lunes, 4 de mayo de 2020

Súper Héroe

El perjuicio de otros siempre se ve muy lejos... pero el mal llegó, se quedó entre nosotros, y todo cambió ante nuestra mirada incrédula.
Así y todo, vamos sobrellevándolo gracias a que nos rodean pequeños súper héroes, y no me refiero a los de los cómics, la literatura o el cine, menciono a esas personas que en muchos casos pasan desapercibidas, a veces ninguneadas, pero que sin embargo, superan pequeños retos diariamente evitando así que todo se derrumbe, como los seguritas, barrenderos, limpiadoras, dependientas, bedeles, mozos, obreros, camioneros, taxistas... y podemos ir ampliando entre todo el abanico de profesiones y ocupaciones que existen. Ellos se mantienen fuertes, luchando contra el mal y el miedo. Desgraciadamente, también nos rondan los malos, los ruines, necios, insolidarios y negativos, pero por fortuna, aunque hagan ruido y daño, siguen siendo minoría.

De madrugada termina acostado junto a los abuelos. Y muy temprano, cuando el sol forma dibujos sobre el techo ahuyentando las sombras, susurra al oído de la abuela -Quiero el bibi (biberón), el techo dice que ya es de día.


Vestido de súper héroe con una tela amarilla por los hombros que hace las veces de capa y un antifaz violeta como máscara, el paladín lucha contra los “malos” que muchos o pocos, tarde o temprano terminan por rendirse ante el ímpetu del bien. De bandolera lleva un teléfono de mesa tipo góndola, que vivió momentos mejores, con un cable que cuelga sin clavija para enchufar, pero que a él no le da problema alguno para conectarse con ayudantes y compañeros de aventuras. Nuestro personaje tan pronto se convierte en policía ¡guiguiiii, guiii, guiiii!, como en bombero o conductor de ambulancias ¡naninoo, ni nooo, nii nooo!.

Por la tarde, agotado tras el no parar entre juegos y risas, donde recortó, coloreó y reparó averías imaginarias con herramientas de plástico y madera, y jugó con coches, muñecos y trastos, se ve desprendido de pronto de su sempiterna capa, máscara y teléfono, para recibir la necesaria ducha. Y ya en la cena, con la capa recuperada, la abuela sonriendo le comenta que de postre se va a comer un mini helado y él, señalándose la barriguita, como hace tantas veces, le asegura que junto al ombligo le queda aún un huequito, de manera que también quiere uno.


Luego, porque la oscuridad es fea, se acuesta junto a la abuela en la cama grande para ver una peli de dibujos hasta que se duerme, y el abuelo, en brazos, lo traslada hasta su cama volando en sueños como el súper héroe que es, allí lo arropan y con la delicadeza de un hada, la abuela acaricia su mejilla y le da un beso de mariposa sobre la frente, para que sus sueños sean siempre dulces como el polen, mientras, durante un rato y sin decir nada, el abuelo lo contempla embelesado, guardando en la memoria el momento, pues se acaba el fin de semana y mañana regresará a casa con sus papás.

3 comentarios:

  1. Las ilustraciones están trabajadas con lápices de colores y rotulador.

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  2. Menos mal que hay otras historias en paralelo y no todo lo ha trastocado el maldito coronavirus. Que bonito ese tiempo en el que éramos felices y nuestros problemas muchas veces se arreglaban llorando. Ese poso de tranquilidad ayuda a construir personas felices, ojalá todos los niños siempre vivieran esa experiencia y no otras. Además es evidente que los mayores que viven con estos super hééééééroes se contagian de ese momento y lo viven como ellos. Ole y ole por las familias que este entorno recrean.

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  3. El mundo pese al obligado encierro sigue su curso, y los niños, si los dejamos, nos enseñan y ayudan a vivir gracias a su vitalidad e imaginación desbordante. Somos más felices con los niños-as y si conseguimos ser un poquito como ellos, ganamos mucho como personas.
    Un abrazo

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