viernes, 5 de agosto de 2016

Amanecer en la playa



En agosto es difícil encontrar playas vacías pero no imposible, sobre todo a esa hora íntima de la mañana en la que el día despierta y la mayoría de la gente aún duerme. Sólo aquellos que se acuestan temprano porque les gusta madrugar, saben  que tras el amanecer, nos sentimos revivir y el día se disfruta de otra manera.
 

Ronronea como un gato el mar en mis oídos y el agua fría despierta mis pies sobre la arena que se ablanda baja el peso. Disfruto de este instante poético, la brisa que acompaña la marea revolotea a mi alrededor y miro al horizonte ajena a la playa.

Despacio el sol tibia la arena y la vuelve luminosa. La soledad espiritual que me transmite la playa, el olor a salitre, el aullido de las gaviotas que viajan en el viento me llena el alma. Hago visera con la mano para mirar al cielo y las descubro a lo lejos, como puntos quietos que flotan sobre el mar.

Las olas siguen su eterno ir y venir monótono, acompañadas por el repiqueteo de las pequeñas piedras que arrastra la masa de agua al retraerse y al empujarlos el siguiente embate que cae sobre la orilla.
 

Dibujo con el dedo sobre la firme arena mojada, y descubro que inconscientemente escribo tu nombre como una adolescente y no puedo evitar una arrugada sonrisa. Es cierto que el amor no tiene edad, porque los corazones fatigados por los años también aman profunda e intensamente.

Camino a lo largo de la playa vacía, un pié delante del otro, relajada y firme a la vez, nuestras pisadas se acompasan y cogidos de la mano seguimos el camino que nos queda por ver. En un rizo infinito como el oleaje del mar, seguimos aprendiendo el uno del otro, seguimos cometiendo errores y seguimos luchando por evitarlos descubriendo mundos recónditos en nuestro interior.

La playa queda atrás, el verano avanzando sigue su curso en busca de otros tiempos, sonidos y ruidos van llegando porque todo despierta ante las risas y el bullicio de los veraneantes y poco a poco el fantástico momento pasa.

martes, 5 de julio de 2016

Lozanía



Pensando en la publicación para este mes y rebuscando entre mis libretas para inspirarme, encontré un corto poema que escribí en 1979, recién cumplidos los diecinueve años, en el que reflejo no sólo mis sentimientos, sino los que observo en los demás. Ya entonces tenía esa inquietud por escribir y dibujar que me acompaña siempre y ahora ustedes padecen, y a mi juicio, la sana costumbre de escribir aclaraciones y dedicatorias junto a los textos y que me han servido como fundamento para reescribir el poema. 



Te abres a la vida mostrando tu nostalgia,
te sientas en un banco sin comprender nada,
y buscas en el silencio las palabras.

No concibes el mundo que te rodea,
los demás no comprenden nada, lloras,
y casi al mismo tiempo, tu entusiasmo se derrama.


Te sientes como la flor que encarcela el sol,
que canta entre rejas como un pájaro
cuando le aletea sin control el corazón.

Te engañan los gestos, el cerebro no para,
cruzas miradas de sortilegio encantadas,
y añoras aprobación, pero no encuentras nada.

Años ásperos como densa pesadilla
y felices, como sólo en juventud se hallan,
bendita, fugaz y loca lozanía.



Adolescencia, esa etapa que todos hemos sufrido, disfrutado, padecido y algunos incluso  olvidado; yo al mirar atrás, me lleno de  recuerdos con alguna lágrima y muchas sonrisas.






viernes, 3 de junio de 2016

La comunicación


No hablar el mismo lenguaje es un problema para comunicarse y a veces hablando el mismo idioma somos incapaces de entendernos, pero en la mayoría de las ocasiones, sólo necesitamos voluntad por ambas partes para que se haga la luz y una pequeña ayuda que en ocasiones nos brinda la casualidad, el deseo o el destino.


 

 
 El fantasma no sabe dónde ponerse, se aburre, hace mucho tiempo que nadie lo visita, sólo ese perro majadero que todos los días viene a mear en su puerta. Ha intentado ponerse en contacto con él, pero sólo es un chucho y se limita a gemir, bajar el rabo y salir corriendo en cuanto nota algo extraño. La muchachita de ojos dulces que lo llama y controla es otra cosa, pero rara vez se acerca.


Hoy llueve y las gotas rebotan con violencia contra los viejos tragaluces. La habitación está en penumbra, de las paredes cuelgan jirones de tela donde antes lucían cortinas, se puede sentir tanta humedad dentro como fuera de la casa aunque la tormenta amaina. Ya es la hora, va de una ventana a otra hasta que la ve y sigue sus pasos con atención; envuelta en un impermeable, la chica pasea su nostalgia acompañada del perro por los alrededores de la vieja casona.

-Ven aquí ¿cuántas veces te he dicho que no puedes hacer pipí en la puerta del vecino? Aunque parezca abandonada tendrá un dueño y además, seguro que al fantasma que se asoma todos los días a la ventana no le hace ninguna gracia. Es una lástima que no quiera conversar. Me gustaría ser su amiga-. El perro se enreda con la maceta de la entrada, así que a la niña no le queda otro remedio más que acercarse para desenredar la correa y de camino soltarlo, momento que aprovecha para mirar hacia el viejo ventanal. Entonces el fantasma dibuja con el dedo una sonrisa en la ventana y levanta despacio la mano en señal de saludo con la esperanza de que ella pueda verlo, y la niña ni corta ni perezosa se acerca, se detiene un instante y lo mira intensamente, pone su mano sobre el cristal y empieza a hablar.