viernes, 4 de marzo de 2022

Vela al viento

La madurez trae consigo el sosiego que nos regala la paciencia aprendida, y que desemboca como un río en el mar, en una manera de ver y vivir el día a día con una perspectiva más sabia y relajada; y que como la marea, nos lleva de aquí para allá mientras no paramos de empaparnos de todo cuanto nos rodea. Cuando somos jóvenes, las horas del día no son suficientes para alcanzar los logros que anhelamos. A veces todo nos parece lentísimo o vertiginoso, siempre sin término medio aunque pongamos empeño y nos esforcemos.

 Esta es la historia del pequeño pez Vela, que deseaba hacer como sus mayores grandes cabriolas en el aire, pero por más que lo intentaba, sólo conseguía dar algunos apurados saltitos.

El señor Gaviota, siempre oportunista, lo vigilaba disimuladamente pues era un plato muy apetecible. Sabía que estaba lejos de sus posibilidades, pero esto no le impedía maquinar, para ver cómo podía hacerse con la presa.

Un día, sobrevolando la zona donde se ejercitaba el pequeño pez, se le acercó y le dijo: -Sé de un sitio donde las aguas son poco profundas y podrías impulsarte con la cola para coger más altura-.

 


El ansioso e ingenuo Vela, pensó que nada malo podía sucederle y se dirigió hacia el lugar que le había indicado el interesado Gaviota. Allí comenzó a dar saltos cada vez más altos, apoyando la cola contra el suelo para rebotar con más fuerza. Se sentía dichoso y cuanto más saltaba y más piruetas hacía, más ganas tenía de seguir ejercitándose. Cuando llevaba más tiempo de lo aconsejable y ya estaba cansado por el esfuerzo, Gaviota, que daba vueltas en círculo animándolo a seguir, decidió que había llegado el momento de atraparlo, porque aunque el pez era muy rápido, en el estado en el que estaba no podría escapar, de manera que relamiéndose, se lanzó en picado.

El desdichado Vela, agotado como estaba, sintió la sombra sobre él demasiado tarde y se quedó petrificado de miedo. Pero cuando ya sentía que iba a ser el almuerzo del señor Gaviota, éste recibió un golpe en el costado que le hizo cambiar de trayectoria y perder un poco el equilibrio. No obstante, Gaviota, siempre hábil, se sobrepuso y logró posarse perjurando sobre una roca cercana, y mientras recomponía sus plumas, miraba receloso a su agresor que no era otro más que el papá de Vela, que nadaba siempre pendiente de su vástago.

 

 

El pequeño Vela había visto la rapidez y el enorme salto con el que su padre se había enfrentado a Gaviota. Entendió entonces, que cuando sus aletas crecieran como las de papá Vela, alcanzaría la velocidad necesaria para dar grandes saltos, y que no volvería a dejarse convencer por ningún extraño por mucho que le contara milongas o lo halagase, porque el precio a pagar podía resultar mortal.

viernes, 4 de febrero de 2022

Miradas

En ocasiones me siento atraída por determinados objetos, personas, animales, flores, árboles... Supongo que porque reflejan algún tipo de hermosura, o por la luz o los colores que los envuelven. Seguramente la persona que esté a mi lado en ese momento, no vea nada en particular, ni sienta ninguna atracción o conexión ante lo que descubren sus ojos, todo dependerá de la sensibilidad de cada cual, y hablando de este tema surgen los cuatro minicuentos que he repartido en las cuatro estaciones del año y que no tienen ninguna conexión entre ellos.

Primavera 

 

No pasaba desapercibida y lo sabía. Llevaba la música con el volumen a todo lo que daba, y movía las manos mientras repetía monosílabos del final de cada frase. La adolescente, sabedora de que captaba la atención de todas las miradas, caminaba decidida con la vista al frente, salvo cuando pasaba junto a un escaparate, donde se hacía un repaso visual; mientras vivía, esa sensación que sólo te da la adolescencia, la de creerte el centro del mundo.

Verano 

 

En una semana él también se había acostumbrado a pasear. Al principio le molestaba profundamente la mirada lastimosa que sobre su espalda, le clavaba el pulgoso mestizo, porque nunca lo hacía de frente, supongo que por si recibía algún mamporro. Pero ahora no le era necesario sentirla, para saber que había llegado la hora de salir. Lo hacía sin rumbo fijo, y ese era el mejor momento del día. Y para sorpresa suya, esa dicha se la debía a un simple chucho del que tenía que hacerse cargo, durante lo que prometía ser un espléndido mes.

 Otoño


Pensé que se había fijado en mi, como cuando algo te impresiona y no puedes apartar la mirada, pero no, ella, ardiendo en fiebre, miraba sin ver, escondida como una araña entre las telarañas de su memoria. Luego, ignorándome por completo, cerró los ojos y se quedó dormida.

Invierno


 

Entró con el paquetito tras la espalda con los ojos brillantes por la complicidad y la ilusión. Su padre la miró pícaro y ella extendió el brazo, tiró del cordón para deshacer el lazo que lo ataba, y él, sin mediar palabra, cogió uno de los Tocinos de Cielo. Los comieron en silencio, cerrando los ojos y paladeando, y luego, bajo una manta que les cubría las piernas, se pusieron a ver una peli juntos mientras duró el tiempo de visita.




viernes, 7 de enero de 2022

Bolita y Limoncillo

Las circunstancias en muchas ocasiones obligan, y quieres, pero de verdad que te resulta imposible. Viajes, fiestas y compras forman una mala combinación para disponer de tiempo libre, y a mí que soy bastante previsora, me “cogió el toro” como se suele decir. Y estas circunstancias que me enredaron, hicieron que me retrasara en la publicación del mes, que como saben es cada día cuatro. Algunos dirán que ¡aleluya!, jajaja, pero sé que a la mayoría no le molestan e incluso les gustan.

Y en el tema que viene a continuación también las circunstancias, son las que envuelven a sus personajes.

Limoncillo, cohibido y asustado llegó el primero en una bonita jaula donde lo habían metido antes del viaje. En aquella habitación y durante un buen rato hubo mucho movimiento alrededor hasta que engancharon su jaula a la pared y colocaron ramas y cuencos a los dos lados del ventanal.

El lugar era bonito, soleado y agradable, aunque le molestaba que la puerta de su jaula estuviera siempre abierta porque sentía miedo del exterior y no entendía por qué no se cerraba ese acceso para él sentirse protegido de nuevo. Así y todo, al cabo de unos días y tras asomar primero la cabeza con cuidado por si había algún depredador, comenzó a perder un poco el miedo, pues eso de volar de rama en rama o hasta donde le apeteciera molaba bastante, y a veces, sentía unas ganas tremendas de cantar desde que salía el sol, pero seguía asustándose por cualquier ruido y no se confiaba demasiado.

Pasado un tiempo colocaron otra jaula junto a la suya, y a su inquilino se lo presentaron como Bolita. El nombre le iba que ni pintado, pues eso parecía, una bola redonda como la luna llena. Y También, cuando terminaron de disponerlo todo a su alrededor, abrieron la puerta de su jaula. Pero a Bolita como le pasó a Limoncillo, le daba pánico el mundo exterior, de manera que pasó varios días sin decir ni pío y sin atreverse ni a asomar la cabeza.

Limoncillo aunque aún se sentía un poco inseguro, voló hacia el techo de la jaula de su compañero y permaneció allí plantado todo un día, hasta que Bolita entendió que no pasaría nada si cruzaba el umbral de su puerta. Y así fue como poco a poco nació entre ellos la confianza.

Pero resultó que Bolita, en cuanto recuperó la seguridad, se reveló como el líder de los dos, y así se bañaba el primero y se abalanzaba también el primero sobre la lechuga y la manzana diaria como si no existiera un mañana, mientras Limoncillo esperando su turno y sin molestarse lo dejaba hacer.

Pasada una semana los dos pajaritos estaban a gusto y relajados, y en cuanto el sol se dejaba ver por la ventana, Bolita salía de la jaula, daba la voz cantante y Limoncillo lo secundaba con sus hermosos trinos.

Volaban juntos a un lado y otro del ventanal, sin sentir la necesidad de aventurarse más lejos aunque podían hacerlo y ninguno de los dos jamás se había sentido tan feliz. Ahora Limoncillo pensaba que vivir con la puerta de la jaula abierta era lo mejor que le había pasado en su vida, pues se sentía libre y al mismo tiempo protegido de los depredadores por los cristales.

Aunque en cuanto llegaba la noche, Limoncillo era el primero en entrar al refugio de su jaula, pues nunca se sintió bien en la oscuridad; y era entonces, cuando Bolita se mostraba más atento y cariñoso con su amigo, y se posaba sobre el tejado de la jaula de Limoncillo, como este hizo con él los primeros días tras su llegada, hasta que este se adormecía, sólo entonces, se iba tranquilo a reposar sobre su palo preferido en su jaula, que estaba justo al lado, y se dejaba abrazar por el sueño, a la espera de un día más cargado de trinos y volteretas en el aire.



sábado, 4 de diciembre de 2021

La magia

Somos magia, seres especiales, y por eso únicos e insólitos.

Felices Pascuas a todos y todas, junto a un fuerte abrazo para los palmeros, que este año lo están pasando tan mal y para aquellos que de alguna manera se sienten desamparados o desamparadas. 

No debemos olvidar que cada día es un comienzo, de manera que a luchar por un próspero Año Nuevo.

 

Los dos hermanos contemplan emocionados los pósteres que su tía les ha traído de recuerdo de su último viaje. En uno se ve un magnífico Galeón Flamenco del siglo XVI y en el otro una Carta Portulana que se usaba en la navegación medieval, con todos los detalles que eran capaces de hacer entre los siglos XIV y XV.

Al hermano mayor la Carta Portulana le parece aburrida y fea y hasta de colores sosos; pero al contrario, el Galeón le parece una maravilla pues le recuerda los tiempos estoicos de la piratería, repletos de aventuras. Además, está seguro de que en cuanto sus colegas lo vean pegado en la pared de su habitación, será la envidia de todos.

 

Siempre deja elegir primero al pequeñajo, pero en esta ocasión, de verdad que desea con fuerza el cartel del Galeón, de manera que le dice, que la Carta de navegación en verdad es un mapa mágico. El pequeño mira el póster fascinado y volviéndose hacia su hermano con la Carta Portulana en las manos, le da las gracias por dejarlo elegir y sale disparado hacia su habitación.

En su cuarto, el pequeño, extiende el mapa sobre la peluda alfombra y acostado boca abajo empieza a observarla buscando indicios de su magia.

Y el hermano mayor se queda con esa sensación amarga que dan las victorias obtenidas mediante el engaño, pero que se sacude pronto.

El póster del Galeón Flamenco es un éxito entre los amiguetes, aunque no tanto como había esperado, y cuando los chicos se van, él se siente incómodo por haber engañado a su hermano y porque en toda la tarde no ha aparecido por su habitación. Así que se va a verlo.


 

Lo encuentra jugando ilusionado con pequeñas piezas sobre el mapa, y el niño enseguida le pasa un pequeño personaje y lo invita a jugar con él, entre los puntos mágicos que hay en la Carta. Y le cuenta, señalando con el dedo sobre el papel, que tiene vías para acceder a puertos, te avisa de peligros, bancos de arena, arrecifes y dónde fondear tu barco; y además, mamá me explicó, que estas líneas de aquí forman la “rosa de los vientos”, que no sé lo que es, pero suena fascinante.

El hermano mayor sonríe, mientras le sigue el juego. Y piensa que estaba totalmente equivocado, porque está claro que la magia puede encontrarse en cualquier parte, sólo hay que creer en ella.

jueves, 4 de noviembre de 2021

El duelo

Y de pronto en el autobús, un conocido te habla sobre un trabajo y tu vida a partir de entonces da un giro tan grande, que jamás habrías sido capaz de imaginarlo; y es que, aunque nos gusta hacer planes, el porvenir, cuando se acerca de repente, nos va derrumbando nuestros proyectos caprichosamente; y lo que pudo ser ya no es y lo que es, no era lo planeado. No obstante y porque somos de esa condición, seguiremos con empeño luchando por aquello que deseamos sin rendirnos jamás.

No era el hombre de su vida -pensaba mientras alguien le estrechaba la mano en el velatorio- Estaba afligida sí, incluso sorprendida por el dolor que sentía, o ¿era rabia? Desde luego le hubiera gustado compartir su vida con otro, pero no obstante, no cambiaría a sus hijas por nada y ellas eran parte de él.

Y es que llegado el momento no pudo elegir, sin embargo, físicamente no fue maltratada como tantas otras en sus mismas circunstancias, aunque sí se sintió desdichada y al principio le resultó muy duro, pero en cuanto asumió su vida sólo tuvo que dejarse llevar. Él -diez años mayor- fue paciente y bueno a su manera, porque estaba claro que había sido un egoísta. Podía haberlo abandonado, pero por aquel entonces no tenía el juicio suficiente, luego llegaron los embarazos y la vida como un torbellino la sacudió de un lado a otro, y más tarde vino la enfermedad y un día pasó al siguiente y así hasta la fecha.


Nunca se enamoró de él aunque llegó a sentir cariño. Sin embargo, ella para él, lo fue todo. Él se fijó en ella desde la primera vez que la vio siendo aún una adolescente y así se lo hizo saber una tarde de otoño, tras haber tratado “el asunto” con sus padres, que decidieron sobre su futuro sin preguntar. En ese momento ella sintió que como un árbol se deshojaba de repente, que sus hojas caían junto con sus ilusiones sobre sus pies, arrugando el suelo, quedando desnuda ante el frio que bajaba desde la sierra, y que de pronto y muy a su pesar, el viento arrastraba lo que le quedaba de inocencia. Y a solas, entre lágrimas, maduró como lo hacen los erizos de las castañas tras acabar el verano.

Siempre soñó con otra vida, no sabía si mejor, pero sí distinta. Divagaba, sobretodo cuando estaba a solas, cuando miraba cómo pasaba la gente bajo la ventana, o cuando el silencio en la casa era pleno. Pensar en otras decisiones, otras vacaciones, otra casa, otro hombre, eso le ayudaba a superar los malos ratos, la angustia que trepaba en ocasiones desde su estómago, le oprimía el pecho y le subía hasta la garganta hasta casi asfixiarla. Esos malos ratos en los que quería llorar sin saber bien por qué y andaba escondiéndose por los rincones en busca de intimidad. Pero ser mujer en su juventud era vivir bajo el yugo masculino o al menos era lo que le habían echo creer. Ahora por suerte la vida era distinta. Sus hijas por ejemplo, habían podido elegir siempre y ellas por ese lado se sentían plenas.


Quizá estaba mal, estando él de cuerpo presente, desgranar sus recuerdos ahondando en sus sentimientos. Ni su cara ni sus ojos reflejaban nada más que cansancio, y los que se acercaban a darle el pésame desconocían por completo lo que la agitaba por dentro, y debido a las circunstancias no se veía en la obligación ni de escuchar, ni de contestar. Un asentimiento con la cabeza, murmurando un gracias bastaban para corresponder.

Andaba más cerca de los setenta que de los sesenta y quizá fuese demasiado tarde para cumplir los sueños, pero aún así, ahora sentía que era capaz de avanzar. Toda su vida trabajó duro y no le debía nada a nadie, de manera que dijeran lo que dijeran el resto de los mortales, mañana empezaría pasito a pasito a ser ella misma y seguiría así mientras le quedara vida por delante

lunes, 4 de octubre de 2021

Mirlos y dragos

El otoño, como ocurre con el resto de las estaciones, se abre paso según los días avanzan y sin darnos cuenta, una mañana, como si nos hubiéramos despertado de un ensoñamiento, nos vemos inmersos en un mundo de suelos dorados en paisajes acolchados de hojas caducas, nidos de pájaros, charcos, cielos grises y naranjas, y frutos maduros.

Me da que aquel pájaro quería decirme algo, primero y para mi desesperación, le dió por escarbar de forma ruidosa revolviéndolo todo y esturreando la tierra a diestro y siniestro con mi consiguiente enojo, pero con el paso de los días cambió de estrategia y empezó a posarse en las macetas o en cualquier planta donde otear sin disimulo. Tenía muy claro que nuestro jardín formaba parte de su territorio. Desde esos lugares lo veía mirarme desafiante mientras hacía sus heces.

Después de unas semanas en la que siguió fiel a sus citas, apareció en el suelo, bajo uno de sus posaderos, una pequeña planta que no estaba allí antes, tras observarla bien, tuve la certeza de que se trataba de un pequeño drago (Dracaena Draco), de manera que lo arranqué con cuidado y lo subí a Montaña Pelada, que hace honor a su nombre, y es donde llevo todos los días a pasear a mi perro. Allí armada con una pala de jardinero hice un hueco y lo planté en el lugar que me pareció más apropiado para esta gran planta arbórea y lo regué con ayuda de la botella de agua que llevo siempre.

 
 

Para mi sorpresa, al cabo de un par de semanas, bajo un arbusto donde he visto también posado al mirlo en más de una ocasión, surgió de la tierra otro drago y pensé que eso no podía ser casualidad. Pero en fin, se debiera su nacimiento a causas provocadas por el azar o no, repetí el proceso de replantación, teniendo en cuenta el gran tamaño que pueden llegar a alcanzar tanto de alto como de ancho, y por tanto, el espacio necesario que debe haber entre las plantas.

La otra tarde, de nuevo me quedé boquiabierta cuando estaba regando el jardín. Ya se lo estarán imaginando, llegó el mirlo, se posó sobre el gran rosal de enredadera y se puso a cantar haciendo variaciones melódicas como sólo estas aves saben hacerlo, luego hizo sus deposiciones y se marchó. Yo como hago siempre que lo veo fui a echar agua en la zona y fue entonces cuando lo descubrí, otro draguito asomaba sobre el picón (lapillis). Así que de nuevo arranqué con cuidado la planta y la subí al monte. A este paso, el lugar, dentro de unos cien años se habrá transformado en un bosque de dragos. Son de muy lento crecimiento, para que consigan alcanzar un metro de altura, necesitan por lo menos diez años, de manera que yo nunca podré disfrutarlo en todo su esplendor, pero tampoco me importa. Ahora me siento responsable y procuro regarlos, también los he protegido con cardos secos, porque al primero que planté, los conejos casi lo dejan sin hojas. Ahora se está reponiendo. Creo que con un poco de suerte y mis cuidados, prosperarán.

Hoy el mirlo ha venido con su compañera. Quizá me la quería presentar, me observaban de reojo, aunque hacían como que me ignoraban. Han estado buscando insectos y al rato se han ido. No han vuelto a aparecer más dragos, supongo que la aportación por su parte de traer tres dragos al mundo le habrá resultado suficiente, y además, digo yo, que ahora debe ocuparse de su propia prole, en cualquier caso, yo sigo con ilusión atendiendo el bosquecillo de dragos de Montaña Pelada.

sábado, 4 de septiembre de 2021

Quizá sea cosa de la luna.

Siempre, desde pequeña, me atrajo la luna. Por las noches, en casa, es raro el día que no salimos a la terraza a contemplar hipnotizados la cara que nos enseña, llena de mares oscuros, cráteres y montañas, y siempre acompañada por infinidad de estrellas en esa inmensidad negra del firmamento. Es un momento de relax, sin ruidos más que el cantar lejano de los grillos. Entonces respiramos hondo y nos empapamos del olor a hinojo que trae la noche.

Querida tía:

No tengo muchas novedades, salvo que la calle tras los días de tormenta, ha quedado si cabe, más destrozada de lo que ya estaba. Me he fijado, ya sabes que reparo en las cosas más peregrinas, que en el asfalto han aparecido nuevos rotos que unas veces se deslizan por el suelo formando la imagen de un rayo, y otras, forman cráteres con piedras sueltas que saltan catapultadas, cada vez que una rueda les pasa por encima. Reconozco que ahora tiene un encanto decadente que a mí no me molesta y que me gusta fotografiar.

A estas horas, en esta tierra insólita, al sol aun se siente calor y frío al mismo tiempo gracias al aire fresco que baja de la montaña nevada. La atmósfera luce limpia y el olor a petricor envuelve el ambiente.

La pareja de la que te hablé no hace mucho, ha regresado a su cita. Yo los miro como hago habitualmente desde hace un tiempo, empapándome de la serenidad que desprenden. Supongo que a ellos no les molesta que los observe, quizá ni se sientan observados estando tan absortos en su mundo. Como te comenté, vienen algunas tardes y se sientan en unas piedras que hacen de banco entre la calle destartalada, el monte y el mar que se ve a lo lejos. Apenas hablan y así esperan tranquilamente a que llegue el ocaso y aparezca la luna, entonces se levantan, se abrazan durante un rato y cogidos de la mano se dirigen hacia su casa. No sé qué les lleva a repetir esa especie de ritual, quizá simplemente celebran llegar juntos al final de otro día, quizá les gusta tomar el fresco sentados mirando el horizonte, o ver cómo surge la luna y ese milagro diario es lo que los lleva hasta allí. Confieso que para mí son un misterio. Llevo pocos años en el barrio y no conozco a demasiada gente, pero el magnetismo que desprenden no me pasa desapercibido.

Sentado sobre la roca aparentemente absorto en la vegetación y el accidentado horizonte, pero con la cabeza centrada en ella, como le ocurría siempre, estaba él esperando el acontecimiento.

Adoraba a aquella mujer con cuerpo de niña, que la vida por el motivo que sea, y ya en la madurez, le había puesto delante. Le gustaban sus formas insinuantes, la mirada dulce y las profundidades de su alma que creía adivinar, que no conocer aunque los años de mutua compañía eran muchos.

Ella a su lado, lo miraba de reojo, sentía un profundo amor por aquel hombre desgarbado y alto, que conoció un día cuando ya no esperaba nada extraordinario de la vida, y desde aquel momento no existió otro para ella. Desde el principio le pareció de conversación interesante, atractivo, culto y sencillo, y con el tiempo se reafirmó en la idea que tenía de él y verificó que sobretodo, era un hombre que la quería como era, con sus virtudes y sus defectos. Y eso a fin de cuentas era lo más importante. A los dos les gustaba especialmente mirar hacia la luna, siempre tan enigmática y sonámbula, unas veces sólo insinuante y otras redonda e inmensa. Era una maravilla diaria que por cotidiana, la mayoría de las veces la gente no repara en ella. En ellos, alimentarse de las cosas sencillas era una costumbre y siempre que podían dejaban lo que estaban haciendo para disfrutar del espectáculo, sobretodo si había luna llena.”

La luz se va apagando tan lentamente que apenas soy consciente de ello. A veces podemos ver la luna cuando el sol aún no ha huido hacia el otro hemisferio. Contemplarla te llena de paz sin saber muy bien por qué. Quizás porque se mantiene en su sitio en la inmensidad del cielo, haya viento, nubes o tormenta, y siempre perseverante termina por aparecer, y nosotros podemos mirarla sin herirnos la vista como ocurre con el intenso sol. 

Aquí termina la historia hasta que vuelva a empezar. Entra la noche y la pareja se marcha sin prisas hasta que les venga bien contemplar de nuevo el ocaso.

Y yo me retiro también hacia un sueño reparador.

Un abrazo.



miércoles, 4 de agosto de 2021

Saltamonti

Siempre me gustaron los saltamontes, supongo que porque comparto su espíritu saltarín... y también porque me parecen animales increíbles. Además, en una analogía con la vida, nos pasamos como ellos, la vida saltando, a veces con saltos simples, otras con súper saltos y en ocasiones con sobresaltos.

Esta es la historia de Saltamonti, famoso entre sus congéneres, por dar unos saltos increíbles. Lo hacía tan bien que parecía flotar suspendido en el aire, tan liviano e ingrávido como una pompa de jabón.

Una tarde de verano chisporreteante, una niña con mochila a cuestas, camina por el prado observando el terreno con detenimiento, va en busca de saltamontes y así es como el pobre de Saltamonti termina encerrado en un bote junto con alguno de sus semejantes.

La niña en su habitación, los mira con detenimiento y de vez en cuando, sacude los botes para comprobar que siguen bien, es entonces cuando los pobres bichos saltan aterrorizados golpeándose contra el cristal. Ella se ríe y piensa que son tremendamente tontos. Periódicamente los va rodando sobre la estantería, conforme los vacía dentro del terrario según necesita alimentar a su mascota Manti.

 

Tras un par de días recluido y viendo el fin que le espera, Saltamonti en un acto desesperado decide hacerse el muerto y persuade al resto de sus congéneres para que hagan lo mismo, convencido de que una muerte súbita de todos los encarcelados será la mejor manera de poder escapar.

Llegado el momento, la niña sacude varias veces los botes para comprobar que de verdad están muertos, pero los animalitos, cuando esos ojos enormes se acercan al cristal y los estudian con atención, en parte paralizados de miedo y en parte con la esperanza de salvarse permanecen muy quietos. Entonces la niña piensa automáticamente que estaban enfermos.

A su Manti no le atraen los bichos que no se mueven y además no sería sano darle bicharracos enfermos. De manera que abre uno a uno los botes y los lanza dentro de la papelera. Cuando cae el último de los cautivos y ante la perplejidad de su captora, todos saltan al unísono, y Saltamonti, haciendo una pirueta múltiple, da el mejor salto de su vida hacia la libertad escapando por la ventana.


 



domingo, 4 de julio de 2021

El asesino

Nuestra vida sin altibajos aparentes, puede parecernos más monótona que la de los demás, la de aquellos que vemos tras el televisor o sobre los que escuchamos hablar en la radio, y que subsisten en un desatino continuo. En ocasiones nos dejan perplejos, indignados, o bien  felices, o asustados... En definitiva, nos hacen sentir y esas sensaciones que nos producen los devenires ajenos, nos crea una insana adicción por los males del prójimo; sin embargo puede que por no prestarnos a nosotros mismos, la debida atención, resulte que tengamos, sin saberlo, un auténtico despropósito en casa.

 


-Si me escondo aquí no me encuentran ni de coña-, y según lo hizo, los vio pasar, y cómo le buscaban girando a un lado y a otro las cabezas. Parecían loros y pese al miedo que sentía, tuvo que ponerse la mano en la boca para no soltar una carcajada ni gimotear de risa, casi le salían las lágrimas. Siempre que algo le aterraba pensaba en algo divertido. Era instintivo, le surgía sin pretenderlo, probablemente como mecanismo de defensa, lo que era un problema porque automáticamente la risa se le escapaba por la boca sin control.

-Parece que ya no se oye nada. Voy hacia el coche antes de que a algún lumbreras le de por volver-. Rompió la ventanilla y accedió al vehículo que tras muchos años de práctica, arrancó sin dificultad.

Se limpió las manos en el pantalón, pero no sirvió de mucho pues casi estaban secas. Las sentía calientes y pegajosas. Era lo que tenía la sangre y haciendo una mueca porque tenía inflamada la mejilla tras la última pelea, comenzó a silbar la melodía que se escuchaba por la radio. Pensó en el cadáver que había dejado atrás. Se merecía el fin que había tenido por egoísta y traidor. Nunca creyó que le resultaría tan fácil ir eliminándolos a todos, aunque el último había sido respondón. Se tocó la cara dolorida, que pusieran resistencia lo hacía más apasionante.

Sólo había avanzado unos doscientos metros cuando un fuerte impacto lateral lo dejó temblando y aturdido. En unos segundos tomó conciencia y comprendió que se había relajado demasiado -Pero cómo se puede ser tan zoquete- pensó-. Con lo bien que iba saliendo todo. Abrió a empujones la puerta y se lanzó al suelo al tiempo que sacaba el arma. Los avisos de la policía para que se entregara sin resistencia se oyeron al momento. -De eso nada monadas- y respondió con un par de tiros bien apuntados. -A ver si me llevo a unos cuantos por delante-.

No se percató hasta que casi los tenía encima, de que por detrás, otros efectivos se acercaban con sigilo. Disparó y ellos respondieron con saña. Cayó al suelo fulminado. Su corazón dejó de latir pero su cerebro aun se despedía y pudo sentir que lo zarandeaban con fuerza para comprobar si seguía vivo.

-¡Despierta, despierta!. Debías tener una pesadilla. ¡Menudos gritos y aspavientos!- 

Y mientras se tocaba la mejilla, sudoroso y aún con el susto en el cuerpo, regresó a la vida tomando conciencia de su tremendo dolor de muelas.



 

viernes, 4 de junio de 2021

El sombrero indeciso

Tula (tortuga de orejas rojas) tiene el caparazón torcido. Nunca supimos si cayó por accidente desde un balcón o si alguien con malévolas intenciones la lanzó por ver cómo caía. Anduvo herida y desorientada por la acera, ya medía unos 15 cm... Nadie la reclamó y al final, nosotros nos hicimos cargo de curarla, alimentarla y darle cariño durante muchos años, alrededor de veinte. Ahora mide unos veintidós centímetros. La gente me decía, cuando veía los cuidados y alimentación que había que procurarle diariamente: <Déjala en un parque cualquiera que tenga estanque>. Pero a un animalito al que quieres y que no sabe alimentarse solo porque ha vivido cautivo siempre, no se le puede hacer eso. A parte del daño para el ecosistema que podríamos provocar. Ella no pidió que la extrajeran fuera de su hábitat y me parece una ruindad con todas sus letras abandonarla.

El mes pasado tropecé en la web con la Fundación Neotrópico y tras ponernos en contacto se hicieron cargo de ella sin reparos. Ahora vive con otros congéneres. Imagino lo que siente al estar con otros seres como ella, después de tantos años de soledad deambulando por nuestro jardín e incluso colándose por la cocina en más de una ocasión. La echaremos mucho de menos, pero la presencia humana, nunca puede llenar ese vacío que produce la falta de libertad, para los animales que no son domésticos.

Estaré eternamente agradecida a la Fundación Neotrópico para animales exóticos, a las personas que la forman, porque para ellos, la labor que hacen no es sólo un trabajo. Atienden a los animales que por la causa que sea están fuera de su medio o los curan para devolverlos a su entorno, como hacen con las tortugas de mar. Gracias.


El portal se abrió con un estruendo y una enorme seta se asomó. Bajo el ala de lo que era un insólito sombrero, unos ojos de serpiente lo escrutaron todo. Necesitó varias píldoras y comprimidos con diferentes propósitos y colores, para vencer el pánico que sentía de sólo pensar en salir fuera del escudo protector de la casa, pero al fin lo había conseguido.

 

Los coches circulaban a gran velocidad, como halcones en picado en busca de su presa, pero ella necesitaba cruzar la calle y no sería capaz de llegar hasta el paso de peatones... No quería pasearse por la acera.

<Uf, ahora si. No, no, ahora no. Pasan como cohetes. A ver... Detrás del coche azul> Y se asomó un poco fuera de la acera, <pero no, no, que casi me golpea otro que iba detrás. Ahora, ahora es el momento, antes de que llegue ese camión de mudanzas> Y caminó lo más rápido que pudo hacia el centro de la calle, pero venían también coches por el otro carril. <¿Qué hago? ¿Qué hago?> Pensaba mientras miraba a ambos lados con pánico.

 

 

Y la duda, casi la mató. Un camión naranja la golpeó con violencia. Salió disparada por el aire, y quedó aplastada como la hoja de una penca (nopal, pita, tuna) contra el cristal de un deportivo. Y una especie de penca roja con puntos blancos es lo más que llegaron a ver los transeuntes que se acercaron a mirar pues el estrambótico sombrero lo tapaba casi todo. Cuando los servicios de auxilio acudieron al lugar, la recogieron herida y magullada, y la trasladaron a reanimación. 

 

 Nadie supo por qué tenía que cruzar la calle aquella tortuga que llevaba una seta en la cabeza y ella, cuando se repuso en la fundación de acogida para animales exóticos, tampoco fue capaz de recordarlo, pero no le importó porque ahora se sentía a salvo.