sábado, 4 de abril de 2026

Estan ahí

No sé si habrán visto "Los otros", 2001, una peli hispano-estadounidense, escrita y dirigida por Alejandro Amenábar, que se desarrolla en la Isla de Jersey, allá por 1945. Si no la han visto, la recomiendo, igual que aconsejo volverla a ver.

Nos situa en el contexto del término de la II guerra mundial. El marido de Grace no vuelve, y ella se encuentra sola en un aislado caserón victoriano, donde educa a sus hijos dentro de rígidas normas religiosas y les impone una regla de oro: mantener la casa en penumbra. Al final, esta orden se romperá. Y para saber más hay que visionarla.


Todos siguen ahí y se pasean por mi cabeza sin control. Unos días vienen y se posan en lo que toco o donde miro, y otros van como a hurtadillas enredados entre mis neuronas, pero siempre laten fieles dentro de mi corazón.

Recuerdo a Cándida con amor. Era prima segunda de mi madre, pero para nosotros, los niños, era tía Cándida. Era de estatura media y guapetona. Nació en la primera década de mil novecientos. Era religiosa y aunque acudía a misa con frecuencia, no era mojigata, y con ella mamá hablaba abiertamente y se reía igual, sin tapujos. Cuando llegaba el santo de papá , siempre le traía galletas y en ocasiones también mantequilla que preparaba ella misma.

No le conocí pareja alguna y vivió siempre a su ritmo, sin sentirse una solterona, que por aquel entonces era lo habitual, hasta que fue tan mayor que tuvo que trasladarse a un piso compartido con otra de sus hermanas. Alcanzó, que yo sepa, los 102 años y totalmente lúcida, y recuerdo que los últimos años, antes de mudarse, subía las tres plantas de la casa familiar, en La Laguna, a cuatro patas para no caerse, pues la escalera era muy empinada y ella habitaba en la buhardilla, en un mini piso muy acogedor, luminoso y lleno de plantas. Amaba su libertad y su independencia. Los últimos años que vivió de manera autónoma, papá le hacía la compra y se la llevaba porque ella ya no podía con las bolsas.

Siempre parecía feliz y siempre mostraba un rostro amable. Era de cultura inquieta y buena lectora. Y se carteaba con sus hermanos que emigraron a Puerto Rico, o se hablaban muy de tiempo en tiempo por teléfono. Y es que antes, las comunicaciones no eran como las de ahora, en la que todo es instantáneo. También disfrutaba calando, haciendo bolillos, ganchillo o bordando. Mamá iba a verla varias veces por semana, y pasaban la tarde entre charla y silencios, acompañadas de un té, mientras trabajaban de forma mecánica sus labores. Algunas veces yo las acompañaba, pero no logro recordar en qué me entretenía, porque por aquel entonces, tendría unos doce años, aún no me había entrado el gusanillo de tejer aunque ya había aprendido a hacerlo, quizá me dedicaba a dibujar pues eso lo hacía a todas horas.

Mi recuerdo en este mes de abril es para ella, por ser una mujer que rompió moldes y estereotipos. Chapó por Cándida.


 



miércoles, 4 de marzo de 2026

Trebina

La primavera comienza cuando en el mes de marzo se igualan las noches con los días, y el otoño, cuando en el mes de septiembre otra vez se igualan los días con las noches en un eterno bucle hasta el fin de los tiempos.

Se lee en Cervantes, [Miguel de Cervantes Saavedra. Don Quijote de la Mancha. Segunda parte, Capítulo LIII]: «La primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua».

El muchacho corre delante de sus padres, pero de cuando en cuando recoge trebinas de las que crecen por el camino. Esas flores amarillas, devuelven una hermosa imagen del campo aunque son una plaga y se extienden por todas partes, entre los árboles, casi todos frutales, las chumberas y las piteras. Un campo amarillo limón que brilla al atardecer según los rayos se reflejan en él. Un mundo con un punto nacarado que encandila los sentidos. Huele a campo, a tierra húmeda y a flores silvestres, y los insectos, mientras persistan los rayos de sol siguen con su labor sin rendirse.


El chico va masticando algunos tallos de sabor ácido, pero que así y todo, le gustan. Este acto le hace sentirse mayor, igual que echar carreras consigo mismo, pues el todo es superarse. Y va de aquí para allá como las abejas, en un no parar, resoplando vaho porque hace frío.

El ramo cada vez engorda más, pero al tiempo, los tallos se van volviendo flácidos, y las flores se van cerrando y se convierten en pequeños tubos cilíndricos de color limón, que son como una extensión del tallo verde y casi blanco cerca de la raíz. Todo matices.

Al llegar a casa lo suelta sobre la mesa de la cocina y al rato, cuando repara de nuevo en él, pregunta -qué podemos hacer con el ramo-. Sus padres se miran sin saber qué decir, y al final optan por dejarlo en un recipiente con agua en el jardín, quizá alguna flor vuelva a abrirse.

A la mañana siguiente para sorpresa de todos, las flores se han abierto, porque la magia del sol y el agua han surtido su efecto, y es que la primavera se acerca con pisada firme.




 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Rotonda

 A veces nos aburrimos a conciencia. 

Aquí estoy, tomándome un jerez, servido en aquellas copitas antiguas de cristal tallado, pequeñas y estrechas, nada que ver con las de ahora. Las mismas copas que utilizábamos mi padre y yo, mientras picoteábamos antes del almuerzo. Paso el tiempo observando por la ventana. Hoy el día está feo y el cristal me devuelve turbio mi reflejo, más arrugado que ayer. 

Si, aquí estoy, bien abrigada porque aún no llega la primavera y hace frío.


De pié en la esquina de la calle hay un peatón. Al principio pensé que quería cruzar, pero lleva ahí mucho tiempo y ya ha tenido la oportunidad de hacerlo varias veces. Además, me pregunto hacia dónde iba a ir. Está justo en uno de esos accesos a la rotonda. Una de esas glorietas enormes. Por lo menos, la plazoleta, si se puede llamar así, no tiene una de esas esculturas, por mentarlas de alguna manera, que afean el entorno y de las que uno nunca sabe qué conmemoran o si quiera, de qué tratan o cuál fue en su día el motivo que hizo que la erigieran en ese lugar.

A veces me da la sensación de que quiere abalanzarse sobre los coches, porque se arrima de repente al borde cuando pasan. Esto no me está gustando.

Parece una mujer, desde aquí no la distingo bien. Lleva pantalones vaqueros y un ancho chaquetón con la capucha puesta. Me resulta raro verla ahí quieta, aunque a veces camina de un lado para otro sin motivo aparente.

Me parece intuir que llora. Se pasa las manos por la cara de vez en cuando. Y la supongo enmudecida por el ruido de los coches que no cesa, y sola.

Voy a bajar para ver si necesita algo. Se va a quedar empapada porque ahora encima llueve. Bajo las escaleras todo lo deprisa que puedo con mis zapatillas de andar por casa, porque la he visto indecisa, e inclinarse más de lo razonable fuera de la acera. Espero que no esté pensando lo peor. Y cuando estoy a punto de llegar a ella, se pone sin prestarme atención, a dar saltitos y a aplaudir. Un coche se arrima a la acera, se sube en él y la miro atónita, cómo da besos y abrazos al personal. Qué fallo el mío, y encima me he mojado toda por entrometida. 


 


domingo, 4 de enero de 2026

Alienígena

El Principio de incertidumbre de Heisenberg, dice que cuanto mejor conocemos la posición de una partícula cuántica, menos conocemos su momento, y viceversa. En resumen, se podría decir, que la forma en la que miramos las cosas, afecta a lo que creemos ver.

Eran alrededor de las siete y media de la mañana. Subía la pendiente con los perros, despacio, como quien sube la cuesta de enero, cuando para sorpresa mía, apareció doblando la esquina, una señora con sandalias y cara soñolienta. Al principio dudé de si lo que llevaba puesto era un vestidito de verano, pero según nos acercábamos deduje que iba en camisón, por el corte y la transparencia del tejido, pues claramente se le dibujaban los pechos libres de las ataduras del sujetador y unas bragas floreadas.

Cuando nos encontramos me miró con ojos de sapo y un tanto recelosa. Yo aparté los perros un poco y le di los buenos días, y ella muy seria me correspondió, y sin mostrar reparo alguno y con gran soltura, siguió su camino cuesta abajo. Luego me quedé con la duda de si debería de haberle preguntado si necesitaba algo, pero es que tampoco tenía muy claro si es que le importaba un pimiento ir así o es que no sabía muy bien lo que hacía. Y es que adentrarme en ese terreno pantanoso, en el que quizá seas tú la que siente algún prejuicio por cómo se puede ir por la calle no me parecía oportuno.

El barrio es grande y está en las afueras, en pleno campo, y la gente, entre vecinos que se conocen de toda la vida, se comporta de otra manera diferente que en la urbe. Con otra familiaridad, como de andar por casa.

Los perros tiraron ansiosos para llegar al descampado y que los soltara. De manera que pasó el momento y yo seguí mis andares. Luego pensé que a lo mejor no esperaba encontrarse a nadie por allí a esas horas e iba de cualquier manera, a buscar algo a casa de una vecina. También que podía venir de visitar a un fogoso amante, o que se acercaba a casa de una hija para recoger al nieto, hasta que en ese cuerpo entrado en años y algo fondón, se había asentado un alienígena que iba calle abajo observando el mundo. En fin, que el encuentro dio para mucho juego y cuando llegué a casa, aún seguía dándole vueltas, huyendo de la idea de que la señora pudiera estar realmente despistada.

No me he vuelto a encontrar en camisón a nadie más. También es verdad que esto fue en septiembre, y que ahora por esta zona nos despertamos a unos ocho grados y sería toda una valentía salir sin abrigo. De todas formas, también puede ser, que los alienígenas, terminado el reconocimiento del terreno, se hayan vuelto a su galaxia. No sé qué pensar. Todos somos a fin de cuentas, polvo de estrellas.