sábado, 4 de junio de 2022

Tres eran tres

Al nacer recibimos una serie de gracias (o no) que no nos hemos ganado, pues es el ADN quien nos las  aporta, y casi siempre lo ignoramos a posta. Todos hemos oído eso de “qué fea es”, o mira “qué bajito”, como si el ser del que hablamos se mereciera el aspecto que tiene, o también lo de "es un bellezón", cuando el personaje tampoco ha hecho nada para merecerlo. Es como nacer rico o nacer pobre. Somos poco objetivos cuando se trata del prójimo o incluso de nosotros mismos. Y  es que aprender a aceptarnos que no es lo mismo que a conformarnos, es sumamente importante.

Tres eran tres dice esta historia, Croa, apodado “el rana” porque siempre tenía hipo, su amigo Mago, amante de la magia y Cesa, que sabía de cuentos clásicos y tenía fama de habladora.

Que Croa hipara continuamente, resultaba gracioso cuando era pequeño, pero había crecido y ahora era raro el que no lo miraba con enojo cuando llevaba un rato escuchándolo; sin embargo, a su amigo Mago que era sordo, como era lógico, no le molestaba ni lo más mínimo. A Mago sin embargo, le fastidiaba no poder escuchar sus propios conjuros, hecho que él creía de suma importancia, pues no confiaba, en que si no los podía oír, surtieran efecto. 

Así que los dos compañeros, preocupados por lo que consideraban graves defectos, andaban siempre medio cabizbajos, y solían pasear sin rumbo fijo en lugar de emplear el tiempo jugando, por ejemplo, o disfrutando del buen día que tenían por delante.

Una tarde en la que como siempre, no miraban al frente, tropezaron con Cesa que en pleno monólogo, enlazaba un cuento detrás de otro para unos pájaros que la ignoraban completamente. Enseguida los tres conectaron muy bien, charlaron cada uno a su manera y se pusieron al día sobre sus anhelos y desgracias.

Cesa, tras una larga perorata de cuentos locos, propuso  besar “al rana" para acabar con lo que podía ser una maldición. Mago, envalentonado, pensó en un conjuro nuevo, mientras Croa, atónito y entre hipidos no se podía creer lo que estaban planeando.

Llegado el momento, Cesa le dio un sonoro beso a Croa, al tiempo que Mago haciendo aspavientos con las manos juraba en silencio, pero pasados unos minutos no ocurrió nada y Croa siguió hipando lastimosamente. 

Se desanimaron por completo, ignorando que el mundo de los deseos necesita su tiempo, y así fue en esta ocasión en la que pasado un buen rato de espera, una nube tapó el sol ensombreciéndolo todo y un ruido proveniente de la copa de los árboles los dejó medio moscas, sobretodo porque a continuación, ¡Pum!, un gran coco, venido de no se sabe dónde, cayó sobre la cabeza de Croa, dándoles un gran susto.


Tras el accidente, se hizo el silencio porque hasta Cesa dejó de parlotear. Y al cabo de un rato, fueron conscientes de que en cierto modo todo había salido bien. Croa, tras el susto, aunque con un gran chichón en la cabeza había dejado de hipar,  Mago estaba convencido de que el conjuro había funcionado sin necesidad de hablar, y Cesa, había puesto en práctica aquello de “besar a una rana” y guardar silencio durante un rato sin que pasara nada.

No sabemos si fue cosa del azar, si sus deseos se cumplieron por arte de magia, o por poner mucho empeño y buscar remedio, pero de aquel exótico bosque, salieron tres amigos nuevos y sin complejos.


miércoles, 4 de mayo de 2022

Mar violeta

Si no ves lo que buscas, probablemente es porque no usas las herramientas adecuadas. La mayoría de las veces nos basta con cambiar el enfoque, utilizando una perspectiva distinta, para encontrar el camino hacia nuestro objetivo.


Como todas las mañanas,

miré al horizonte buscándolas con insistencia,

pero hoy no las encontraba.


Le pregunté a un chico

que sobre una roca sentado pescaba en la orilla,

mientras los peces saltaban a su alrededor,

ignorando el anzuelo con la carnada,

pero me dijo haciéndose el interesante

que él no se fijaba en esas tonterías.


Entonces resignada, use mi mano a modo de visera

porque el sol que brillaba encandilaba

y por fin, allí estaban, en la lejanía,

y es que las buscaba en el sitio equivocado.


Les grité un hola y las saludé con la mano

y ellas se acercaron, y me enviaron un soplido,

y luego, dando golpes con las colas sobre el agua,

siguieron balanceándose haciendo camino.













lunes, 4 de abril de 2022

Un rato en el hormiguero

La vida sería muy distinta si todos dedicáramos nuestro tiempo a conseguir la prosperidad y el bienestar de la comunidad, y no a pensar tan sólo en nuestro propio beneficio. Necesitamos caminar hacia una relación real y palpable con nuestros semejantes, y no hacia la individualización, ni a  encerrarnos en nosotros mismos.

Una luz dorada se reflejaba sobre las gotas que cabezotas, y aunque soplaba viento, aún permanecían aferradas a los tréboles que colonizaban la zona. Amanecía, pero en el hormiguero hacía mucho que la actividad nerviosa de las Obreras no parecía decaer, pues la Reina estaba a punto de realizar una nueva puesta de huevos y además, la lluvia había provocado el ensanchamiento de la puerta de la colonia.

Entre el alboroto general y como si alguien quisiera templar aún más los nervios, cayó por el hueco del hormiguero algo que no paraba de dar saltos, lo que provocó un loco frenesí en la comuna que sólo duró unos segundos. Enseguida un batallón bien entrenado de hormigas Soldado cerraron filas a su alrededor, mientras las Obreras, se apresuraron a construir una muralla con sus cuerpos para proteger a la Reina en su proceso de puesta de huevos. 

 

El intruso resultó ser un trozo de rabo de lagartija que su dueño había perdido en circunstancias que se desconocían y para asombro de la comunidad y sembrando el mismo desconcierto que al caer, de pronto dejó de moverse, circunstancia que aprovecharon las Obreras para despiezarlo, mordisqueando, digiriendo y almacenando las proteínas en sus estómagos, para alimentar luego las numerosas larvas que esperaban en la guardería.

Al poco tiempo, del rabo de la lagartija no quedaba más que el precipitado susto que produjo aquel maná caído del cielo. Y como el ejército que eran, y sin mayor preocupación que la de proteger siempre al clan, comenzaron el ascenso en fila india para reparar el agujero de entrada unas, y traer provisiones las otras, como si allí dentro nada hubiera alterado la rutina del hogar.



 

viernes, 4 de marzo de 2022

Vela al viento

La madurez trae consigo el sosiego que nos regala la paciencia aprendida, y que desemboca como un río en el mar, en una manera de ver y vivir el día a día con una perspectiva más sabia y relajada; y que como la marea, nos lleva de aquí para allá mientras no paramos de empaparnos de todo cuanto nos rodea. Cuando somos jóvenes, las horas del día no son suficientes para alcanzar los logros que anhelamos. A veces todo nos parece lentísimo o vertiginoso, siempre sin término medio aunque pongamos empeño y nos esforcemos.

 Esta es la historia del pequeño pez Vela, que deseaba hacer como sus mayores grandes cabriolas en el aire, pero por más que lo intentaba, sólo conseguía dar algunos apurados saltitos.

El señor Gaviota, siempre oportunista, lo vigilaba disimuladamente pues era un plato muy apetecible. Sabía que estaba lejos de sus posibilidades, pero esto no le impedía maquinar, para ver cómo podía hacerse con la presa.

Un día, sobrevolando la zona donde se ejercitaba el pequeño pez, se le acercó y le dijo: -Sé de un sitio donde las aguas son poco profundas y podrías impulsarte con la cola para coger más altura-.

 


El ansioso e ingenuo Vela, pensó que nada malo podía sucederle y se dirigió hacia el lugar que le había indicado el interesado Gaviota. Allí comenzó a dar saltos cada vez más altos, apoyando la cola contra el suelo para rebotar con más fuerza. Se sentía dichoso y cuanto más saltaba y más piruetas hacía, más ganas tenía de seguir ejercitándose. Cuando llevaba más tiempo de lo aconsejable y ya estaba cansado por el esfuerzo, Gaviota, que daba vueltas en círculo animándolo a seguir, decidió que había llegado el momento de atraparlo, porque aunque el pez era muy rápido, en el estado en el que estaba no podría escapar, de manera que relamiéndose, se lanzó en picado.

El desdichado Vela, agotado como estaba, sintió la sombra sobre él demasiado tarde y se quedó petrificado de miedo. Pero cuando ya sentía que iba a ser el almuerzo del señor Gaviota, éste recibió un golpe en el costado que le hizo cambiar de trayectoria y perder un poco el equilibrio. No obstante, Gaviota, siempre hábil, se sobrepuso y logró posarse perjurando sobre una roca cercana, y mientras recomponía sus plumas, miraba receloso a su agresor que no era otro más que el papá de Vela, que nadaba siempre pendiente de su vástago.

 

 

El pequeño Vela había visto la rapidez y el enorme salto con el que su padre se había enfrentado a Gaviota. Entendió entonces, que cuando sus aletas crecieran como las de papá Vela, alcanzaría la velocidad necesaria para dar grandes saltos, y que no volvería a dejarse convencer por ningún extraño por mucho que le contara milongas o lo halagase, porque el precio a pagar podía resultar mortal.

viernes, 4 de febrero de 2022

Miradas

En ocasiones me siento atraída por determinados objetos, personas, animales, flores, árboles... Supongo que porque reflejan algún tipo de hermosura, o por la luz o los colores que los envuelven. Seguramente la persona que esté a mi lado en ese momento, no vea nada en particular, ni sienta ninguna atracción o conexión ante lo que descubren sus ojos, todo dependerá de la sensibilidad de cada cual, y hablando de este tema surgen los cuatro minicuentos que he repartido en las cuatro estaciones del año y que no tienen ninguna conexión entre ellos.

Primavera 

 

No pasaba desapercibida y lo sabía. Llevaba la música con el volumen a todo lo que daba, y movía las manos mientras repetía monosílabos del final de cada frase. La adolescente, sabedora de que captaba la atención de todas las miradas, caminaba decidida con la vista al frente, salvo cuando pasaba junto a un escaparate, donde se hacía un repaso visual; mientras vivía, esa sensación que sólo te da la adolescencia, la de creerte el centro del mundo.

Verano 

 

En una semana él también se había acostumbrado a pasear. Al principio le molestaba profundamente la mirada lastimosa que sobre su espalda, le clavaba el pulgoso mestizo, porque nunca lo hacía de frente, supongo que por si recibía algún mamporro. Pero ahora no le era necesario sentirla, para saber que había llegado la hora de salir. Lo hacía sin rumbo fijo, y ese era el mejor momento del día. Y para sorpresa suya, esa dicha se la debía a un simple chucho del que tenía que hacerse cargo, durante lo que prometía ser un espléndido mes.

 Otoño


Pensé que se había fijado en mi, como cuando algo te impresiona y no puedes apartar la mirada, pero no, ella, ardiendo en fiebre, miraba sin ver, escondida como una araña entre las telarañas de su memoria. Luego, ignorándome por completo, cerró los ojos y se quedó dormida.

Invierno


 

Entró con el paquetito tras la espalda con los ojos brillantes por la complicidad y la ilusión. Su padre la miró pícaro y ella extendió el brazo, tiró del cordón para deshacer el lazo que lo ataba, y él, sin mediar palabra, cogió uno de los Tocinos de Cielo. Los comieron en silencio, cerrando los ojos y paladeando, y luego, bajo una manta que les cubría las piernas, se pusieron a ver una peli juntos mientras duró el tiempo de visita.




viernes, 7 de enero de 2022

Bolita y Limoncillo

Las circunstancias en muchas ocasiones obligan, y quieres, pero de verdad que te resulta imposible. Viajes, fiestas y compras forman una mala combinación para disponer de tiempo libre, y a mí que soy bastante previsora, me “cogió el toro” como se suele decir. Y estas circunstancias que me enredaron, hicieron que me retrasara en la publicación del mes, que como saben es cada día cuatro. Algunos dirán que ¡aleluya!, jajaja, pero sé que a la mayoría no le molestan e incluso les gustan.

Y en el tema que viene a continuación también las circunstancias, son las que envuelven a sus personajes.

Limoncillo, cohibido y asustado llegó el primero en una bonita jaula donde lo habían metido antes del viaje. En aquella habitación y durante un buen rato hubo mucho movimiento alrededor hasta que engancharon su jaula a la pared y colocaron ramas y cuencos a los dos lados del ventanal.

El lugar era bonito, soleado y agradable, aunque le molestaba que la puerta de su jaula estuviera siempre abierta porque sentía miedo del exterior y no entendía por qué no se cerraba ese acceso para él sentirse protegido de nuevo. Así y todo, al cabo de unos días y tras asomar primero la cabeza con cuidado por si había algún depredador, comenzó a perder un poco el miedo, pues eso de volar de rama en rama o hasta donde le apeteciera molaba bastante, y a veces, sentía unas ganas tremendas de cantar desde que salía el sol, pero seguía asustándose por cualquier ruido y no se confiaba demasiado.

Pasado un tiempo colocaron otra jaula junto a la suya, y a su inquilino se lo presentaron como Bolita. El nombre le iba que ni pintado, pues eso parecía, una bola redonda como la luna llena. Y También, cuando terminaron de disponerlo todo a su alrededor, abrieron la puerta de su jaula. Pero a Bolita como le pasó a Limoncillo, le daba pánico el mundo exterior, de manera que pasó varios días sin decir ni pío y sin atreverse ni a asomar la cabeza.

Limoncillo aunque aún se sentía un poco inseguro, voló hacia el techo de la jaula de su compañero y permaneció allí plantado todo un día, hasta que Bolita entendió que no pasaría nada si cruzaba el umbral de su puerta. Y así fue como poco a poco nació entre ellos la confianza.

Pero resultó que Bolita, en cuanto recuperó la seguridad, se reveló como el líder de los dos, y así se bañaba el primero y se abalanzaba también el primero sobre la lechuga y la manzana diaria como si no existiera un mañana, mientras Limoncillo esperando su turno y sin molestarse lo dejaba hacer.

Pasada una semana los dos pajaritos estaban a gusto y relajados, y en cuanto el sol se dejaba ver por la ventana, Bolita salía de la jaula, daba la voz cantante y Limoncillo lo secundaba con sus hermosos trinos.

Volaban juntos a un lado y otro del ventanal, sin sentir la necesidad de aventurarse más lejos aunque podían hacerlo y ninguno de los dos jamás se había sentido tan feliz. Ahora Limoncillo pensaba que vivir con la puerta de la jaula abierta era lo mejor que le había pasado en su vida, pues se sentía libre y al mismo tiempo protegido de los depredadores por los cristales.

Aunque en cuanto llegaba la noche, Limoncillo era el primero en entrar al refugio de su jaula, pues nunca se sintió bien en la oscuridad; y era entonces, cuando Bolita se mostraba más atento y cariñoso con su amigo, y se posaba sobre el tejado de la jaula de Limoncillo, como este hizo con él los primeros días tras su llegada, hasta que este se adormecía, sólo entonces, se iba tranquilo a reposar sobre su palo preferido en su jaula, que estaba justo al lado, y se dejaba abrazar por el sueño, a la espera de un día más cargado de trinos y volteretas en el aire.



sábado, 4 de diciembre de 2021

La magia

Somos magia, seres especiales, y por eso únicos e insólitos.

Felices Pascuas a todos y todas, junto a un fuerte abrazo para los palmeros, que este año lo están pasando tan mal y para aquellos que de alguna manera se sienten desamparados o desamparadas. 

No debemos olvidar que cada día es un comienzo, de manera que a luchar por un próspero Año Nuevo.

 

Los dos hermanos contemplan emocionados los pósteres que su tía les ha traído de recuerdo de su último viaje. En uno se ve un magnífico Galeón Flamenco del siglo XVI y en el otro una Carta Portulana que se usaba en la navegación medieval, con todos los detalles que eran capaces de hacer entre los siglos XIV y XV.

Al hermano mayor la Carta Portulana le parece aburrida y fea y hasta de colores sosos; pero al contrario, el Galeón le parece una maravilla pues le recuerda los tiempos estoicos de la piratería, repletos de aventuras. Además, está seguro de que en cuanto sus colegas lo vean pegado en la pared de su habitación, será la envidia de todos.

 

Siempre deja elegir primero al pequeñajo, pero en esta ocasión, de verdad que desea con fuerza el cartel del Galeón, de manera que le dice, que la Carta de navegación en verdad es un mapa mágico. El pequeño mira el póster fascinado y volviéndose hacia su hermano con la Carta Portulana en las manos, le da las gracias por dejarlo elegir y sale disparado hacia su habitación.

En su cuarto, el pequeño, extiende el mapa sobre la peluda alfombra y acostado boca abajo empieza a observarla buscando indicios de su magia.

Y el hermano mayor se queda con esa sensación amarga que dan las victorias obtenidas mediante el engaño, pero que se sacude pronto.

El póster del Galeón Flamenco es un éxito entre los amiguetes, aunque no tanto como había esperado, y cuando los chicos se van, él se siente incómodo por haber engañado a su hermano y porque en toda la tarde no ha aparecido por su habitación. Así que se va a verlo.


 

Lo encuentra jugando ilusionado con pequeñas piezas sobre el mapa, y el niño enseguida le pasa un pequeño personaje y lo invita a jugar con él, entre los puntos mágicos que hay en la Carta. Y le cuenta, señalando con el dedo sobre el papel, que tiene vías para acceder a puertos, te avisa de peligros, bancos de arena, arrecifes y dónde fondear tu barco; y además, mamá me explicó, que estas líneas de aquí forman la “rosa de los vientos”, que no sé lo que es, pero suena fascinante.

El hermano mayor sonríe, mientras le sigue el juego. Y piensa que estaba totalmente equivocado, porque está claro que la magia puede encontrarse en cualquier parte, sólo hay que creer en ella.

jueves, 4 de noviembre de 2021

El duelo

Y de pronto en el autobús, un conocido te habla sobre un trabajo y tu vida a partir de entonces da un giro tan grande, que jamás habrías sido capaz de imaginarlo; y es que, aunque nos gusta hacer planes, el porvenir, cuando se acerca de repente, nos va derrumbando nuestros proyectos caprichosamente; y lo que pudo ser ya no es y lo que es, no era lo planeado. No obstante y porque somos de esa condición, seguiremos con empeño luchando por aquello que deseamos sin rendirnos jamás.

No era el hombre de su vida -pensaba mientras alguien le estrechaba la mano en el velatorio- Estaba afligida sí, incluso sorprendida por el dolor que sentía, o ¿era rabia? Desde luego le hubiera gustado compartir su vida con otro, pero no obstante, no cambiaría a sus hijas por nada y ellas eran parte de él.

Y es que llegado el momento no pudo elegir, sin embargo, físicamente no fue maltratada como tantas otras en sus mismas circunstancias, aunque sí se sintió desdichada y al principio le resultó muy duro, pero en cuanto asumió su vida sólo tuvo que dejarse llevar. Él -diez años mayor- fue paciente y bueno a su manera, porque estaba claro que había sido un egoísta. Podía haberlo abandonado, pero por aquel entonces no tenía el juicio suficiente, luego llegaron los embarazos y la vida como un torbellino la sacudió de un lado a otro, y más tarde vino la enfermedad y un día pasó al siguiente y así hasta la fecha.


Nunca se enamoró de él aunque llegó a sentir cariño. Sin embargo, ella para él, lo fue todo. Él se fijó en ella desde la primera vez que la vio siendo aún una adolescente y así se lo hizo saber una tarde de otoño, tras haber tratado “el asunto” con sus padres, que decidieron sobre su futuro sin preguntar. En ese momento ella sintió que como un árbol se deshojaba de repente, que sus hojas caían junto con sus ilusiones sobre sus pies, arrugando el suelo, quedando desnuda ante el frio que bajaba desde la sierra, y que de pronto y muy a su pesar, el viento arrastraba lo que le quedaba de inocencia. Y a solas, entre lágrimas, maduró como lo hacen los erizos de las castañas tras acabar el verano.

Siempre soñó con otra vida, no sabía si mejor, pero sí distinta. Divagaba, sobretodo cuando estaba a solas, cuando miraba cómo pasaba la gente bajo la ventana, o cuando el silencio en la casa era pleno. Pensar en otras decisiones, otras vacaciones, otra casa, otro hombre, eso le ayudaba a superar los malos ratos, la angustia que trepaba en ocasiones desde su estómago, le oprimía el pecho y le subía hasta la garganta hasta casi asfixiarla. Esos malos ratos en los que quería llorar sin saber bien por qué y andaba escondiéndose por los rincones en busca de intimidad. Pero ser mujer en su juventud era vivir bajo el yugo masculino o al menos era lo que le habían echo creer. Ahora por suerte la vida era distinta. Sus hijas por ejemplo, habían podido elegir siempre y ellas por ese lado se sentían plenas.


Quizá estaba mal, estando él de cuerpo presente, desgranar sus recuerdos ahondando en sus sentimientos. Ni su cara ni sus ojos reflejaban nada más que cansancio, y los que se acercaban a darle el pésame desconocían por completo lo que la agitaba por dentro, y debido a las circunstancias no se veía en la obligación ni de escuchar, ni de contestar. Un asentimiento con la cabeza, murmurando un gracias bastaban para corresponder.

Andaba más cerca de los setenta que de los sesenta y quizá fuese demasiado tarde para cumplir los sueños, pero aún así, ahora sentía que era capaz de avanzar. Toda su vida trabajó duro y no le debía nada a nadie, de manera que dijeran lo que dijeran el resto de los mortales, mañana empezaría pasito a pasito a ser ella misma y seguiría así mientras le quedara vida por delante

lunes, 4 de octubre de 2021

Mirlos y dragos

El otoño, como ocurre con el resto de las estaciones, se abre paso según los días avanzan y sin darnos cuenta, una mañana, como si nos hubiéramos despertado de un ensoñamiento, nos vemos inmersos en un mundo de suelos dorados en paisajes acolchados de hojas caducas, nidos de pájaros, charcos, cielos grises y naranjas, y frutos maduros.

Me da que aquel pájaro quería decirme algo, primero y para mi desesperación, le dió por escarbar de forma ruidosa revolviéndolo todo y esturreando la tierra a diestro y siniestro con mi consiguiente enojo, pero con el paso de los días cambió de estrategia y empezó a posarse en las macetas o en cualquier planta donde otear sin disimulo. Tenía muy claro que nuestro jardín formaba parte de su territorio. Desde esos lugares lo veía mirarme desafiante mientras hacía sus heces.

Después de unas semanas en la que siguió fiel a sus citas, apareció en el suelo, bajo uno de sus posaderos, una pequeña planta que no estaba allí antes, tras observarla bien, tuve la certeza de que se trataba de un pequeño drago (Dracaena Draco), de manera que lo arranqué con cuidado y lo subí a Montaña Pelada, que hace honor a su nombre, y es donde llevo todos los días a pasear a mi perro. Allí armada con una pala de jardinero hice un hueco y lo planté en el lugar que me pareció más apropiado para esta gran planta arbórea y lo regué con ayuda de la botella de agua que llevo siempre.

 
 

Para mi sorpresa, al cabo de un par de semanas, bajo un arbusto donde he visto también posado al mirlo en más de una ocasión, surgió de la tierra otro drago y pensé que eso no podía ser casualidad. Pero en fin, se debiera su nacimiento a causas provocadas por el azar o no, repetí el proceso de replantación, teniendo en cuenta el gran tamaño que pueden llegar a alcanzar tanto de alto como de ancho, y por tanto, el espacio necesario que debe haber entre las plantas.

La otra tarde, de nuevo me quedé boquiabierta cuando estaba regando el jardín. Ya se lo estarán imaginando, llegó el mirlo, se posó sobre el gran rosal de enredadera y se puso a cantar haciendo variaciones melódicas como sólo estas aves saben hacerlo, luego hizo sus deposiciones y se marchó. Yo como hago siempre que lo veo fui a echar agua en la zona y fue entonces cuando lo descubrí, otro draguito asomaba sobre el picón (lapillis). Así que de nuevo arranqué con cuidado la planta y la subí al monte. A este paso, el lugar, dentro de unos cien años se habrá transformado en un bosque de dragos. Son de muy lento crecimiento, para que consigan alcanzar un metro de altura, necesitan por lo menos diez años, de manera que yo nunca podré disfrutarlo en todo su esplendor, pero tampoco me importa. Ahora me siento responsable y procuro regarlos, también los he protegido con cardos secos, porque al primero que planté, los conejos casi lo dejan sin hojas. Ahora se está reponiendo. Creo que con un poco de suerte y mis cuidados, prosperarán.

Hoy el mirlo ha venido con su compañera. Quizá me la quería presentar, me observaban de reojo, aunque hacían como que me ignoraban. Han estado buscando insectos y al rato se han ido. No han vuelto a aparecer más dragos, supongo que la aportación por su parte de traer tres dragos al mundo le habrá resultado suficiente, y además, digo yo, que ahora debe ocuparse de su propia prole, en cualquier caso, yo sigo con ilusión atendiendo el bosquecillo de dragos de Montaña Pelada.

sábado, 4 de septiembre de 2021

Quizá sea cosa de la luna.

Siempre, desde pequeña, me atrajo la luna. Por las noches, en casa, es raro el día que no salimos a la terraza a contemplar hipnotizados la cara que nos enseña, llena de mares oscuros, cráteres y montañas, y siempre acompañada por infinidad de estrellas en esa inmensidad negra del firmamento. Es un momento de relax, sin ruidos más que el cantar lejano de los grillos. Entonces respiramos hondo y nos empapamos del olor a hinojo que trae la noche.

Querida tía:

No tengo muchas novedades, salvo que la calle tras los días de tormenta, ha quedado si cabe, más destrozada de lo que ya estaba. Me he fijado, ya sabes que reparo en las cosas más peregrinas, que en el asfalto han aparecido nuevos rotos que unas veces se deslizan por el suelo formando la imagen de un rayo, y otras, forman cráteres con piedras sueltas que saltan catapultadas, cada vez que una rueda les pasa por encima. Reconozco que ahora tiene un encanto decadente que a mí no me molesta y que me gusta fotografiar.

A estas horas, en esta tierra insólita, al sol aun se siente calor y frío al mismo tiempo gracias al aire fresco que baja de la montaña nevada. La atmósfera luce limpia y el olor a petricor envuelve el ambiente.

La pareja de la que te hablé no hace mucho, ha regresado a su cita. Yo los miro como hago habitualmente desde hace un tiempo, empapándome de la serenidad que desprenden. Supongo que a ellos no les molesta que los observe, quizá ni se sientan observados estando tan absortos en su mundo. Como te comenté, vienen algunas tardes y se sientan en unas piedras que hacen de banco entre la calle destartalada, el monte y el mar que se ve a lo lejos. Apenas hablan y así esperan tranquilamente a que llegue el ocaso y aparezca la luna, entonces se levantan, se abrazan durante un rato y cogidos de la mano se dirigen hacia su casa. No sé qué les lleva a repetir esa especie de ritual, quizá simplemente celebran llegar juntos al final de otro día, quizá les gusta tomar el fresco sentados mirando el horizonte, o ver cómo surge la luna y ese milagro diario es lo que los lleva hasta allí. Confieso que para mí son un misterio. Llevo pocos años en el barrio y no conozco a demasiada gente, pero el magnetismo que desprenden no me pasa desapercibido.

Sentado sobre la roca aparentemente absorto en la vegetación y el accidentado horizonte, pero con la cabeza centrada en ella, como le ocurría siempre, estaba él esperando el acontecimiento.

Adoraba a aquella mujer con cuerpo de niña, que la vida por el motivo que sea, y ya en la madurez, le había puesto delante. Le gustaban sus formas insinuantes, la mirada dulce y las profundidades de su alma que creía adivinar, que no conocer aunque los años de mutua compañía eran muchos.

Ella a su lado, lo miraba de reojo, sentía un profundo amor por aquel hombre desgarbado y alto, que conoció un día cuando ya no esperaba nada extraordinario de la vida, y desde aquel momento no existió otro para ella. Desde el principio le pareció de conversación interesante, atractivo, culto y sencillo, y con el tiempo se reafirmó en la idea que tenía de él y verificó que sobretodo, era un hombre que la quería como era, con sus virtudes y sus defectos. Y eso a fin de cuentas era lo más importante. A los dos les gustaba especialmente mirar hacia la luna, siempre tan enigmática y sonámbula, unas veces sólo insinuante y otras redonda e inmensa. Era una maravilla diaria que por cotidiana, la mayoría de las veces la gente no repara en ella. En ellos, alimentarse de las cosas sencillas era una costumbre y siempre que podían dejaban lo que estaban haciendo para disfrutar del espectáculo, sobretodo si había luna llena.”

La luz se va apagando tan lentamente que apenas soy consciente de ello. A veces podemos ver la luna cuando el sol aún no ha huido hacia el otro hemisferio. Contemplarla te llena de paz sin saber muy bien por qué. Quizás porque se mantiene en su sitio en la inmensidad del cielo, haya viento, nubes o tormenta, y siempre perseverante termina por aparecer, y nosotros podemos mirarla sin herirnos la vista como ocurre con el intenso sol. 

Aquí termina la historia hasta que vuelva a empezar. Entra la noche y la pareja se marcha sin prisas hasta que les venga bien contemplar de nuevo el ocaso.

Y yo me retiro también hacia un sueño reparador.

Un abrazo.