jueves, 4 de octubre de 2018

Hechicería

Hemos oído muchas veces que el exceso de información es contraproducente, pero también el no disponer de ella. Creo que es importante tener la información que nos interesa para poder consultar sobre lo que nos ocupa y en consecuencia  actuar o resolver. Lo que sí está claro en cualquier caso, es que otros no pueden, ni deben, decidir por tí.

Legna nunca había creído en maleficios, mal de ojo, embrujos, ni hechizos, pero cuando tuvo que hacerse cargo de la cristalería familiar torció la boca en un gesto de disgusto. En el pueblo eran dados a creer en brujería y sortilegios, así que en cuanto empezaron los encargos con espejos, indeciso, buscó a uno de los cinco sabios del lugar para preguntarle qué hacer si se le rompía uno.

Este le dijo que no tirara las piezas rotas, que tendría que reutilizarlas o bien, convertirlas en polvo y lanzarlas al viento. Al principio no le pareció una tarea difícil, pero pronto tuvo una montaña de trozos de espejo, y de artilugios colgantes y extraños que fabricaba con los trozos sobrantes. Siempre le sobraban trocitos, de manera que vivía nervioso y pendiente de triturarlos para convertirlos en polvo. Esto último además era una faena muy laboriosa y encima tenía que buscar el momento para lanzar el polvo al viento. Agotado con tanta labor, decidió preguntar qué hacer con los trozos sobrantes de los espejos, a otro de los sabios.
El segundo sabio le propuso que cada vez que cortara un espejo, cogiera la pieza más grande que sobrara para reflejarla en la luna, -pero tiene que ser la primera luna llena tras la rotura-, le advirtió. Tristemente salió de la entrevista mucho más angustiado de lo que entró.
Continuó sin remedio con el trabajo, pero además ahora pendiente de la luna tras el trajín diario, aprovechando los trozos que sobraban para fabricar otras cosas y moliendo con cuidado el resto de los trocitos para lanzarlos al viento. Aquello no podía seguir así, pues cada vez tenía menos tiempo libre, de forma que se decidió por preguntar a otro de los sabios.


El tercer sabio le comentó que tenía que arrojar sal por detrás del hombro izquierdo, -pero ten en cuenta que has de coger un puñado de sal con la mano derecha y tirarla detrás de tu hombro izquierdo, ni se te ocurra hacerlo sobre el hombro derecho, porque conseguirás justo el efecto contrario, o bien, puedes bañarte en agua con sal y de paso te relajas-. Salió de la entrevista un poco esperanzado, y al día siguiente, siguió con su trabajo, pero con el frasco de sal cerca de la mano derecha para no confundirse al lanzarla sobre el hombro izquierdo, además, siguió haciendo artilugios con el resto de los trocitos de espejo, moliendo en polvo el resto y guardando el trozo más grande para que la luna llena se asomara en él. Pasados unos días se encontraba al borde de la histeria, así que tras realizar todas las tareas de prevención contra los malos augurios, llevó el bote de sal al baño y optó por sumergirse en un baño relajante de agua y sal. La primera semana todo fue de maravilla, pues el baño le relajaba, pero no siempre tenía ganas de un baño, a veces le apetecía un ducha, y por otro lado, las soluciones para prevenir los maleficios se le hacían cada día más pesadas de realizar, así que pensó que podía acercarse a preguntar a otro de los sabios, por si le daba una solución mejor.


El cuarto sabio le aconsejó que consiguiera amuletos de protección: una herradura de caballo, un trebol de cuatro hojas, una pata de conejo, una piedra o gema con energía Feng Shui, una llave...
Salió de la entrevista completamente decepcionado. Aquello no parecía tener fin y cada vez, mantenerse alejado de embrujos se complicaba más. Así y todo, colgó una herradura dentro del establecimiento y se puso una piedra contra el mal de ojo en el bolsillo. La vida continuaba, y él a pesar de los baños de agua y sal se sentía agotadísimo, de manera que decidió dirigirse al último de los sabios por si de casualidad daba con la solución de su problema.

El quinto sabio tras escucharlo le sonrió y le sugirió simplemente, no pensar en maldiciones, pues -si no crees en ellas no te afectarán-. Por fin alguien con sentido común -pensó Legna-. Tenía que haberlo hecho así desde un principio.
Y desde entonces, trabaja relajado en su taller donde continua colgada de la pared una herradura de caballo. Sigue construyendo pequeños móviles con trozos de cristal y espejo pues la gente los compra, y de vez en cuando, para relajarse, se da un baño de agua y sal tras la jornada de trabajo, o se va a enseñarle a la luna llena un trozo de espejo, y no hace nada por miedo a los maleficios, sino porque se ha convertido en una costumbre.

martes, 4 de septiembre de 2018

Saltando

Siendo adulto, sentirse como un niño es casi una tarea imposible. Recuperar la inocencia, el candor, la sencillez y la ausencia de picardía requieren un gran esfuerzo, pues compiten en muestro interior con la sabiduría que te aporta la vida, pero vale la pena intentarlo ya que nos rejuvenece y oxigena. Sólo aquellos que olvidan las estrategias aprendidas,  logran sentirse inocentes y viven el día y la noche con ojos nuevos que descubren a cada instante un mundo desconocido.

Duchado y cenado, el niño entró saltando en la habitación, pom, pom, pom, sin dejar de saltar se puso el pijama, pom, pom, pom, y se subió a la cama, pom, pom, pom, y como si no le afectara el calor intenso que perduraba tras un día sofocante, se metió bajo las sábanas y siguió moviendo los pies, zas, zas, zas, ésta vez como una rana, e imaginándose cohete a punto de despegar, brrr, brrr, brrr.

Y allá va adelante, agudo y rápido entre las estrellas. Con las manos agarra una ancha nebulosa que enreda como si fuera una cinta, ru, ru, grita feliz, ru, ru, ru, mientras hace ondas con ella y la desliza suave como una cometa entre los planetas. 

 Ru, ru, ru, de pronto el cohete aterriza en una loma pelada, brrr, brrr, brrr, donde sólo vive un tupido zarzal.

-¡Pero si son caramelos!-exclama el niño-.
-Cuidado -le dice el zarzal- si te acercas durante el día a coger mis dulces frutos, te arañaré profundamente con mis espinas, pues mis púas sólo desaparecen cuando la noche avanza y la luna pasea.
Veo la luna, así que es de noche y esto debe ser un sueño -piensa el niño que es muy listo-. Cogeré muchos caramelos y cuando despierte, aparecerán junto a mi almohada. Y allá va de nuevo, sintiéndose cohete que despega, brrr, brrr, brrr, con un puñado de caramelos entre sus manos.
Pero cuando el niño se despierta, en la cama no hay rastro de nada, así que después de buscarlos un rato, le cuenta decepcionado la historia a su madre -Si los caramelos aparecieron en un sueño, -le dice su mamá- al despertarte se habrán vuelto invisibles, pero estoy segura de que si ésta noche te duermes, sin hacerte el remolón cuando te mande a la cama, mañana aparecerá uno que te puedas comer bajo tu almohada. Y dicho esto, le picó un ojo y dándose media vuelta, dejó al niño sonriendo y planeando nuevos saltos, pom, pom, pom, que le llevarán con toda seguridad hacia otra galaxia.





sábado, 4 de agosto de 2018

Crepúsculo

El crepúsculo, ese espacio que transcurre en la penumbra, cuando el sol apenas asoma o no llega a esconderse en el horizonte, cuando las pupilas se agrandan buscando la luz, los sonidos se acentúan, el tiempo parece aletargarse y sientes que los depredadores acechan esperando su momento. Ese instante en el que eres consciente de que como un micropunto en el espacio infinito, formas parte del ciclo eterno de la vida y la muerte.

Recogen los bártulos tras un día de playa, de relax, risas y juegos, de chapotear en el agua y de observar el entorno submarino con las gafas de bucear puestas. La algarabía de chicos y grandes se va con ellos y la pequeña playa queda sola, bajo el rumor del mar y el grito ausente de alguna gaviota que se resiste a abandonar un día de pesca.

Como una melodía hiriente, la brisa eriza la superficie marina formando minúsculas crestas. El aire empuja esporas que viajan desde tierra adentro formando espirales antes de arrastrarse por el suelo y envolverse en la negra arena volcánica de la playa.


En la profundidad oscura de la charca que formaron los brazos de lava hace siglos, el pulpo mimetizado con su entorno, aguarda el movimiento impetuoso y turbio de la marea tras la llegada de la noche para acechar y saborear con las ventosas los infelices peces y crustáceos que caen bajo su enredado abrazo y mortal pico.


El sol se acerca al horizonte y el balanceo del mar se hace más intenso. La morena de mirada codiciosa y paciente observa desde su guarida, a la bandada de pequeños peces que busca en el lecho marino restos de seres muertos o pequeños cangrejos. Los peces que en su búsqueda se adentran en la cueva donde habita el pulpo no vuelven a salir. Los cangrejos que son descubiertos, corren para salvar la vida y se camuflan entre las algas, otros se quedan inmóviles, completamente aterrados y son devorados al instante.


El ciclo vital se paraliza un segundo, cuando de manera inexplicable llueven trozos de cadáveres, que al momento, son recibidos por todos como maná del cielo en un loco festín sin tregua. Mientras, en la superficie, sobre la punzante roca negra, otro depredador prepara en silencio con manos fuertes y ágiles sus enseres de pesca envuelto en la penumbra nocturna. El crepúsculo ya está aquí, adentrándose léntamente en la noche, y la rueda de la muerte y la lucha por la vida sigue su curso con todo lo trágico y lo hermoso que conlleva, y mañana, sin tregua alguna, otro crepúsculo dará paso al día.

miércoles, 4 de julio de 2018

Maldad

Ejercer la maldad de manera espontánea es por desgracia más común de lo que pensamos, sobretodo en la etapa entre la niñez y la adolescencia, cuando aún no sopesamos el alcance de nuestros actos. Además, entre nosotros también conviven seres completamente malvados, faltos de toda bondad y con una ausencia de moral tal que desencadenan acciones destructivas y terribles, reflejo de una estudiada maldad con mayúsculas.
Así y todo, hay más personas buenas que inclinan la balanza hacia el bien, que personas malas, aunque estas últimas a veces hagan mucho daño.

Suena el teléfono como cada día pasadas las cuatro de la tarde. Lo descuelga y lo apoya sobre la oreja sin mediar palabra. De fondo, se oye una voz rasposa e insegura:
-¿Eres tú? Si, claro, quién si no -comenta y continua hablando sin esperar respuesta-.


Hemos hablado de ello tantas veces, que ahora que todo terminó me parece irreal. Tras el almuerzo, y en cuanto todos se fueron a descansar me puse con el plan convenido -hace una pausa, pero como al otro lado del teléfono siguen sin hablar, continua con el monólogo-.

Todo fue muy fácil, lo atrapé sin dificultad ni jaleo, le dí un golpe certero y luego con paciencia lo limpié de piel y vísceras, a continuación lo aplasté sobre la tabla para que los huesos adoptaran la mejor posición. Golpeé un poco con el mazo y lo troceé con ayuda del machete. Eliminé la cabeza y el rabo, que afean al servir y preparé la salsa para macerarlo con un poco de aceite, perejil, ajos, sal, romero y un toque de pimienta. Estoy seguro de que mañana se chuparán los dedos. A continuación, lo guardé en un recipiente cerrado en la nevera, lejos de ojos cotillas y fisgones. Después salí a tirar los desperdicios al contenedor que está en la otra calle para dejar todo impoluto, como debe ser. Dentro de un rato pasará el camión y se llevará la pestilencia a otra parte.


Fue entonces cuando me senté a tomar un merecido té con menta, que refresca mi espíritu frente al calor espeso de la tarde, como hago siempre antes de llamarte, mientras el repetitivo canto de la cigarra mantiene a todos hipnotizados en la modorra de la siesta.

Al otro lado de la línea, una sonrisa maliciosa descubre unos dientes amarillos y torcidos. Suelta una carcajada y cuelga.


Nadie sospechará nada, y cuando se vengan a dar cuenta, si es que lo hacen, se habrán comido arropado de un buen adobo, al insoportable perrito del vecino.

lunes, 4 de junio de 2018

Indios y cabelleras

¿Qué consideramos importante y qué no?, todo puede llegar a ser muy relativo y dependerá del valor que le demos a las personas, los hechos, las circunstancias y del corazón que dejemos prendido en los objetos que amamos.

Se oyen tambores de hojalata, cánticos indígenas, susurros y risas. Amarrada a un poste, con sólo jirones de pelo sobre su cabeza tras el violento arrancamiento de la cabellera, tiznada, arañada y mirando sin ver está ella, ajena a lo que ocurre.


Llegué con cautela atraída por el soniquete. Los cuatro danzaban a su alrededor y cuando la descubrí, me llevé una mano a la boca para contener un grito. No obstante y sin dudarlo, me enfrenté a ellos rabiosa, y entre lágrimas liberé a tiempo de mayores destrozos a mi muñeca favorita, que trasquilada, sucia y rígida, parpadeó con un ojo, al tiempo que con el otro me miraba fijamente. 


La abracé confiando en que así la eximía del susto, y me marché rumbo al refugio que ofrecía mi habitación, dejando a los salvajes indios sin presa a la que vilipendiar, y dispuesta a reparar dentro de mis posibilidades a mi compañera. Quizá tras la limpieza, pueda devolverle algo de dignidad con un sombrero que cubra la desnudez de su inesperada calvicie.


Adoraba esa muñeca de casi un metro de alto y bien proporcionada, que además daba unos torpes pasos si la agarraba de la mano y tiraba de ella. Para mí era muy importante pues la consideraba unas veces hermana y otras amiga, con ella conversaba, discutía y me reía, llenando así mis soledades de hija única; pero para mis hermanos, simplemente era una prisionera, elegida supongo que por destacar de entre todas mis muñecas. Probablemente, a esta altura de nuestras vidas no recuerden siquiera el episodio, que en este caso, sólo fue un juego de niños. Y es que donde unos no ven la relevancia, otros se dejaron el corazón hilvanado.


viernes, 4 de mayo de 2018

Buena suerte

La suerte es involuntaria e impredecible, pero la buena suerte, eso es otra cosa; para disfrutarla necesitamos provocar los acontecimientos que la ocasionan, de manera que es preciso cultivar nuestro ser y nuestro entorno para sembrar los antecedentes, y estar pendientes de sus brotes para no dejar pasar por alto los frutos, y perder la oportunidad que la buena fortuna nos brinda. Pienso que la buena suerte la componen pequeños gestos y vivencias que nos ofrece la vida, y creo también que lamentablemente, habrá quien jamás será capaz de verlos y o que se niegue el placer de disfrutarlos.

Recién mudada al barrio, me levanté para estirar la espalda mientras trasplantaba unas flores y entonces lo vi por primera vez. Con una sonrisa sobre su cara redonda y amable, me saludó con un buena suerte y un leve toque de su mano sobre el sombrero. Me dejó desconcertada y pensé que lo decía porque no sabía qué comentar, pero me equivocaba, su paso ante mi puerta es ya rutina y su particular saludo también. Camina ligero para su edad dando pasitos cortos, acompañado de un bastón que lleva consigo porque le da seguridad. Eso lo supe después, cuando intercambié más de una frase con él.

El otro día me dijo que desde hace unas semanas, cuando llega a casa lo primero que hace es sentarse en la cocina, a tomarse un tentempié caliente con unos agradables vecinos, unos pajarillos que han construido el nido en un pequeño arbusto junto a su ventana, entre un complejo entramado de ramas sin hojas; de manera que por ventura puede avistar su ir y venir y oír claramente su piar sin importunarlos. Contemplar este trajín ahuyenta su soledad, le alegran la vista y el oído y le hacen feliz.

El caso es que le produce un efecto hipnótico, como el que sufrimos al contemplar desde un punto estratégico, la evolución de cualquier obra arquitectónica en construcción, donde podemos pasarnos horas mirando el quehacer ajeno valorando su progreso.
En la cocina, en cuanto escucha el canto, desvía la mirada hacia el cristal pues la llegada o salida del nido es inminente. Un cosquilleo inquieto le recorre el cuerpo al verlo aparecer y el punto de tensión que se produce en cada himpás entre trinos se desvanece al comprobar que siguen bien.

Ha pasado otro temporal fortísimo con vientos casi huracanados y fuertes chaparrones. El toldo de nuestro jardín tras su paso, ondea como una vela rota herida de gravedad, y a mí también me preocupan ahora los pajaritos pues considero que forman parte de mi vida, y deseo su bienestar.
Él lo primero que hizo al levantarse y antes de desayunar, fue comprobar que el nido seguía allí con sus huéspedes a bordo como una nave abriéndose paso entre esquirlas de madera, soportando los coletazos del viento que aún no se rinde a abandonarnos y se retuerce como un gato furioso. Ensancha la sonrisa al contármelo, son unos luchadores, me dice, y por eso son afortunados. Al disfrutar de esta y otras maravillas que componen la vida se considera dichoso, y por eso desea siempre buena suerte, porque envuelve con creces un buenos días.



miércoles, 4 de abril de 2018

Ambición

Aunque llegamos a este mundo con rasgos heredados, en los primeros años de crecimiento, somos lo que hacen de nosotros quienes nos rodean. Según vamos madurando, aprendemos a analizar nuestro comportamiento comparándolo y midiéndolo a través de parámetros externos. De ésta manera nos vamos modelando y con los años nuestra forma de ser se va puliendo.

Fruto de un brutal abuso y entre malas caras, el niño nació llorón en exceso y ambicioso pues reclamaba más alimento del que estaban dispuesto a darle, como si supiera que desde su nacimiento, tendría que abrirse paso en la vida a base de exigencias. Esto sirvió de buscada excusa, para abandonarlo sin pena ni remordimiento a las puertas del orfanato una ventosa madrugada otoñal.

En el hospicio el tiempo caminaba despacio, los castigos y golpes para cambiar su comportamiento sólo sirvieron para reafirmar un carácter pedante, bravucón, codicioso como un potentado y orgulloso como un rey.

Eligió una noche invernal para abandonar el lugar, robó ropas y dinero del personal, y se marchó bien vestido y erguido como un señorito insolente, sin despedirse, ni agradecer a nadie los cuidados elementales que le dieron.

Aprendió de la vida lo que quiso y copió ademanes y frases echas para embaucar a quienes se le acercaban, que no eran pocos pues atraía como la miel al oso, a farsantes y ladrones que utilizaba en su beneficio. Así fue haciendo acopio de una pequeña fortuna fruto del hurto y la extorsión.

Pasaban los años, y aunque no lo confesaba ante nadie, se sentía angustiado e infeliz. Como se lo podía permitir, solicitó estudios sobre su malestar, a magos, doctores y hechiceros, pero ninguno supo dar con un remedio que acabara con su dolencia.

Una primaveral mañana cuando paseaba por la calle rodeado de su malandrines, se encontraron en la acera con una andrajosa anciana que pedía limosna. Sus esbirros como siempre, pretendieron echarla a patadas y robarle, pero la vieja más ágil de lo que aparentaba, se plantó ante él y mirándole a los ojos le soltó -La violencia no es necesaria, con gusto te daré lo que poseo que es casi nada, si con eso te hago feliz y desaparece la angustia de tu corazón-. Se quedó paralizado al oírla -¿Cómo sabía ella del mal que padecía?-. Así que al instante ordenó que la llevaran a su mansión, pero que antes de presentarla de nuevo ante él, le dieran un baño pues no se resistía su mal olor.

Así se hizo, y cuando la llevaron ante él limpia y a rastras, la anciana sin reproches, le dió las gracias por el espléndido baño. Él enseguida quiso saber, cómo conocía el mal que padecía, pero la anciana comentó, que para charlar de esto con él necesitaba encontrarse más cómoda y señaló sus andrajos y pies descalzos. Al instante la ira se reflejó en su rostro, pero haciendo un esfuerzo ordenó que le dieran ropas y calzado, arreglaran el pelo e ungieran con aceites.

Cuando de nuevo la llevaron ante su presencia, la anciana reiteró las gracias y él sintió una extraña puntada en el corazón que no supo entender, menos ansioso de lo que creía estar, repitió la pregunta, pero de nuevo la mujer le contestó para su sorpresa, que era muy mayor para hablar sin alimentarse bien desde hacía días, así que él más desconcertado que irritado, dispuso que le dieran de comer hasta que se saciara.

En cuanto la hizo llamar otra vez, la anciana se presentó ante él sonriente, bien vestida y agradecida. Al verla, sintió de nuevo una rara sensación que no supo definir y repitió la pregunta. -Soy muy anciana como veis y necesito antes de entablar conversación, calentar mis huesos al sol en el espléndido jardín que poseéis-. Así que él más desconcertado que enfadado por la desfachatéz de la mujer, pero curiosamente más relajado, concedió que así fuera.

Dejó pasar unos días esperanzado, antes de salir al jardín para ir al encuentro de la vetusta señora, que sentada al sol veraniego parecía otra. Ella al verlo volvió a agradecerle el trato recibido y añadió que nunca se había sentido tan feliz. Él de nuevo sintió algo extraño en sus entrañas e intrigado por esos sentimientos cambió su pregunta -¿cómo puedes ser feliz si te retengo contra tu voluntad?. -Me has regalado lo que más ansiaba -contestó la mujer-. Comida, vestidos y bienestar, porque libre ya soy aunque no lo creas. -Al momento se sintió engañado y se revolvió incómodo en su asiento. -Sabes el mal que padezco y quiero que le pongas remedio -Gritó furioso-. La anciana sin apartar la mirada de sus ojos como la primera vez que la vió le dijo -En el transcurso de estos días ya he respondido a tu pregunta. -Él entrecerró los ojos desconfiado. La mujer prosiguió -Cada vez que satisfacías una de mis necesidades, te encontrabas mejor porque sin pretenderlo, hacías el bien. Ahora sólo precisas aprender a amar de verdad.

Así fue como desde aquél día compartieron sus vidas, y él dedicó su existencia a remediar el mal que había hecho. Pasados muchos años y siendo muy, muy anciano, sonreía feliz y por fin satisfecho, al recordar a aquella mujer que fue su amiga y le enseñó a querer.

domingo, 4 de marzo de 2018

Cruce de caminos

Somos afortunados porque podemos leer estas líneas, porque vivimos y no sólo sobrevivimos. Por nacer en un país que no está en guerra, donde se ama la vida y se respeta. Somos afortunados porque nuestros niños no trabajan, sino juegan y aprenden, donde no se muere de hambre y tenemos derechos. Somos afortunados porque cuando las cosas no funcionan podemos protestar para que se arreglen y somos afortunados porque no nos resignamos, y sentimos la necesidad de caminar hacia el bienestar aunque a algunos les pese.


Como cada día se puso en el lugar habitual a la espera de vender la mercancía. Al poco rato se acercó un extraño y para su sorpresa le pidió todo lo que vendía, que no era otra cosa más que dátiles y toscas tortas de pan. Por esta vez, los vecinos se quedarían sin nada, -pensó- poco le importaba a ella, estaba cansada, cansada de caminar y cansada de esperar. Llevaba mucho tiempo agotada y lo que sacaba apenas les daba para subsistir. Así que no lo dudó y pensó que por una vez la suerte la bendecía y volvería pronto a casa con la tarea cumplida. Recogíó el tenducho, no sin trabajo porque era pequeña para esa labor y se lo colgó a la espalda emprendiendo el camino de regreso. Cuando llevaba un largo tramo caminado y el pueblo se distinguía a lo lejos, a la orilla del sendero descubrió pasmada una desordenada montaña de tortas de pan, era su pan, se dijo asombrada. No podía creer que esa fría mañana la fortuna le sonriera dos veces. Miró a ambos lados, no había rastro de los dátiles y como siempre el camino estaba desierto. Por segunda vez no se lo pensó, los limpió un poco mientras los guardaba en el hato y con paso lento e ilusionada, marchó de nuevo en dirección a la aldea para revenderlo.


Se quitó el uniforme, se vistió como los lugareños y con prisas se dirigió al cruce de caminos donde aquella niña montaba su tenderete. Le compró todo lo que tenía como estaba previsto y de vuelta a su puesto tiró a un lado del camino las tortas. Nadie le había comentado que tenía que cargar con todo hasta su puesto, además, aquello no se podía aprovechar, era incomible, otra cosa eran los dátiles -pensó -y se metió uno en la boca. El propósito estaba cumplido, evitar que la civil estuviera hoy en ese punto en concreto.


En el sendero, la niña levantó la cabeza y divisó a lo lejos un pequeño convoy de todo terrenos que como una serpiente se contorneaba por la pista de tierra, e intentó acelerar el paso para estar en el cruce a tiempo. Los conocía, al principio le daban miedo porque iban armados, pero nunca había tenido problemas, siempre le compraban algo y seguían su ruta. Suspiró profundamente y tomó aire, pero tras unos pasos rápidos desistió pues las piernas le temblaban por el esfuerzo. Estaba exhausta. Había recorrido casi dos veces el trayecto habitual con peso a su espalda. No coincidirían por muy poco, bueno -pensó- otros pasarán. El cruce era concurrido y por eso se ponía allí.


Las bombas hicieron retumbar el suelo, sonaron tres golpes huecos y luego otros muchos que provocaron que humo y arena quedaran flotando en el ambiente como en una tormenta del desierto. El efecto la lanzó unos metros atrás tirándola de espaldas y el pan volvió a rodar entre las piedras. Permaneció quieta y aturdida largo rato y cuando fue consciente de lo que había pasado siguió tumbada por si se repetían los disparos. Un silencio sordo se fue arrastrando por el suelo como un reptil ligero, acompañado del olor cálido y empalagoso de la carne quemada. Cuando tuvo ánimos, recogió como pudo todos sus enseres, incluído el pan. Se echó el pelo enmarañado y ralo hacia atrás, lo cubrió y se limpió un poco la cara. Los ojos le lloraban irritados y le salía algo pegajoso de las orejas. Lo probó, y supo que le sangraban los oídos, tenía además cortes, rasguños y hematomas en piernas y brazos, pero seguía viva. Llenó los pulmones de aire, le ardían y tosió. Temblorosa recogió los bártulos. Miró hacia el poblado, las manos le escocían, con cuidado las pasó sobre la ropa, y se encaminó cautelosa a la aldea dando un rodeo para evitar el cruce de caminos. Cuando dentro de un rato se les pasara el susto a los vecinos, la curiosidad les haría salir, y a lo mejor seguía sonriéndole el destino.

domingo, 4 de febrero de 2018

A mamá

Mamá emprendió el 16 de este pasado enero el viaje sin retorno que todos tenemos pendiente. Se hace extraño ese vacío hiriente que ahonda en el corazón, mi cabeza aún se niega a reconocer que ya no la veré más, todavía no asimilo completamente la pérdida e inconscientemente la busco en la casa familiar, o pienso en llamarla por teléfono como cuando estaba bien.

Añoro a mamá, sus tiernas caricias sobre mi cabeza, cómo me miraba a los ojos y envolviéndome en su aroma me abrazaba sentada en su regazo, la recuerdo disponiendo en los jarrones las flores que tanto le gustaban y en la azotea tendiendo con su falda al viento...

Cuando era niña me gustaba observarla mientras elegía la ropa y se vestía, y como todos los niños la admiraba porque era mi madre, pero también porque era elegante, de esas féminas que te hacen volver la cabeza porque da gusto verlas. Me encantaba ponerme sus zapatos y chancletear imaginándome hermosa como ella, envuelta en pañuelos o chales, soñando despierta como sólo los niños saben hacerlo.



Fue una mujer incansable, una persona activa y preocupada por el bienestar ajeno: de su gran familia (hermanos/as, cuñadas/os, sobrinos/as, primos/as), sus hijos, sus nueras, su yerno, sus muchos nietos y bisnietos; siempre con el deseo de que vivieran felices, con un trabajo digno y sin penas, como decía ella que vivió la posguerra en una familia muy numerosa. Cuando fuimos estudiantes, en más de una ocasión nuestros amigos/as pasaron por casa para tomar café o el almuerzo en lo que llamaban con cariño la pensión del mosquito, sabedores de que los invitaba encantada. Y cuando nos emancipamos, le satisfacía preparar comida a diario para un regimiento con la idea de que pasáramos por su cocina tartera en mano, a recoger sus delicias culinarias. Nos llamaba cada día para comprobar que todo iba bien y escuchar nuestra voz porque eso de no tener la casa llena de gente nunca le gustó.

Ocupada en mil detalles de la casa, con cinco hijos, una hermana y su madre viviendo en ella, también tenía tiempo para salir a pasear junto a mi padre, ir al cine, viajar, hacer un poco de ganchillo, echar un ojo a una revista, ir a la peluquería y sobretodo, salir a comer con los amigos una vez a la semana para disfrutar de una buena sobremesa. Además gozaba de las tertulias con sus cuñadas en la tarde noche de casi todos los días, saboreando unas galletas y té con leche en la cocina que era donde mejor se estaba, según sus palabras. En aquellas tardes los primos que éramos muchos, a veces más de diez, jugábamos despreocupados corriendo por la casa con un bocadillo en las manos que nos preparaba mi padre, mientras oíamos de fondo a nuestros progenitores que jugaban a las cartas, contaban chistes o escuchaban las cintas de casete de Pepe Monaga, Gila o Casen, sus humoristas preferidos, mientras picaban algo y lloraban de risa.


También fue una mujer con temperamento, de las de ordeno y mando, para qué nos vamos a engañar, pero con mano izquierda para llevar a buen fin sus propósitos. Supongo que a lo largo de sus noventa y un años se le podrán reprochar muchas cosas como a todo el mundo porque no somos perfectos, pero sé que nunca hizo daño a nadie siendo consciente de ello porque era una buena persona.

Luchó hasta el final pues era de esa condición, tenaz y perseverante. Deseo, porque sé que se lo merece, que haya encontrado al otro lado su idea del paraíso, y junto a sus seres más queridos aguarde la llegada de su gran amor, mi padre.


¡Chapó mami por darnos una vida maravillosa y llenarnos de bondad!.
Te quiero y hasta siempre.


jueves, 4 de enero de 2018

Rememorando


Empieza el año y para no ir como los salmones contra corriente, en aquello de hacer examen de conciencia del trabajo realizado tras el periodo que dejamos atrás, he montado un collage con las ilustraciones más representativas publicadas cada mes en el blog a lo largo de 2017, y que comparte el "planeta" dibufloren con el mundo.


Pasan las fiestas y el gasto indiscriminado,
abotargados entre comidas y cenas,
confundidos con tanta ostentosidad,
embriagados de vivencias con familiares, conocidos y amigos,
agotados de carreras y prisas, 
de compras locas...

Por fin llega el momento de avanzar aunque sea a trompicones,
para enfrentarnos a la cuesta de enero
donde a la vuelta de la esquina,
asoman los carnavales (en Tenerife, el 12 de enero).

Ánimo valientes, que el 2018, viene pisando fuerte.

Saludos de dibufloren