miércoles, 1 de julio de 2015

Se acerca el verano


El verano tiene un aquél que nos hace sentir diferentes y cambia nuestro ánimo, influyen la luz, los colores, el calor, y que los días son más largos y las noches más cortas, el firmamento parece brillar con más intensidad y todo se llena de risas. Para contribuir a este alborozo he pensado brindar por ustedes con mis mejores deseos de descanso y disfrute, con este texto que pretende dejarles un regusto agradable sin ser alegre. La vida sigue.  


La noche pasó acompañada de una triste luna, mientras amanecía en el aire flotaban las esporas de las flores que como pequeños fantasmas pululaban aquí y allá, deslizándose empujadas por la brisa.


Lloviznaba con delicadeza como si las gotas pidieran permiso, sabedoras de que su tiempo termina y deben dejar paso al verano. Las nubes entre grises, nacaradas y rosas se deslizaban despacio, impulsadas mar adentro por un viento suave mientras el cielo de azul terciopelo iba adquiriendo un tono más limpio.


Acostado boca arriba con las manos bajo la cabeza, contemplaba el despertar del día tras una noche insomne. Una de tantas en la que al contrario de lo que se pudiera pensar, le proporcionaban una tranquilidad e intimidad que no podía adquirir de otra manera. Es verdad que no buscaba quedarse despierto, pero aquellas vigilias que de tiempo en tiempo le sorprendían, le servían para analizar problemas, tomar decisiones y mantener vivo el recuerdo de las personas queridas. Su padre también las sobrellevaba y fue el que le transmitió la manera de enfrentarse a ellas y disfrutar de la soledad nocturna, del sosiego, de la paz interior en la que solo algunos pueden deleitarse sin agobios porque al fin y al cabo nacemos como un ente solos y nos vamos igual. 


Lo descubrió una noche siendo aún muy joven cuando paseaba por la casa a oscuras, y desde esa primera vez compartió con él silencios, alegrías y preocupaciones, les sirvió también para unirlos después de la tormentosa adolescencia, en la que padres e hijos se alejan pero que en la mayoría de los casos, como las olas en alta mar que van y vienen, que suben y bajan terminan por encontrarse. Durante esos momentos de intimidad compartida descubrió en él a un hombre sorprendente, con el que podía hablar de infinidad de temas, discutir y reír relajadamente acompañados de un vaso de leche caliente, cacao y galletas. 


Él le enseñó a no atormentarse por la vigilia, ya llegaría el sueño, –aprovéchalas –le decía. –Cuando no logres dormir, relájate y analiza lo que te preocupa o lo que te hace tan feliz que no te permite dejarte vencer por el descanso. No dejes pasar el tiempo sin más, no derroches el momento como hace mucha gente, que se pasa la noche entre nervios, lamentándose porque no puede conciliar el sueño. Disfruta la oportunidad de descubrirla, los extraños ruidos, las sombras en la penumbra, el sonido del viento, la calidez en verano o el frío que parece reflejarse en todo lo que te rodea en invierno. Hasta las cosas adquieren otra dimensión, a veces nos parece que se deforman o se mueven, que tienen vida propia y son generadoras de historias. La vida se nos va tan rápido que casi sin darnos cuenta llegamos a la vejez, algunos afortunados siguen manteniendo dentro de su vieja carcasa, el niño que una vez fueron, y este hecho les ayuda a mantener la sonrisa y a seguir participando en el engranaje del mundo con ánimo, aunque nos vayamos quedando solos porque nuestros seres queridos se van marchando por el camino; pero eso hay que cultivarlo, no se tiene como un don divino ni gracias al azar. –Qué razón tenía. La gente en ocasiones te dice que eres un optimista, pero la verdad, es que para enfrentarte a la vida con buena cara, necesitamos aprender a vivir ilusionados y eso es algo que se gana luchando.


Kulan pareció suspirar a su lado. Permanecía echado sobre la alfombra atento a la respiración de su amo, siendo consciente de que no dormía, y pendiente por si había suerte y salían a dar un paseo mientras amanecía. Tenía, en una postura muy suya, la cabeza apoyada sobre las patas delanteras y de vez en cuando movía el rabo suavemente mostrando la alegría que sentía por compartir el momento.


Escucharon el ulular de una lechuza, que imaginó contemplando impertérrita sus dominios. Ya casi era de día, mientras se incorporaba despacio porque los años no perdonan, se dibujó una sonrisa en su rostro contraído por el esfuerzo y como impulsado por un resorte, Kulan ya estaba en pié mirándolo fíjamente. Fue al aseo y luego se dio una tonificante ducha caliente. Al salir volvió a sonreír mirando al perro que pendiente de sus movimientos le esperaba sentado junto a la puerta con la lengua fuera. –Venga, ve a buscar la correa, parece que el tiempo al final acompaña, nos vamos a disfrutar de la mañana y a desayunar en una terracita.


Feliz verano


lunes, 1 de junio de 2015

Va de piratas


Me gustó la historia del Flying Dutchman que según la leyenda fue un barco fantasma, lo nombran por primera vez a finales del siglo XVIII en el libro de viajes de George Barrington. Se ha escrito mucho partiendo de esta idea, ha sido el modelo para versionar películas, canciones, historias y poemas... A mí me ha servido de inspiración, pero confieso que me he tomado tantas libertades al escribir este pequeño relato que apenas se le parece vagamente.

Mi tatarabuelo sobrevivió al naufragio de una goleta que hacía la vieja ruta de las especias desde India hasta Europa. Le encontraron delirando, a punto de morir, amarrado a un trozo de madera flotando a la deriva. Cuando regresó a tierra no volvió jamás a embarcar y los días de viento y lluvia terminaba en la taberna borracho y relatando esta historia a quien la quería escuchar. 

En otros mares, lejos de aquí, donde las aguas son frías casi como témpanos de hielo, surcaba sobre las olas, dejando una estela blanca, un temido bergantín con tres palos y dieciséis cañones, que ondeaba al viento la negra bandera pirata con dos sables cruzados y una calavera. La capitaneaba un hombre enorme, rudo, tozudo y sin escrúpulos.

Desde la nave mientras zarpaban, habían escuchado las campanas de una iglesia,  inequívoca señal de mal presagio. Los hombres murmuraban por lo bajo, escupiendo para mostrar su hombría y no desvelar sus miedos pero tocando sus amuletos, aquello podía acarrear consecuencias nefastas y recelosos, cumplían las órdenes a regañadientes.


La última vez que fue avistada, perseguía una goleta que escapaba de su verdugo herida por dos certeros cañonazos que le habían partido un palo y destrozado parte del aparejo. Estaban cerca del Cabo de las Tormentas, ahora conocido como Cabo de Buena Esperanza, allá por el Sur de África en los confines del océano Atlántico. Llevaban desde el amanecer siguiendo a su presa que huía a duras penas de una muerte segura si les alcanzaba el bergantín, pues de todos es sabido que en aquellos tiempos, si te rendías ante los piratas te podían perdonar la vida, pero si te enfrentabas a ellos o huías y te abordaban, no había perdón ni consideración alguna.


Tras el mediodía el cielo empezó a cubrirse de negras nubes, y el viento que ya soplaba con fuerza desde hacía días, comenzó a rugir con furia. En pocas horas el mal tiempo casi les impedía ver la goleta,  las olas eran de más de quince metros y el viento soplaba a más de ciento cuarenta kilómetros por hora. Llegado el oscuro atardecer, mientras el capitán agarrándose como podía por la cubierta se desplazaba dando órdenes, en la cara de los piratas, iluminadas en los momentos que los rayos irrumpían en los cielos se reflejaba el miedo, y empapados luchaban contra el temporal tórpemente.

El segundo de a bordo, antes de ver todo perdido, intentó convencer al capitán para abandonar la ruta y dejar de lado la tempestad, pues los hombres barruntaban mal augurio y el buque peligraba. Discutieron y pelearon, ya que no eran hombres de muchas palabras. –Podemos dar un rodeo, la goleta no puede ir muy lejos– gritaba el segundo para hacerse oír, el capitán con los brazos en alto amenazantes se negaba, y como un loco encolerizado gritaba más que el viento. De repente, una ola irrumpió con tal bravura sobre la cubierta que dos hombres cayeron al agua y el capitán también desapareció. El segundo, inmediatamente mandó virar ayudando al timonel a sujetar la rueda de cabillas, para intentar salir de aquel torbellino mortal de agua, viento y sal; y una chispa de esperanza brilló en los ojos de los tripulantes. Bien por los demonios que empujaban aquellas toneladas de agua, pensaron los marineros al verse libres de ese hosco capitán y lástima por los brazos perdidos ya que era imposible intentar recoger a los compañeros caídos, bastante tenían con aferrarse como podían y seguir manejando los aparejos.

En ese instante, una sombra mayor que la noche que se les venía encima, crecía según su dueño se incorporaba y se le abalanzó por detrás, era el capitán, que agarrándose a la batayola no había caído al agua, gritando como poseído por el diablo alzó su sable blandiéndolo en el aire y atravesó a su segundo de lado a lado que cayó muerto al momento y fue arrastrado por otra ola que azotó con furia la cubierta. El barco quedó al capricho del viento, todos quedaron paralizados y nadie ayudó al timonel que como petrificado gemía apretando los dientes y temblaba salpicado por la sangre de su superior.























Entonces se oyó como un trueno la voz del capitán lanzando a la noche un juramento: –¡Cruzaré el Cabo aunque Dios me haga navegar hasta el Juicio Final!–. Como si hubiera estado orquestado, en ese instante se iluminó la cubierta, un rayo acompañado de una fuerte ráfaga de viento partió el palo mayor y la mesana, perdiéndose así prácticamente todo el aparejo. El buque, incapaz de sobreponerse al desastre ante las gigantescas olas, no tardó en hundirse irremediablemente mientras la aterrorizada tripulación gritaba, se empujaba por aferrarse a alguna tabla y luchaba en vano por salvar la vida. 

Desde entonces, dicen los marineros que en las noches de temporal acompañando al viento, se oyen los lamentos y alaridos de terror de los marineros, y que sus fantasmas vagan condenados junto a su capitán, navegando por los mares hasta la eternidad.


viernes, 1 de mayo de 2015

Indígenas


La mayoría de nosotros alguna vez a lo largo de nuestra vida, hemos podido disfrutar de la magia que envuelve a un grupo que se ha sentado alrededor de una hoguera para contar historias o charlar. Son momentos únicos, irrepetibles, que reconfortan con una camaradería especial a quienes lo viven.


Estaban sentados como cada atardecer alrededor del anciano que era el representante de la tribu. Amiti lo observaba con veneración porque era sabio y paciente. Le faltaban por lo menos cinco dientes que se pudiera apreciar, estaba muy flaco porque ya no comía bien y parecía muy cansado. No sabía cuántos ciclos había vivido, al menos más de sesenta y eso era mucho tiempo. La lucha con la vida diaria en aquel entorno era dura y eso nos hacía viejos, pero era el mundo de magia real donde les gustaba estar. A lo largo de cada ciclo se sucedían grandes peligros y grandes bondades como nos decía él siempre. 

Cuando el Gran sabio decidiera dormirse para siempre ella sería la sucesora, porque así lo marcaban las leyes de los antepasados. El Gran sabio no tuvo hijos, la siguiente en edad era Yoseba, su madre, demasiado mayor también y Amiti era su primer alumbramiento, y por tanto la destinada a ese cargo de tanta responsabilidad.

Hacía mucho que una mujer no era elegida por los dioses primero y el pueblo después, para guiar a la tribu. Eso era bueno según contó el sabio, pero Amiti no lo tenía tan claro. Había sido educada desde muy niña en las artes de las hierbas, la caza y la orientación, pero tenía muchos miedos, le perseguía la incertidumbre y le preocupaba no guiar con sabiduría al pueblo. Gran sabio siempre le decía que justo así, se sentía él todos los días, pero –¿Cómo era posible?– se decía ella, si él siempre hacía y decía lo más acertado.


El fuego estaba encendido para animar el espíritu, ahuyentar a los cazadores nocturnos que eran muchos y además, calentar el cuerpo de los pequeños dioses caídos sobre aquel paraje y que formaban la tribu.

Gran sabio levantó levemente las manos como hacía cada noche y dirigió una mirada a todos y cada uno de los miembros del círculo. Sería la última vez que lo haría, pero ellos lo ignoraban y además pertenece a otra historia, sólo Gran sabio conocía ese secreto. Todos de pronto dejaron las risas y los murmullos cesaron, tan sólo se oía el crepitar de la leña en la hoguera y entonces Gran sabio comenzó a hablar:

–Nuestra historia cuenta que en un tiempo muy lejano vivió Guita, el que llegó a ser el más importante de nuestros guías, pero antes de serlo, él se sentía como el ser más pobre de la tribu porque aparentemente todo le salía mal y nada poseía.


Llegado el día de las ofrendas al gran río, no tenía nada para dar, ni pieles, ni frutos y se sentía muy desdichado. Caminando lleno de angustia en su desesperación sin rumbo, se alejó de la aldea hasta llegar a un lugar desconocido, más árido, donde crecían árboles con una forma muy rara y mucha maleza, entonces tropezó con una rama que crecía casi pegada al suelo. Lleno de rabia intentó romperla entre sollozos pero no podía. Al final, tras mucho trabajo y las manos ensangrentadas por la lucha con las astillas, logró partirla. Comprobó que era liviana, dura, bastante recta y que uno de los extremos al romperse había  quedado afilado. Entonces, furioso y gritando con todas sus fuerzas, la lanzó cogiéndola por un extremo; para su asombro, avanzó mucho y quedó clavada en un extraño y enorme tronco hueco. Cansado por el esfuerzo, la caminata y el dolor que sentía en las manos, se acurrucó dentro del extraño árbol y se durmió a resguardo de la fría noche. 

En sueños le fue revelada la leyenda del árbol: "El árbol baobab era magnífico, crecía muchísimo y su tronco era tan ancho que podía albergar a muchos hombres juntos. Llegó un momento en que creció tanto, que se atrevió a desafiar a los dioses creyéndose el más majestuoso de los seres vivos por alcanzar las nubes y el más poderoso por su porte. Los dioses enfadados ante tanta soberbia, lo arrancaron del suelo y lo pusieron cabeza abajo, enterrando su copa y dejando sus raíces crecer hacia el cielo, de esta manera fue condenado para siempre a crecer al revés, y por eso desde aquel entonces su tronco y su aspecto es el que conocemos ahora".


Por la mañana temprano Guita regresó al poblado con una historia que contar y la mejor de las ofrendas, el arma para la caza que caracteriza a nuestra tribu con los dibujos de la mano de su dueño pintados con sangre. Cuando más adelante fue elegido como guía, hizo que nos trasladáramos al lugar donde los árboles crecen al revés, y es donde desde entonces habita nuestra gente, entre los árboles baobab.

Todos tenemos un tesoro por descubrir dentro de nosotros, a unos les cuesta más que a otros encontrarlo, pero tarde o temprano termina por aflorar, sólo es cuestión de tiempo y de no desesperar.–

miércoles, 1 de abril de 2015

Desayunando


Cuando era pequeñaja, pasaba el momento del desayuno fantaseando y jugando siempre que no había prisa, y en ocasiones aunque la hubiera. A veces me viene a la memoria el recuerdo de mi madre persiguiéndome escaleras abajo con el vaso del desayuno a rastras, para evitar que fuera al cole sin probar bocado mientras el micro me esperaba impaciente  en la esquina. Supongo que casos parecidos se siguen repitiendo cada día donde hay niños.




Corro hacia la cocina porque es la hora de desayunar y en ese momento escucho la voz de mamá –¡Vamoooss a desayunaaar!–, me siento a la mesa en el momento en que coloca el plato, la cuchara, el azúcar y su mano se acerca con el vaso de leche.


Me gustan las manos de mamá, son suaves y saben hacer muchas cosas. Me acarician con dulzura, me peinan y me ayudan a vestirme, a veces también se enfadan y me señalan con el dedo firmemente mientras me regaña. Siempre huelen bien, a cosas ricas o a perfume. Hoy huelen a miel y galletas. 



Su mano sobre mi cabeza me da a entender que puedo servirme el cacao, así que introduzco la cuchara en el bote y la suelto como una bomba sobre el vaso –Poff–. 



Me gusta la leche con cacao pero no que esté muy caliente. Miro dentro y revuelvo las bolitas de chocolate que flotan como iceberg, las toco con el dedo y siento una atracción especial, como de imán y me siento cada vez más pequeño. 


De pronto floto sentado sobre una bola de chocolate que gira en el vaso siguiendo el movimiento circular que formó la cuchara. –Uuhhh, uhh, uuhh, uhh–, es fantástico dar vueltas como si estuviera sentado sobre un columpio. Oh, oh, me caen del cielo pequeños trozos de galleta. –¡Pof!. ¡pof!–, mueven el líquido provocando choques entre los trozos que aún flotan, las bolitas de chocolate aún se resisten y no se hunden, pero los trozos de galleta irremediablemente van absorbiendo la leche y se hunden despacio como pequeños submarinos. 

Creo que ahora necesita una nevada, lleno la cuchara de azúcar, –fffff, fffff–, sopla el viento huracanado y empieza a nevar –ffff, ffff– y la nieve que cae enseguida se deslíe y se va al fondo. Lo revuelvo otra vez, –Jo–, el líquido se ha vuelto espeso y con tropiezos, y ahora ¿quién se bebe este desayuno?, además está casi frío. 


A ver si puedo con la mitad, tendré que taparme la nariz para poder tomármelo deprisa y evitar que mamá se enfade.

domingo, 1 de marzo de 2015

Chibichí


¿Has oído alguna vez el piar de los polluelos dentro del nido? A mí me producen aleteos en el corazón y cosquillas en la barriga, se me dibuja una sonrisa en la cara y los ojos me brillan. Deseo ser pequeña y formar parte de tan singular familia para ver lo que ocurre dentro del nido, pero eso no es posible. Así que en realidad, lo que hago es procurar no hacer nada de ruido cuando ando cerca para no importunarlos y pasar lo más desapercibida posible, pero soñar es gratis y no puedo evitarlo.

Chibichí siempre pensó que alguien guiaba sus pasos como si hubieran escrito lo que tenía que hacer en cada momento. Como pájaro joven que era, se pasaba la vida saltando y chapoteando en cuanto encontraba agua, no paraba quieto en ningún sitio, pero al contrario de lo que se pudiera pensar, en sus correrías por el campo había tenido tiempo para conocer a muchos otros pájaros aunque no todos eran amigos. Algunos se animaban a viajar con él un trecho y esos momentos eran intensos y muy divertidos porque hacían piruetas en el aire, caían en picado, saltaban o simplemente volaban moviendo sus colas. También se peleaban y discutían piando sin cesar. Gracias al trato con sus congéneres aprendió qué animales debía evitar, cuáles podían resultar peligrosos, dónde encontrar los manjares más ricos y en qué zonas se disfrutaba mejor del viento y el agua.

Una mañana de enero una avispada pajarilla le guiñó el ojo mientras hacía en el aire  su voltereta preferida y a punto estuvo de estrellarse. Tras ese instante sintió la necesidad de asentarse y como había hecho siempre, se dejó llevar por su instinto y de pronto sin saber cómo, se encontró elaborando un nido. Eligió una pared a cubierto del viento donde colgaban claveles de aire y se puso a trabajar sin descanso durante días, febrilmente, y se sorprendió cuando de repente vio el trabajo terminado. Estaba realmente fantástico, nunca pensó que fuera capaz de hacer algo tan bonito.

En cuanto lo terminó apareció como si lo hubiera estado esperando, la preciosa pajarita y comprobó asombrado como su cuerpo se hinchaba como un globo y se pavoneaba moviendo la cola mostrándose ágil y espabilado. No debió hacerlo muy mal porque ella se mostró dispuesta ante el cortejo y en menos de lo que caza el temible cernícalo, estaban los dos afanados en los preparativos de la puesta llenando de pequeñas y suaves plumas el interior del cubículo. Mientras trabajaban se rozaban cariñosamente los picos, se tocaban las alas y sus largas colas manteniendo un cortejo sin fin.

Si eso era vivir en pareja, él estaba encantado. Al cabo de un tiempo ella puso tres huevos y Chibichí se quedó noqueado, perplejo y atónito con el acontecimiento. Como su compañera desde aquel día no se levantaba del nido para que sus huevos no se enfriaran, Chibichí divertido, empezó a traerle de vez en cuando un pequeño insecto, hasta que un día aquellos huevos comenzaron a moverse un poco y eclosionaron unos diminutos pajarillos sin plumas, feos como demonios y con unos enormes ojos que le escrutaban.


Desde aquel momento empezaron a piar pidiendo alimento y para Chibichí y su compañera terminó la paz y el romanticismo. No pararon ni un momento en busca del preciado alimento. Aquello era un tormento, ¿cómo pudo parecerle divertido alguna vez?. En varias ocasiones se le pasó por la cabeza abandonar y dejarlo todo, pero cada vez que entraba en el nido y veía a sus polluelos reconocerlo y acercárseles sin temor, entendía lo vulnerables que eran y volvía a salir a buscar más comida, así estuviera lloviendo, soleado o con viento.

Cuando andaba a la caza y captura de algún insecto observaba a sus congéneres saltar, volar y chapotear sin mayor preocupación que disfrutar el día a día y una punzada de envidia le atravesaba, hasta que un día entendió que para su asombro, también él a su manera era feliz. Los polluelos crecían a buen ritmo y llegaría el día en que abandonarían el nido como lo hizo él una vez. Entonces sería el momento de volver a dejarse llevar por las ondas del viento, a saltar piando entre las ramas y a bañarse en los charcos con los ojos y la fuerza de un veterano.


lunes, 9 de febrero de 2015

Aromas


Mientras coloreaba con los creyones se me acercó Ángel y me susurró al oído –Mnnmm, huele a primer día de cole–, y al instante me transporté a la niñez y los días de clase. 
Aunque no se aprecia, estoy entre la platanera
Recuerdo un curso en que me compraron una maleta de plástico, como los maletines para ejecutivo pero sin tapa y con una simple asa, no tenía correa para colgarla, por aquel entonces aún no se usaban las mochilas y los niños no elegíamos nuestro material como ocurre ahora, pero en aquella ocasión tuve suerte. Tenía una textura como de tela, imitaba un tejido a cuadros en tonos bastante oscuros que iban desde el azul, gris y verde hasta el negro. Me encantaba esa maleta porque siempre olía a juguete nuevo. Tenía una cremallera por delante donde me cabía una  caja de creyones, que también me gustaba acercar a la nariz para sentir el olor de la madera cada vez que los iba a usar. Es curioso, nunca me gustó mucho el cole (cosas del destino, terminé ejerciendo de profe a la que le gustaba mucho su trabajo), pero me sentía muy feliz llevando esa maleta a clase.

Preparada para el cole con mi querida maleta
Ese gesto de llevarme los materiales de dibujar a la nariz no lo he perdido, sigo intentando que me envuelva ese aroma especial, como el que tienen los libros nuevos. El papel nuevo huele de maravilla, pero también me gusta el olor de los libros viejos o el de los materiales de restauración, los aceites y barnices, la esencia de trementina al mezclarla con los pigmentos cuando vas a reintegrar el color o el que producen los cuadros recién reentelados. El olor del taller de trabajo que mantiene una atmósfera donde todos esos aromas conviven formando uno solo. Siempre lo relaciono con los trabajos recién terminados, con la habitación limpia y recién pintada, el olor del plástico con que se forran los libros nuevos, un mueble que acabas de comprar que huele a madera y embalaje, un retal de tela, cartulinas y papeles, esas  gomas para borrar que de ricas que huelen te las comerías, o los bolis que al escribir desprenden aromas de caramelo, vainilla y chocolate.

No hay nada mejor que unas vueltas en patineta en el descanso del mediodía
Cuando me siento ante la mesa de trabajo, de antemano ya sé que me acompaña todo el repertorio de olores que me guiará hacia otros mundos, otras vivencias o como hoy que sin pretenderlo me ha llevado de la mano hacia la niñez.

miércoles, 14 de enero de 2015

Sumas y restas


Queridos amigos:

Empieza el 2015 y no quiero dejar pasar la oportunidad de saludar a todos con unas letras. Para algunos,  el paso de un año a otro tiene más o menos importancia y es el momento de hacer promesas y de plantearse retos. Sinceramente, yo no le doy demasiada relevancia, porque lo mismo me da que cambie o no la fecha en el calendario, el mundo sigue con sus días y sus noches uno a continuación del otro, en su eterno despertar y adormecer. Lo que de verdad me gusta es disfrutar de la vida: reír, pasear, cantar, dibujar, leer y escribir; tampoco me importa envejecer, ni el año, mes o día que toque en el calendario, lo que me ilusiona es vivir el momento. 

En ocasiones divago sobre cómo será mi existencia dentro de ocho o diez años, me pregunto a qué dedicaré mi tiempo y cómo estaré físicamente, esto último supongo que será una preocupación común en las personas de mi edad. Cuando era una veinteañera, hace mas de treinta años, me gustaba imaginar lo que podría estar haciendo tras una decena de años, cómo sería mi día a día y dónde viviría. A esa edad no piensas en enfermedades ni hipotecas, ni en noches de insomnio y madrugadas frías, la visión es abstracta y a lo más que te aventuras es a imaginar la posibilidad de llegar algún día a tener hijos, una pareja, ser completamente independiente o tener un empleo que te guste. A esa edad la vida es blanca, simple y desconocida, después vas aprendiendo a moverte, a enfrentarte a retos, a torcer desgracias y a levantar alegrías. La incertidumbre de entonces no es la de ahora porque aunque uno pasa la vida enfrentándose a lo desconocido, la experiencia obtenida con los años te respalda. 

El otro día hablando con un conocido, una de esas personas que solo ves por estas fechas y al que le tengo especial cariño, me decía que quería que el 2014 terminara de una vez, olvidarlo para siempre, porque lo sentía como un pésimo año en el que le habían sucedido toda una serie de males que me relató en un momento. yo cuando hago memoria sobre los años vividos,  no recuerdo ninguno que quiera olvidar y dejar atrás.


Meditando el asunto e intentando hacer examen de conciencia sobre mi existencia, reconozco que he pasado momentos pésimos como todo el mundo en determinados años, a veces encadenados en lo que llegó a parecerme una serie interminable de desgracias, que tarde o temprano siempre terminaban por pasar y entonces algo bueno sucedía provocado por esos sucesos precisamente. Algo así como la suma en matemáticas de signos negativos que dan como resultado positivos, y creo que de esta manera se mueve nuestra vida, unas veces sumando buenos momentos y otra restando.

Con esta filosofía vivo día tras día, con ilusión, con esperanza en el ser humano y en el mundo, y con la idea de que siempre amanecerá un día mejor que el vivido; y si no es así, siempre podré recordar tiempos mejores hasta que pasen los malos ratos y como ocurre cuando hay temporal y termina, el aire aparece limpio y resulta un día espléndido.


Muchos besos a todos y feliz año 2015.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Libros bajo la cama



Decidió meterse en la cama pues regresaba muy cansada del viaje y tan angustiada como se había marchado. Los paseos, las visitas y el relax no funcionaron como era de suponer, estaba desesperada, hacía semanas que no lograba escribir nada y se sentía huraña, andaba perdida desde hacía un tiempo y no conseguía concentrarse lo suficiente, era como si la imaginación, que siempre le había funcionado tan bien, se hubiera tomado vacaciones. Aquello era lamentable porque no sólo le ayudaba a pagar las facturas, sino que también la hacía feliz.


Despertó bruscamente con el sol dándole de pleno en la cara, tenía la boca seca y dolor de cabeza, "la reina del despiste" –pensó–, había dejado las persianas sin bajar. En ese momento le vino a la cabeza el sueño que rondaba por su cabeza en ese momento, trataba de un personaje, que como ella, había perdido la inspiración y para que esta volviera, había llenado de libros el suelo bajo la cama, pero había despertado sin conocer el final; bueno, nada malo podía ocurrir si lo intentaba pensó, así que decidió hacerle caso a su subconsciente y desde aquel día, empezó a guardar algún que otro libro bajo la cama. Los elegía cuando pasaba cerca de las estanterías siguiendo su impulso, sin perder la esperanza de que se repitiera el sueño, que le diera una pista sobre los pasos a seguir. Si las palabras, sentimientos y emociones que albergaban, alguna noche decidían volar, evaporarse, disolverse o como sea que escapasen hacia el exterior desde el mundo de los sueños, decidieran, ya que ella estaba tan cerca, quedarse a entablar conversación, contarle secretos, aventuras y misterios al menos por un tiempo, sabía que sería justo lo necesario para animar su inspiración, el empujón que necesitaba para empezar o terminar las historias que deambulaban por su cabeza y que aun no tenían principio ni fin.


Pasadas unas semanas, los libros ya asomaban bajo la cama hasta el punto de ir a buscar los zapatos y no encontrarlos. Se agachó en su busca apartando las montañas de libros, y el ejercicio le sirvió para ser consciente del desorden que campaba a sus anchas, con un dedo de polvo por encima. Entonces decidió sacarlos, limpiarlos con esmero y sin saber por qué, empezar a tomar nota de los títulos. Cuando terminó la lista, pensó que debía ponerlos otra vez bajo la cama pero siguiendo un orden, lo correcto sería que los de cada montón tuvieran algo en común, así que empezó a releerlos y a tomar notas sobre lo que pensaba de cada uno,así fue retomando el hilo conductor que entretejían la tinta y el papel con su cerebro, y casi sin darse cuenta se obró el milagro, las ideas surgían de palabras sueltas a frases, de frases a párrafos, de párrafos a textos, y un día terminó por ser consciente de que volvía a sonreír, porque había encontrado el camino para llegar de nuevo al mundo de la palabra escrita.


lunes, 20 de octubre de 2014

Amores de leyenda


Según la Real Academia Española de la Lengua en su cuarta acepción: 
Leyenda (Del lat. legenda, n. pl. del gerundivo de legère, leer), es la relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos.





ermanecía sentado en su lado de la cama. Aún no se había puesto el pijama así que estaba arreglado como siempre y acompañado por su sordera miraba la noche a través de la ventana. En la otra mesilla de noche reposaba humeante una infusión.

La esperaba con las manos juntas casi como en oración pero relajadas y apoyadas sobre las piernas. De vez en cuando cerraba los ojos pensando que le resultaba muy fácil rememorar los años de juventud; por el contrario y desgraciadamente, de lo ocurrido a lo largo del día a día era incapaz de recordar prácticamente nada, salvo en lo relacionado con ella. 

Suspiró profundamente, la conocía desde siempre. Cuando eran niños charlaban y reían junto a los compañeros al salir de la escuela hasta que cada uno se encaminaba a su casa. Cuando llegó la adolescencia recordaba cómo la miraba sin que ella se diera cuenta, se estaba convirtiendo en una mujer espectacular, alta, delgada, alegre, simpática y con un rostro que nada tenía que envidiar a las artistas de cine. Después llegó la guerra y ella dejó los estudios para ayudar más en casa. A punto de terminar esta le tocó a él cumplir con el servicio militar, y no pudo hasta que se licenció culminar  por fin sus estudios. 

En aquel momento le parecía inalcanzable, debido a las costumbres de la época, los lutos tras la guerra y la austeridad de su familia en extremo religiosa, a la que casi todo le parecía indecoroso. 



na tarde de fiesta se armó de valor aprovechando un despiste de las carabinas que la acompañaban en las pocas ocasiones que ella salía, y le declaró sus intenciones. 

La cortejó durante seis meses, pero no soportaba estar en la misma habitación que ella sin poder tener siquiera sus manos entre las suyas. Sin poder hablar relajadamente, sino solo midiendo las palabras para que no pareciera un atrevimiento cualquier banalidad. Así que le propuso matrimonio y ella aceptó, lo que le hizo llorar en silencio de felicidad y le llenó de satisfacción, aún ahora sentía lo mismo cuando rememoraba el momento. 

Después de casados, llegó el reto de subsistir en una isla que carecía de casi todo y el viaje a Venezuela, donde encontró trabajo sin problema aunque la vida allí era muy distinta y no terminaba de sentirse cómodo. La añoranza era inmensa, escribía cartas todos los días y recibía también correspondencia casi a diario, a veces más de una carta. Ella había regresado a casa de sus padres para poder ahorrar algo y le contaba que sufría en silencio las mirada de reproche, y lloraba tumbada sobre la cama para desahogar la angustia que le producía escuchar decir por lo bajo a los vecinos la frase maldita –ese se queda como tantos y no vuelve–. Habían acordado que ella iría más adelante, como tantas parejas isleñas, cuando hubiera buscado una casa que se ajustara a sus necesidades, pero como no se acababa de ver viviendo allí, después de un año aproximadamente, regresó a la isla con los ahorros bajo el brazo para gran felicidad de la familia.


uego llegaron los hijos, el mantener cuñados o hermanos cuando las malas rachas llegaban, el cuidar de los mayores. Y ahora, sesenta años más tarde, él era uno de esos mayores. Las tornas habían cambiado sin apenas darse cuenta y los hijos ahora eran quienes lo organizaban todo.

No oyó la campanita que alerta cuando abrimos la puerta de la calle. Al entrar en la habitación la imagen me dejó perpleja y sentí un fuerte deseo de abrazarlo y una angustia terrible al pensar en lo que estaría pasando por su cabeza, pero él ya estaba colmando de besos a mi madre, su amada, mientras ella sonreía y le decía: –Me estabas esperando, pero si ya es muy tarde_. Al sentarse sobre la cama reparó en la infusión, –¿Y la tacita de agua?–. –Oh, es por si al final venías– respondió él con una sonrisa tomando su rostro entre las manos sin dejar de sonreír. –Menos mal, menos mal, empezaba a creer que a estas horas de la noche ya no te daban el alta_. Y tras suspirar comentó –Ya me puedo poner el pijama, sólo ha sido un susto– y un leve movimiento de los labios exteriorizó su amargura por un instante.

En sus miradas se intuye juventud, inquietud y ganas de vivir; pero el paso  de los años no perdona, las arrugas en sus rostros, en las manos y los andares más torpes, los delatan.  Si no fuera por eso, si sólo viésemos sus ojos, creeríamos que aún son unos jóvenes enamorados.



espués de más de media vida juntos, pensando en el otro y sintiendo por el otro no dejan nunca de asombrarme. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El ocupa


Esta pequeña historia sucedió este verano, y aunque está inspirada en un hecho real, no deja de ser una creación y como tal debe ser disfrutada. He evitado utilizar nombres propios o comunes, salvo el de la localidad donde se produjo.



Vivía de manera sosegada y sin sobresaltos. Había encontrado un lugar agradable donde dormir que resultaba bastante calentito en invierno, con fácil acceso a la comida que podía necesitar y aunque a veces oía tras su cobijo un poco de jaleo, la verdad es que en aquella casa se sentía bastante seguro y tranquilo. No era de su propiedad, pero a quién le preocupaba eso.


Solo había algo que le molestaba terriblemente, las fuertes sacudidas que se producían sin causa aparente y que en ocasiones le despertaban. Las precedía un ruido metálico como el que produce algo al caer, que en ocasiones venía acompañado de todo un repertorio de improperios. Al principio lo asoció a alguna fuerza sobrenatural como los terremotos, pero no terminaba de convencerle, después pensó que quizá venía asociado a que la casa estaba muy cerca del metro. ¿Pero no resultaba demasiado exagerado? Al final pensó que quizá fuera la rabieta de algún ente, no estaba muy puesto en temas esotéricos, el caso era que escapaba a su entendimiento y empezaban seriamente a preocuparle.


La gota que colmó el vaso se produjo a media mañana, un día que dormitaba después de haber desayunado un paquete completo de galletas. Despertó asustado con el envoltorio de las galletas por encima y trozos de las mismas por doquier, se oían gritos y ruido de llaves. Alguien estaba ante la puerta de la casa intentando abrir. Su instinto, que rara vez se equivocaba, le avisó del peligro, así que preparó una bolsa con lo imprescindible, se escondió lo mejor que pudo y se quedó muy quieto y alerta.

Desde su escondite observó como un fogonazo de luz inundaba de claridad la habitación al tiempo que la puerta se abría y unas manos comenzaban a tirar por el suelo toda la comida que estaba en los estantes al tiempo que gritaban toda una retahíla de tacos que un caballero, aunque sin techo, no debe nunca repetir. 

Aquello se estaba poniendo muy feo. Tenía que huir. El atacante era mucho más grande que él, parecía violento y al paso que iba no tardaría en encontrarlo. Por experiencia sabía que los ocupas nunca son bien recibidos y de sabios es salvar el pellejo cuando se presente la ocasión, que tiempo habrá de planear el contraataque. Así que aprovechando un descuido del intruso puso pies en polvorosa. Mientras corría, oía tras de si, gritos y zapatazos, y por el rabillo del ojo vio cómo la gente empezaba a agruparse atraídos por el espectáculo y sintió varios flash. Estaba claro que alguien quería aprovechar el acoso al que se veía sometido como noticia, pero para entonces, ya corría con una sonrisa en los labios por las vías del metro como alma que lleva el diablo, dispuesto a la búsqueda de un nuevo hogar.


En las noticias del día siguiente, aparecieron fotografías en periódicos, vídeos en televisión y en web, de un ratón dentro de una máquina expendedora:


BARCELONA
Un ratón se cuela en una máquina de comida del Metro de Barcelona
ABC.ES / BARCELONA
"La máquina, ubicada en Sants, ha sido vaciada, limpiada y desactivada. La empresa responsable dice que es la primera vez que ven un caso así pues las máquinas están blindadas y ..."


    TMB investiga cómo se coló un ratón en una máquina expendedora ...
Día 23/07/2014 - 20.44h
"La empresa de transporte investiga el hecho después de difundirse un vídeo en las redes sociales..."