La primavera despierta los sentidos
de los seres vivos aletargados por el invierno, y los más espabilados se hacen
sentir desde que el sol apenas se asoma por el horizonte impacientes por
empezar la mañana. Al despertar, una algarabía de sonidos y movimientos
frenéticos envuelven ya el día, es una suerte participar en el espectáculo y al
mismo tiempo, disfrutar como espectador.
martes, 5 de abril de 2016
domingo, 6 de marzo de 2016
El cuento de Adela o cada cosa en su momento
¿Te acuerdas de cuando eras joven?-Me preguntó Adela. - Esa etapa de incertidumbre en la que la inexperiencia te tiene todo el día en vilo e indeciso, y que por otro lado, te hace sabedor de las verdades más absolutas. En la que todo es blanco o negro sin término medio. Cuando despiertas al amor y vives momentos especiales y la vida transcurre más despacio de lo que quisieras; sufres atormentado con una intensidad brutal, o disfrutas cualquier instante de la misma manera… cada etapa tiene su momento; ¿y de cuando eras niña? La pregunta quedó sin respuesta, porque acto seguido me relató la historia del niño que creía en el lápiz embrujado.
Erick intenta dibujar imitando a su abuela, quiere hacer un pájaro, pero aún es muy pequeño y como es natural, no domina la técnica. Se queda mirando la mano y el lápiz que sujeta. En un impulso lo suelta y le pide a la abuela el suyo que dibuja muy bien. Se concentra en el papel, arruga la nariz mientras se muerde un poco la lengua y lo intenta de nuevo pero no le sale, y mira sin comprender atónito a la abuela que le sonríe, le toca con cariño la cabeza y le dice -cada cosa a su tiempo pequeño, tienes que practicar mucho. Entonces él hace amago de devolvérselo frustrado porque ese lápiz tampoco funciona, pero ella lo rechaza mientras le susurra al oído -quédatelo, es mágico, pero como todos los elementos hechizados, antes de mostrar sus poderes, necesita que lo uses mucho, sólo así confiará en ti. Entonces él convencido lo acaricia con un dedo, se lo guarda en un bolsillo, le da una palmadita como para cerciorarse de que está a buen recaudo y sale disparado a jugar con otra cosa.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel día. La habitación es la misma, los muebles han cambiado, pero los objetos importantes siguen estando ahí. Una mano rebusca deprisa en el desordenado cajón hasta que lo encuentra, un lápiz desvencijado con tapa metálica, que le había acompañado siempre como un talismán en los momentos significativos, lo acaricia con un dedo y lo guarda en el bolsillo dándole una palmadita, ya podía irse tranquilo.
viernes, 5 de febrero de 2016
El frío invierno
Desayunar
relajadamente te envuelve en una atmósfera
singular, porque te permite pensar en las cosas importantes o simplemente observar, prestar atención a algo tan sencillo como la vida que se mueve a
nuestro alrededor. Son momentos únicos y preciosos que permanecerán para
siempre en nuestra retina.
Me senté en el banco para hacer tiempo, sin reparar
en el anciano hasta que empezó a hablar. Sentado bajo un rayito de sol en el
otro extremo, no apartaba la vista de la zona ajardinada que se extendía frente a nosotros. Llevaba un sombrero de ala corta,
un chaquetón marrón bastante abrigado, unos vaqueros y unos botines que
parecían muy cómodos. Tenía una voz agradable, que acostumbrado a hablar en
público modulaba con destreza.
-Observar el titilar de la vida entre las flores de
un jardín o en un charco, es un privilegio. Disfrutar de los reflejos de la luz
sobre el agua, donde mil formas y colores surgen de la nada y se desvanecen
igual. Y tener la paciencia suficiente para ver avanzar la luz entre los
árboles, cómo camina ofreciendo claridad y sombra entre las hojas y la hierba; mirar
las flores silvestres que se mueven agradecidas por la brisa y el susurro de
las ramas en el bosque es una maravilla.
Relaciono el invierno con pies fríos. Las lluvias
traen humedad y los huesos se resienten; pero así y todo, me gusta sentir el
aire frío en la cara cuando salgo a caminar y la brisa que lo empuja. Sentir el
escalofrío que produce en nuestro cuerpo el cambio de temperatura, y como un
ritual propio de la estación, arroparme con el chaquetón y meter las manos en
los bolsillos. Escuchar el corretear de las hojas por el suelo como viejos
recordatorios del otoño que no se rinde y saber que alguna flor pese al frío, brotará
entre los esqueletos dormidos de las plantas.
El color del invierno en estas latitudes es
diferente, cada tarde, las brumas que bajan por la ladera de la montaña vuelven
todo pardo, la niebla del amanecer
provoca un espacio irreal y sin gravedad. Las nubes son de un gris casi
blanco, o casi negro cuando hay tormenta, y después de la lluvia que tanto
escasea últimamente, el cielo de repente se vuelve de un azul intenso y limpio
y es que la lluvia es mágica, su monotonía apacigua y sentarme a tomar una taza
de té, mientras la gente pasa por la acera enfrentándose al invierno, es uno de
mis pasatiempos favorito, y es que
cuando nos sentimos a gusto y calentitos, las cosas se ven de otra manera.
Sabe, relaciono los problemas con la idea gris y
fría que tenemos del invierno, y para buscarles solución, mi táctica consiste en dejarme llevar y para ello, lo mejor es sentarse
un rato al sol. La solución siempre llega de manera inesperada, a veces la
tenemos delante y no la vemos. -Y entonces suspiró y sonrió por primera vez.
-Durante aquel poético monólogo, que me enganchó y
del que confieso me dejó con la boca abierta desde el principio, no fui capaz
de levantarme hasta que lo hizo él, dejándome de pie, asombrado y sin palabras.
En ese momento giró su rostro hacia mí y me sonrió otra vez, me saludó con la
cabeza y me dijo -Gracias por escuchar, -luego metió la mano en la chaqueta,
sacó un bastón blanco del que utilizan los ciegos, lo desplegó y emprendió su camino dando pequeños
golpecitos sobre el suelo.
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