miércoles, 1 de abril de 2015

Desayunando


Cuando era pequeñaja, pasaba el momento del desayuno fantaseando y jugando siempre que no había prisa, y en ocasiones aunque la hubiera. A veces me viene a la memoria el recuerdo de mi madre persiguiéndome escaleras abajo con el vaso del desayuno a rastras, para evitar que fuera al cole sin probar bocado mientras el micro me esperaba impaciente  en la esquina. Supongo que casos parecidos se siguen repitiendo cada día donde hay niños.




Corro hacia la cocina porque es la hora de desayunar y en ese momento escucho la voz de mamá –¡Vamoooss a desayunaaar!–, me siento a la mesa en el momento en que coloca el plato, la cuchara, el azúcar y su mano se acerca con el vaso de leche.


Me gustan las manos de mamá, son suaves y saben hacer muchas cosas. Me acarician con dulzura, me peinan y me ayudan a vestirme, a veces también se enfadan y me señalan con el dedo firmemente mientras me regaña. Siempre huelen bien, a cosas ricas o a perfume. Hoy huelen a miel y galletas. 



Su mano sobre mi cabeza me da a entender que puedo servirme el cacao, así que introduzco la cuchara en el bote y la suelto como una bomba sobre el vaso –Poff–. 



Me gusta la leche con cacao pero no que esté muy caliente. Miro dentro y revuelvo las bolitas de chocolate que flotan como iceberg, las toco con el dedo y siento una atracción especial, como de imán y me siento cada vez más pequeño. 


De pronto floto sentado sobre una bola de chocolate que gira en el vaso siguiendo el movimiento circular que formó la cuchara. –Uuhhh, uhh, uuhh, uhh–, es fantástico dar vueltas como si estuviera sentado sobre un columpio. Oh, oh, me caen del cielo pequeños trozos de galleta. –¡Pof!. ¡pof!–, mueven el líquido provocando choques entre los trozos que aún flotan, las bolitas de chocolate aún se resisten y no se hunden, pero los trozos de galleta irremediablemente van absorbiendo la leche y se hunden despacio como pequeños submarinos. 

Creo que ahora necesita una nevada, lleno la cuchara de azúcar, –fffff, fffff–, sopla el viento huracanado y empieza a nevar –ffff, ffff– y la nieve que cae enseguida se deslíe y se va al fondo. Lo revuelvo otra vez, –Jo–, el líquido se ha vuelto espeso y con tropiezos, y ahora ¿quién se bebe este desayuno?, además está casi frío. 


A ver si puedo con la mitad, tendré que taparme la nariz para poder tomármelo deprisa y evitar que mamá se enfade.

domingo, 1 de marzo de 2015

Chibichí


¿Has oído alguna vez el piar de los polluelos dentro del nido? A mí me producen aleteos en el corazón y cosquillas en la barriga, se me dibuja una sonrisa en la cara y los ojos me brillan. Deseo ser pequeña y formar parte de tan singular familia para ver lo que ocurre dentro del nido, pero eso no es posible. Así que en realidad, lo que hago es procurar no hacer nada de ruido cuando ando cerca para no importunarlos y pasar lo más desapercibida posible, pero soñar es gratis y no puedo evitarlo.

Chibichí siempre pensó que alguien guiaba sus pasos como si hubieran escrito lo que tenía que hacer en cada momento. Como pájaro joven que era, se pasaba la vida saltando y chapoteando en cuanto encontraba agua, no paraba quieto en ningún sitio, pero al contrario de lo que se pudiera pensar, en sus correrías por el campo había tenido tiempo para conocer a muchos otros pájaros aunque no todos eran amigos. Algunos se animaban a viajar con él un trecho y esos momentos eran intensos y muy divertidos porque hacían piruetas en el aire, caían en picado, saltaban o simplemente volaban moviendo sus colas. También se peleaban y discutían piando sin cesar. Gracias al trato con sus congéneres aprendió qué animales debía evitar, cuáles podían resultar peligrosos, dónde encontrar los manjares más ricos y en qué zonas se disfrutaba mejor del viento y el agua.

Una mañana de enero una avispada pajarilla le guiñó el ojo mientras hacía en el aire  su voltereta preferida y a punto estuvo de estrellarse. Tras ese instante sintió la necesidad de asentarse y como había hecho siempre, se dejó llevar por su instinto y de pronto sin saber cómo, se encontró elaborando un nido. Eligió una pared a cubierto del viento donde colgaban claveles de aire y se puso a trabajar sin descanso durante días, febrilmente, y se sorprendió cuando de repente vio el trabajo terminado. Estaba realmente fantástico, nunca pensó que fuera capaz de hacer algo tan bonito.

En cuanto lo terminó apareció como si lo hubiera estado esperando, la preciosa pajarita y comprobó asombrado como su cuerpo se hinchaba como un globo y se pavoneaba moviendo la cola mostrándose ágil y espabilado. No debió hacerlo muy mal porque ella se mostró dispuesta ante el cortejo y en menos de lo que caza el temible cernícalo, estaban los dos afanados en los preparativos de la puesta llenando de pequeñas y suaves plumas el interior del cubículo. Mientras trabajaban se rozaban cariñosamente los picos, se tocaban las alas y sus largas colas manteniendo un cortejo sin fin.

Si eso era vivir en pareja, él estaba encantado. Al cabo de un tiempo ella puso tres huevos y Chibichí se quedó noqueado, perplejo y atónito con el acontecimiento. Como su compañera desde aquel día no se levantaba del nido para que sus huevos no se enfriaran, Chibichí divertido, empezó a traerle de vez en cuando un pequeño insecto, hasta que un día aquellos huevos comenzaron a moverse un poco y eclosionaron unos diminutos pajarillos sin plumas, feos como demonios y con unos enormes ojos que le escrutaban.


Desde aquel momento empezaron a piar pidiendo alimento y para Chibichí y su compañera terminó la paz y el romanticismo. No pararon ni un momento en busca del preciado alimento. Aquello era un tormento, ¿cómo pudo parecerle divertido alguna vez?. En varias ocasiones se le pasó por la cabeza abandonar y dejarlo todo, pero cada vez que entraba en el nido y veía a sus polluelos reconocerlo y acercárseles sin temor, entendía lo vulnerables que eran y volvía a salir a buscar más comida, así estuviera lloviendo, soleado o con viento.

Cuando andaba a la caza y captura de algún insecto observaba a sus congéneres saltar, volar y chapotear sin mayor preocupación que disfrutar el día a día y una punzada de envidia le atravesaba, hasta que un día entendió que para su asombro, también él a su manera era feliz. Los polluelos crecían a buen ritmo y llegaría el día en que abandonarían el nido como lo hizo él una vez. Entonces sería el momento de volver a dejarse llevar por las ondas del viento, a saltar piando entre las ramas y a bañarse en los charcos con los ojos y la fuerza de un veterano.


lunes, 9 de febrero de 2015

Aromas


Mientras coloreaba con los creyones se me acercó Ángel y me susurró al oído –Mnnmm, huele a primer día de cole–, y al instante me transporté a la niñez y los días de clase. 
Aunque no se aprecia, estoy entre la platanera
Recuerdo un curso en que me compraron una maleta de plástico, como los maletines para ejecutivo pero sin tapa y con una simple asa, no tenía correa para colgarla, por aquel entonces aún no se usaban las mochilas y los niños no elegíamos nuestro material como ocurre ahora, pero en aquella ocasión tuve suerte. Tenía una textura como de tela, imitaba un tejido a cuadros en tonos bastante oscuros que iban desde el azul, gris y verde hasta el negro. Me encantaba esa maleta porque siempre olía a juguete nuevo. Tenía una cremallera por delante donde me cabía una  caja de creyones, que también me gustaba acercar a la nariz para sentir el olor de la madera cada vez que los iba a usar. Es curioso, nunca me gustó mucho el cole (cosas del destino, terminé ejerciendo de profe a la que le gustaba mucho su trabajo), pero me sentía muy feliz llevando esa maleta a clase.

Preparada para el cole con mi querida maleta
Ese gesto de llevarme los materiales de dibujar a la nariz no lo he perdido, sigo intentando que me envuelva ese aroma especial, como el que tienen los libros nuevos. El papel nuevo huele de maravilla, pero también me gusta el olor de los libros viejos o el de los materiales de restauración, los aceites y barnices, la esencia de trementina al mezclarla con los pigmentos cuando vas a reintegrar el color o el que producen los cuadros recién reentelados. El olor del taller de trabajo que mantiene una atmósfera donde todos esos aromas conviven formando uno solo. Siempre lo relaciono con los trabajos recién terminados, con la habitación limpia y recién pintada, el olor del plástico con que se forran los libros nuevos, un mueble que acabas de comprar que huele a madera y embalaje, un retal de tela, cartulinas y papeles, esas  gomas para borrar que de ricas que huelen te las comerías, o los bolis que al escribir desprenden aromas de caramelo, vainilla y chocolate.

No hay nada mejor que unas vueltas en patineta en el descanso del mediodía
Cuando me siento ante la mesa de trabajo, de antemano ya sé que me acompaña todo el repertorio de olores que me guiará hacia otros mundos, otras vivencias o como hoy que sin pretenderlo me ha llevado de la mano hacia la niñez.

miércoles, 14 de enero de 2015

Sumas y restas


Queridos amigos:

Empieza el 2015 y no quiero dejar pasar la oportunidad de saludar a todos con unas letras. Para algunos,  el paso de un año a otro tiene más o menos importancia y es el momento de hacer promesas y de plantearse retos. Sinceramente, yo no le doy demasiada relevancia, porque lo mismo me da que cambie o no la fecha en el calendario, el mundo sigue con sus días y sus noches uno a continuación del otro, en su eterno despertar y adormecer. Lo que de verdad me gusta es disfrutar de la vida: reír, pasear, cantar, dibujar, leer y escribir; tampoco me importa envejecer, ni el año, mes o día que toque en el calendario, lo que me ilusiona es vivir el momento. 

En ocasiones divago sobre cómo será mi existencia dentro de ocho o diez años, me pregunto a qué dedicaré mi tiempo y cómo estaré físicamente, esto último supongo que será una preocupación común en las personas de mi edad. Cuando era una veinteañera, hace mas de treinta años, me gustaba imaginar lo que podría estar haciendo tras una decena de años, cómo sería mi día a día y dónde viviría. A esa edad no piensas en enfermedades ni hipotecas, ni en noches de insomnio y madrugadas frías, la visión es abstracta y a lo más que te aventuras es a imaginar la posibilidad de llegar algún día a tener hijos, una pareja, ser completamente independiente o tener un empleo que te guste. A esa edad la vida es blanca, simple y desconocida, después vas aprendiendo a moverte, a enfrentarte a retos, a torcer desgracias y a levantar alegrías. La incertidumbre de entonces no es la de ahora porque aunque uno pasa la vida enfrentándose a lo desconocido, la experiencia obtenida con los años te respalda. 

El otro día hablando con un conocido, una de esas personas que solo ves por estas fechas y al que le tengo especial cariño, me decía que quería que el 2014 terminara de una vez, olvidarlo para siempre, porque lo sentía como un pésimo año en el que le habían sucedido toda una serie de males que me relató en un momento. yo cuando hago memoria sobre los años vividos,  no recuerdo ninguno que quiera olvidar y dejar atrás.


Meditando el asunto e intentando hacer examen de conciencia sobre mi existencia, reconozco que he pasado momentos pésimos como todo el mundo en determinados años, a veces encadenados en lo que llegó a parecerme una serie interminable de desgracias, que tarde o temprano siempre terminaban por pasar y entonces algo bueno sucedía provocado por esos sucesos precisamente. Algo así como la suma en matemáticas de signos negativos que dan como resultado positivos, y creo que de esta manera se mueve nuestra vida, unas veces sumando buenos momentos y otra restando.

Con esta filosofía vivo día tras día, con ilusión, con esperanza en el ser humano y en el mundo, y con la idea de que siempre amanecerá un día mejor que el vivido; y si no es así, siempre podré recordar tiempos mejores hasta que pasen los malos ratos y como ocurre cuando hay temporal y termina, el aire aparece limpio y resulta un día espléndido.


Muchos besos a todos y feliz año 2015.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Libros bajo la cama



Decidió meterse en la cama pues regresaba muy cansada del viaje y tan angustiada como se había marchado. Los paseos, las visitas y el relax no funcionaron como era de suponer, estaba desesperada, hacía semanas que no lograba escribir nada y se sentía huraña, andaba perdida desde hacía un tiempo y no conseguía concentrarse lo suficiente, era como si la imaginación, que siempre le había funcionado tan bien, se hubiera tomado vacaciones. Aquello era lamentable porque no sólo le ayudaba a pagar las facturas, sino que también la hacía feliz.


Despertó bruscamente con el sol dándole de pleno en la cara, tenía la boca seca y dolor de cabeza, "la reina del despiste" –pensó–, había dejado las persianas sin bajar. En ese momento le vino a la cabeza el sueño que rondaba por su cabeza en ese momento, trataba de un personaje, que como ella, había perdido la inspiración y para que esta volviera, había llenado de libros el suelo bajo la cama, pero había despertado sin conocer el final; bueno, nada malo podía ocurrir si lo intentaba pensó, así que decidió hacerle caso a su subconsciente y desde aquel día, empezó a guardar algún que otro libro bajo la cama. Los elegía cuando pasaba cerca de las estanterías siguiendo su impulso, sin perder la esperanza de que se repitiera el sueño, que le diera una pista sobre los pasos a seguir. Si las palabras, sentimientos y emociones que albergaban, alguna noche decidían volar, evaporarse, disolverse o como sea que escapasen hacia el exterior desde el mundo de los sueños, decidieran, ya que ella estaba tan cerca, quedarse a entablar conversación, contarle secretos, aventuras y misterios al menos por un tiempo, sabía que sería justo lo necesario para animar su inspiración, el empujón que necesitaba para empezar o terminar las historias que deambulaban por su cabeza y que aun no tenían principio ni fin.


Pasadas unas semanas, los libros ya asomaban bajo la cama hasta el punto de ir a buscar los zapatos y no encontrarlos. Se agachó en su busca apartando las montañas de libros, y el ejercicio le sirvió para ser consciente del desorden que campaba a sus anchas, con un dedo de polvo por encima. Entonces decidió sacarlos, limpiarlos con esmero y sin saber por qué, empezar a tomar nota de los títulos. Cuando terminó la lista, pensó que debía ponerlos otra vez bajo la cama pero siguiendo un orden, lo correcto sería que los de cada montón tuvieran algo en común, así que empezó a releerlos y a tomar notas sobre lo que pensaba de cada uno,así fue retomando el hilo conductor que entretejían la tinta y el papel con su cerebro, y casi sin darse cuenta se obró el milagro, las ideas surgían de palabras sueltas a frases, de frases a párrafos, de párrafos a textos, y un día terminó por ser consciente de que volvía a sonreír, porque había encontrado el camino para llegar de nuevo al mundo de la palabra escrita.


lunes, 20 de octubre de 2014

Amores de leyenda


Según la Real Academia Española de la Lengua en su cuarta acepción: 
Leyenda (Del lat. legenda, n. pl. del gerundivo de legère, leer), es la relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos.





ermanecía sentado en su lado de la cama. Aún no se había puesto el pijama así que estaba arreglado como siempre y acompañado por su sordera miraba la noche a través de la ventana. En la otra mesilla de noche reposaba humeante una infusión.

La esperaba con las manos juntas casi como en oración pero relajadas y apoyadas sobre las piernas. De vez en cuando cerraba los ojos pensando que le resultaba muy fácil rememorar los años de juventud; por el contrario y desgraciadamente, de lo ocurrido a lo largo del día a día era incapaz de recordar prácticamente nada, salvo en lo relacionado con ella. 

Suspiró profundamente, la conocía desde siempre. Cuando eran niños charlaban y reían junto a los compañeros al salir de la escuela hasta que cada uno se encaminaba a su casa. Cuando llegó la adolescencia recordaba cómo la miraba sin que ella se diera cuenta, se estaba convirtiendo en una mujer espectacular, alta, delgada, alegre, simpática y con un rostro que nada tenía que envidiar a las artistas de cine. Después llegó la guerra y ella dejó los estudios para ayudar más en casa. A punto de terminar esta le tocó a él cumplir con el servicio militar, y no pudo hasta que se licenció culminar  por fin sus estudios. 

En aquel momento le parecía inalcanzable, debido a las costumbres de la época, los lutos tras la guerra y la austeridad de su familia en extremo religiosa, a la que casi todo le parecía indecoroso. 



na tarde de fiesta se armó de valor aprovechando un despiste de las carabinas que la acompañaban en las pocas ocasiones que ella salía, y le declaró sus intenciones. 

La cortejó durante seis meses, pero no soportaba estar en la misma habitación que ella sin poder tener siquiera sus manos entre las suyas. Sin poder hablar relajadamente, sino solo midiendo las palabras para que no pareciera un atrevimiento cualquier banalidad. Así que le propuso matrimonio y ella aceptó, lo que le hizo llorar en silencio de felicidad y le llenó de satisfacción, aún ahora sentía lo mismo cuando rememoraba el momento. 

Después de casados, llegó el reto de subsistir en una isla que carecía de casi todo y el viaje a Venezuela, donde encontró trabajo sin problema aunque la vida allí era muy distinta y no terminaba de sentirse cómodo. La añoranza era inmensa, escribía cartas todos los días y recibía también correspondencia casi a diario, a veces más de una carta. Ella había regresado a casa de sus padres para poder ahorrar algo y le contaba que sufría en silencio las mirada de reproche, y lloraba tumbada sobre la cama para desahogar la angustia que le producía escuchar decir por lo bajo a los vecinos la frase maldita –ese se queda como tantos y no vuelve–. Habían acordado que ella iría más adelante, como tantas parejas isleñas, cuando hubiera buscado una casa que se ajustara a sus necesidades, pero como no se acababa de ver viviendo allí, después de un año aproximadamente, regresó a la isla con los ahorros bajo el brazo para gran felicidad de la familia.


uego llegaron los hijos, el mantener cuñados o hermanos cuando las malas rachas llegaban, el cuidar de los mayores. Y ahora, sesenta años más tarde, él era uno de esos mayores. Las tornas habían cambiado sin apenas darse cuenta y los hijos ahora eran quienes lo organizaban todo.

No oyó la campanita que alerta cuando abrimos la puerta de la calle. Al entrar en la habitación la imagen me dejó perpleja y sentí un fuerte deseo de abrazarlo y una angustia terrible al pensar en lo que estaría pasando por su cabeza, pero él ya estaba colmando de besos a mi madre, su amada, mientras ella sonreía y le decía: –Me estabas esperando, pero si ya es muy tarde_. Al sentarse sobre la cama reparó en la infusión, –¿Y la tacita de agua?–. –Oh, es por si al final venías– respondió él con una sonrisa tomando su rostro entre las manos sin dejar de sonreír. –Menos mal, menos mal, empezaba a creer que a estas horas de la noche ya no te daban el alta_. Y tras suspirar comentó –Ya me puedo poner el pijama, sólo ha sido un susto– y un leve movimiento de los labios exteriorizó su amargura por un instante.

En sus miradas se intuye juventud, inquietud y ganas de vivir; pero el paso  de los años no perdona, las arrugas en sus rostros, en las manos y los andares más torpes, los delatan.  Si no fuera por eso, si sólo viésemos sus ojos, creeríamos que aún son unos jóvenes enamorados.



espués de más de media vida juntos, pensando en el otro y sintiendo por el otro no dejan nunca de asombrarme. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El ocupa


Esta pequeña historia sucedió este verano, y aunque está inspirada en un hecho real, no deja de ser una creación y como tal debe ser disfrutada. He evitado utilizar nombres propios o comunes, salvo el de la localidad donde se produjo.



Vivía de manera sosegada y sin sobresaltos. Había encontrado un lugar agradable donde dormir que resultaba bastante calentito en invierno, con fácil acceso a la comida que podía necesitar y aunque a veces oía tras su cobijo un poco de jaleo, la verdad es que en aquella casa se sentía bastante seguro y tranquilo. No era de su propiedad, pero a quién le preocupaba eso.


Solo había algo que le molestaba terriblemente, las fuertes sacudidas que se producían sin causa aparente y que en ocasiones le despertaban. Las precedía un ruido metálico como el que produce algo al caer, que en ocasiones venía acompañado de todo un repertorio de improperios. Al principio lo asoció a alguna fuerza sobrenatural como los terremotos, pero no terminaba de convencerle, después pensó que quizá venía asociado a que la casa estaba muy cerca del metro. ¿Pero no resultaba demasiado exagerado? Al final pensó que quizá fuera la rabieta de algún ente, no estaba muy puesto en temas esotéricos, el caso era que escapaba a su entendimiento y empezaban seriamente a preocuparle.


La gota que colmó el vaso se produjo a media mañana, un día que dormitaba después de haber desayunado un paquete completo de galletas. Despertó asustado con el envoltorio de las galletas por encima y trozos de las mismas por doquier, se oían gritos y ruido de llaves. Alguien estaba ante la puerta de la casa intentando abrir. Su instinto, que rara vez se equivocaba, le avisó del peligro, así que preparó una bolsa con lo imprescindible, se escondió lo mejor que pudo y se quedó muy quieto y alerta.

Desde su escondite observó como un fogonazo de luz inundaba de claridad la habitación al tiempo que la puerta se abría y unas manos comenzaban a tirar por el suelo toda la comida que estaba en los estantes al tiempo que gritaban toda una retahíla de tacos que un caballero, aunque sin techo, no debe nunca repetir. 

Aquello se estaba poniendo muy feo. Tenía que huir. El atacante era mucho más grande que él, parecía violento y al paso que iba no tardaría en encontrarlo. Por experiencia sabía que los ocupas nunca son bien recibidos y de sabios es salvar el pellejo cuando se presente la ocasión, que tiempo habrá de planear el contraataque. Así que aprovechando un descuido del intruso puso pies en polvorosa. Mientras corría, oía tras de si, gritos y zapatazos, y por el rabillo del ojo vio cómo la gente empezaba a agruparse atraídos por el espectáculo y sintió varios flash. Estaba claro que alguien quería aprovechar el acoso al que se veía sometido como noticia, pero para entonces, ya corría con una sonrisa en los labios por las vías del metro como alma que lleva el diablo, dispuesto a la búsqueda de un nuevo hogar.


En las noticias del día siguiente, aparecieron fotografías en periódicos, vídeos en televisión y en web, de un ratón dentro de una máquina expendedora:


BARCELONA
Un ratón se cuela en una máquina de comida del Metro de Barcelona
ABC.ES / BARCELONA
"La máquina, ubicada en Sants, ha sido vaciada, limpiada y desactivada. La empresa responsable dice que es la primera vez que ven un caso así pues las máquinas están blindadas y ..."


    TMB investiga cómo se coló un ratón en una máquina expendedora ...
Día 23/07/2014 - 20.44h
"La empresa de transporte investiga el hecho después de difundirse un vídeo en las redes sociales..."

domingo, 15 de junio de 2014

La vida que sueño.



Queridos amigos lectores:

Gracias por acompañarme en esta nueva andanza que me ha resultado muy grata. Con esta carta les anuncio que hasta después del verano voy a dejarles descansar, pero que amenazo con volver en cuanto termine el periodo estival en el que todos tendremos recargadas las pilas, y para aquellos que necesiten un empujoncito, que les ayude a  enfrentarse con las tareas que les correspondan ahí estaré, porque los sueños, como todo lo bueno que llevamos dentro si no se comparten no tienen sentido.

Cuando dibujo, como cuando leo, me transporto a otro mundo como si viajara por el ciberespacio. No es que me imagine con escafandra y traje espacial, pero sí que me siento especial. Floto en el aire como una pluma y mi ser se plasma en el papel mientras mi mente dibuja los personajes, los paisajes y las situaciones que veo. Parte de mí queda reposando en los dibujos, como el niño que se duerme sobre sus juguetes y los arropa con su aliento. 

Lo mismo me ocurre cuando escribo, al transmitir lo que danza en mi interior, ese baile de imágenes que se derraman en frases o poemas sobre las páginas. Es entonces cuando el conjunto cobra vida dentro de mi cabeza, mi mente trabaja al instante a mil revoluciones por minuto, que con la velocidad vertiginosa en la que vivimos ya no pueden parecer muchas, pero que a mí me siguen pareciendo una barbaridad, e intento transmitir la idea para que disfruten de este lugar especial y fantástico donde habito.


Me siento afortunada por ser una soñadora y por atreverme a acercarles mi mundo, en el que las letras surgen como la niebla, con esa magia, con la que se mueve la bruma entre las laderas de nuestras montañas.

El suave murmullo trae aromas de campo
y tu imaginación permite que todo se haga                                  transparente, 
cuando atraviesas con la mirada
las pequeñas gotas de agua 
que resbalan vertiginosamente
por el cristal de la ventana.
La oscura bruma ha cubierto la ciudad 
tratando quizá de ocultar, 
la colmena en la que el hombre pierde 
toda su ingenuidad y pureza, 
donde vive, se desarrolla y muere 
sin llegar nunca a comprender 
qué hace allí y por qué es así.
Cuando la naturaleza vibra en el mundo, 
miles o tan sólo unos pocos se dan cuenta…
Las últimas gotas de lluvia acaban de estrellarse 
contra el asfalto que repele el agua, 
y han muerto en esos pequeños charcos 
que se deslizan suavemente, 
con armoniosa musicalidad por el borde de la calle, 
para irrumpir en un instante como grandes cataratas 
entre los desagües y alcantarillas de nuestra ciudad.
Acabó todo, el pájaro vuelve a trinar. 
Tal vez también él se haya dado cuenta. 

El lector ha de gozar leyendo siempre y el creador ha de conseguir que viajemos subidos sobre un libro como en un cohete por el ciberespacio y esa es mi aventura, la vida que sueño alrededor de los libros.

Les espero a la vuelta.







domingo, 8 de junio de 2014

Azul



Bebo quería pintar las paredes de su habitación de color azul, pero tras mantener una charla con Rudo el duende y Pia el pájaro cantor, ya no estaba seguro de haber elegido el color adecuado y en cualquier caso, ¿en qué tono de azul? Así que decidió que lo mejor era pedirle opinión a sus amistades. 


Rudo se encargó de hablar con las hormigas que inmediatamente decidieron que era un tema interesante y nada complejo, pero tras una hora larga de discusión en la que  no llegaron a ponerse de acuerdo, y preocupadas por dejar de lado sus quehaceres que eran muchos, le pasaron el problema a Doro el enano mágico, convencidas de que como tenía fama de ser muy cabezota lo decidiría sin más. 


Pero tras mucho cavilar tampoco Doro se decidía por el color apropiado, ya que nunca se había parado a pensar qué importancia podía tener un color frente a otro, pues él en su casa, los cambiaba sobre la marcha según le apetecía, con sólo mover un dedo.

Decidió entonces plantearle el enigma a Sarantontón que era una mariquita muy despierta, seguro que entre los dos decidirían cuál podía ser el color más acertado para la habitación de Bebo, pero pronto se arrepintió, porque a Sarantontón sólo le gustaban los colores brillantes y jamás, jamás habría pensado en el simple azul.



Sarantontón un tanto indignada por la polémica con Doro el enano, decidió ir al castillo del prado para observar los colores del interior, porque tenía muy claro que si allí vivía gente importante, las paredes las tendrían como era lógico pensar de colores brillantes. Con esta idea se encaminó hacia el lugar con Rudo, que le pareció una compañía menos obtusa tras la discusión con el enano y convencida de que allí encontrarían la solución al problema de la elección del color.


Sin embargo, tras pasear durante un par de horas observando las paredes por el interior del castillo y muy a su pesar, de lo único que estaban seguros, era de que cada habitación estaba decorada y pintada según el morador que vivía en ella y por más asombroso que pudiera parecer, todas tenían algo especial aunque no tuvieran las paredes brillantes. 




De esta manera, Rudo el duende y Doro el enano fueron por fin a hablar con Bebo que seguía esperando consejo, para decirle que después de mucho cabilar, y como eran muchas las fuentes consultadas y muy diversas, no habían llegado a consenso, y que lo mejor que podía hacer, era pintarla como le pedía el corazón porque así siempre, siempre, se sentiría a gusto.



domingo, 1 de junio de 2014

Amor loco


¿Se puede sentir amor por un desconocido?

Yo me enamoré perdidamente una tarde de principios de abril, un día ventoso en el que caían unas chispitas que lo humedecían todo, y a ratos con la tibieza del sol en esa época del año, se iluminaba tímidamente la calle por unos instantes, dándome la sensación de que el día se detenía, como si se aletargara.

Recuerdo que medio corrías supongo que por culpa de la llovizna, mientras  te tapabas la cabeza como podías, con el bolso en una mano y con la otra te agarrabas la falda que tendía a seguir el ritmo de una brisa majadera.

Subiste la escalera que conducía al muelle de madera donde esperaban con el balanceo eterno del mar, las barcazas de los pescadores. Miraste a lo lejos buscando algo o a alguien y te detuviste un momento observando el sol, mientras te protegías los ojos con la mano, volviendo despues a bajar.

Yo que tomaba una caña en el guachinche playero casi desierto por culpa del mal tiempo, me levanté de un salto al verte, y apresuré el paso hacia donde estabas, pero tú ni me miraste, consultaste el reloj, te dirigiste hacia la parada de guaguas y te subiste a una aprovechando que llegaba en ese instante.


La gente cree que me gusta pasear a la orilla del mar, porque desde aquella primera vez acudo siempre que puedo a la misma zona de la playa. Ya no recuerdo tu cara, pero cuando sueño despierto aún veo tu silueta mirar a lo lejos para despues consultar el reloj en un bucle eterno.

Hace más de veinte años que repito esta rutina, casi siempre a la misma hora tras el regreso a casa después del almuerzo. A veces en mi anhelo he creido verte, pero al instante me desengaño porque no eres tu y aunque parezca imposible, te sigo queriendo.