
Lo peor llegó cuando la arrinconaron en un callejón y aunque intentó oponerse con todas sus fuerzas, nada pudo hacer contra sus atacantes, de manera que aterrorizada, cerró los ojos con fuerza y no los volvió a abrir hasta que el ultraje terminó y sus cobardes agresores al amparo de las sombras se marcharon.

Al cabo de un tiempo sospechó que estaba embarazada, y un par de semanas después lo supo con certeza. Al principio pensó en desprenderse del feto, creía saber cómo hacerlo, pero nunca se atrevió. Amaba demasiado su propia vida como para perderla en el intento, de manera que mientras pasaban los meses, resignada, se preparó para el evento.

Llegado el momento, soportó aquellos dolores espantosos que se prolongaron durante un día y una noche, pensando en un intento por distraer la mente entre contracción y contracción, que nunca conoció a su padre, como le pasaría al ser que luchaba por salir de sus entrañas, y que su madre fue una buena mujer, sabia, lista y que le donó todo su conocimiento, junto a una casa con huerto y algo de dinero ahorrado que conseguía con remedios de hierbas que ella misma cultivaba.
Sintiendo la soledad hondamente y extenuada, por fin dió un último empujón deseando que la criatura que traía a este mundo no tuviera su mismo color de ojos.

Pero la pequeña, porque era de su mismo género, en cuanto pudo abrir los ojos mostró un iris donde predominaba el amarillo y ella entre sollozos, con la misma ternura que recibió de su progenitora, quedó rendida y hechizada para siempre de aquel ser indefenso y maravilloso.
En cuanto la niña creció lo suficiente la envió a estudiar fuera de aquel pueblo rudo y cargado de prejuicios. La visitó hasta que creció lo suficiente para entender que lo mejor era que viviera su vida alejada de su madre y su duro entorno.

El vivir aislada la llevó a escribir, primero contando su historia, y más tarde cuentos y poemas.
Murió sola a finales de los años cincuenta. La encontró el repartidor del supermercado que le llevaba la compra cada semana. Estaba acostada en su cama con su perro preferido velándola a sus pies. En el suelo, tongas de cuadernillos se amontonaban por doquier y sobre la mesa una carta con su última voluntad, en la que pedía que sus bienes fueran entregados al primer descendiente de su hija.
Y como suele ocurrir, tras la publicación póstuma de sus poemas, el pueblo que la había brutalmente rechazado, le erigió una estatua nombrándola hija predilecta.>>

Aún la gente corriente como tú o como yo no puede elegir los genes de sus descendientes, decidir si serán rubios o morenos, si tendrán un lunar en la mejilla, si tendrán una tez negra, aceitunada, amarilla , morena o blanca, si serán de estatura baja o alta, ni tantas otras cosas. Sin embargo, nos comportamos en más ocasiones de las debidas, como si nuestros congéneres fuesen cuando menos idiotas por no cumplir con el canon de belleza deseado, o simplemente, por nacer en la orilla equivocada del mar y por eso, merecer el castigo de carecer de derechos, de vivir entre continuas guerras y o morir de hambre.